viernes, 10 de febrero de 2017

La fuerza o la política en Cataluña


Hay una viñeta de Mafalda, la genial creación de Quino, en la que se ve cómo un trajeado anciano observa asustado a un hippie con melena, flores en el pelo, sandalias y una mochila. "¡Esto es el acabose!", grita el señor. Y Mafalda le mira circunspecta: "No. Es el continuose del empezose de ustedes". Pues eso. Estos días de declaración judicial de Artur Mas y dos ex consejeras nos retrotraen a 1984, cuando Jordi Pujol se envolvió en la senyera para defenderse de un problema personal con la Justicia. El resultado fue que quedó exonerado de sus responsabilidades en el desfalco de Banca Catalana. "Ahí se empezó a atacar el Estado de Derecho, ante el silencio general de la sociedad y de los partidos catalanes, con la complacencia de los dos grandes partidos españoles", escribía el martes Francesc de Carreras en El País. El lunes comprobamos que el discípulo ha aprendido la lección de su maestro... cambiando la senyera por la estelada.

Lo que sí ha cambiado en estos 33 años es que ahora tenemos la sensación de que el temido choque de trenes entre la Generalitat de Cataluña y el Gobierno central se acerca inexorablemente. Tarde o temprano, los políticos que ahora dirigen Cataluña tomarán una decisión que el Gobierno de la nación no podrá aceptar.

¿Se podrá buscar una solución segundos antes de ese big bang? ¿Es factible todavía lo que se llama la vía política, es decir, que ambas partes se avengan a negociar? Sólo si la Generalitat, que sabe que sus pretensiones son ilegales, da su brazo a torcer es posible el acuerdo, porque es lógico pensar que ningún representante del Estado va a acordar nada que suponga su desmembramiento. Apelar hoy a la vía política es pedir la rendición de la Generalitat. Quien lo ha apostado todo a la independencia no se va a conformar con un simple cambio constitucional que coloque a Cataluña como un primus inter pares con el resto de las autonomías, que es a lo máximo que puede llevar la solución política ante el proceso.

Por ello hay quien piensa que la negociación ya es una utopía, que tenía que haber empezado antes, aquel 20 de septiembre de 2012, cuando tras la excepcional demostración popular en una Diada perfectamente preparada al efecto, Artur Mas se presentó en La Moncloa con su propuesta de pacto fiscal. Rajoy se negó a considerarla y el entonces presidente de la Generalitat contestó que ese día se iniciaba "un proyecto nuevo para Cataluña".

Desde entonces se intensificaron las voces que pedían la vía de la fuerza para terminar con la deriva secesionista. Es decir, la aplicación del artículo 155 de la Constitución, por la que el Estado central asumiría todas o parte de las competencias autonómicas. Algo que, no nos engañemos, sólo podrá ser eficaz si, en algún momento, las fuerzas del orden -ya sean unos mossos dirigidos desde Interior, o la propia Guardia Civil- impiden el ejercicio de sus funciones a los dirigentes autonómicos. Pero ese big bangsería tan catastrófico para las dos partes que, probablemente, es implanteable. Por eso el independentismo tendrá que claudicar de sus postulados más radicales.

Es una pena este despilfarro de fuerzas, porque a Cataluña le va muy bien dentro de España. Martí Saballs escribía esta semana en el diario Expansión que la economía catalana ha crecido un 3,5%, más que la media española, gracias al incremento de la producción industrial: "Los defensores más acérrimos del proceso independentista aún van por ahí diciendo que los catalanes somos una colonia explotada y avasallada. Que se lo hagan ver, pero que no hagan el ridículo contando su peculiar deformación de la realidad". Tiene razón.

@vicentelozano

(Publicado en El Mundo el 9 de febrero de 2017)

martes, 24 de enero de 2017

Pisamos territorio inexplorado

(Publicado en El Mundo el 19 de enero de 2017)

Entramos en territorio inexplorado. Eso significa que nadie sabe cómo hay que transitarlo y de dónde surgirán los peligros. Mañana, a media tarde en España, Donald Trump será presidente de Estados Unidos. Inaugurará una forma de gobernar desconocida en el primer país del mundo. ¿Qué consecuencias pueden tener los actos de un presidente que con un solo tuit es capaz de cambiar el destino de la inversión millonaria de una multinacional?

Pero Trump no es lo único nuevo en este inicio de 2017. El Gobierno británico acaba de presentar su hoja de ruta para desconectar de la Unión Europea. Otra situación inédita en el mundo desarrollado, y trascendental, de la que nadie es capaz todavía de predecir sus consecuencias. Trump y el Brexit tienen un origen común: son producto de las consecuencias que la crisis económica ha tenido en la clase media occidental que vive hoy peor que antes de la recesión. La clase media que votaba moderación -en la izquierda o en la derecha- y que ahora se decanta hacia los extremos.

Hay una alteración de valores sociales que se creían asentados que desconcierta a los ciudadanos. Da la impresión de que casi todo está en revisión. Conceptos como el desarrollo a través de la globalización, el Estado del Bienestar, la estabilidad en el empleo o la educación como garantía de ascenso social, y sobre los que ha crecido la clase media en las últimas décadas, ahora están en discusión.

En la primera cumbre del G-20 tras la caída de Lehman, celebrada en Washington en diciembre de 2008, los países se reunieron con la idea madre de "refundar el capitalismo". El presidente del Foro de Davos -ese G-20 del sector privado empresarial y financiero- ha acogido esta misma semana a sus invitados con la misma idea: "Reparar las deficiencias del capitalismo", que tanto se notan en esta etapa postcrisis. Algo no se ha hecho bien, pues. Pero esa clase media ha reaccionado castigando casi por igual a partidos liberalconservadores -Cameron perdió el referéndum sobre el Brexit- y a socialdemócratas -Trump es el presidente de EEUU y no Hillary Clinton-.

Martin Wolf, economista jefe del diario Financial Times, explica en La gran crisis: causas y consecuencias las dos fases de las respuestas que dieron los gobiernos y las instituciones internacionales en la UE durante la recesión. Hasta 2009, los líderes decidieron aplicar una solución política y desarrollaron aquellos multimillonarios planes de rescate. A partir de 2010, giraron 180 grados y pusieron el acento en la reducción de los déficits y de la deuda.

La primera preocupación dejó de ser el crecimiento -y el empleo- y pasó a concentrarse en el control de las cuentas públicas. Y todo ello al margen del color de cada gobierno. Por ejemplo, Rajoy aceptó una gran subida de impuestos -en contra de su programa electoral- y el Gobierno comunista de Alexis Tsipras decretó un bestial recorte de pensiones y de sueldos a los funcionarios. Después llegó el BCE.

Hoy, los postulados casi inamovibles hasta hace unos años se tambalean. Los ciudadanos todavía no saben a qué atenerse y los políticos van detrás de los votantes, allí donde pueden votar, claro. ¿No es inaudito que el Partido Conservador y el Laborista coincidan en la necesidad de cerrar las fronteras del Reino Unido incluso a ciudadanos de la UE? Era imposible imaginar hace diez años que, en 2017, el presidente de EEUU iba a ser un proteccionista comercial y el primer mandatario chino, un defensor de la apertura económica en el mundo. Todavía falta por conocer quién va a gestionar ese cambio de paradigma. Pero el último que ha llegado es Trump. Terreno desconocido.

@vicentelozano

lunes, 9 de enero de 2017

Mario Soares en 1991






Mario Soares, presidente de Portugal y uno de los políticos con más experiencia de gobierno de los Doce países que integran al Mercado Común, enjuicia en exclusiva para Actualidad Económica los cambios que se están produciendo en Europa y su repercusión en la Comunidad.

El pasado 9 de marzo, Mario Alberto Nobre Lopes Soares comenzó oficialmente su segundo mandato como Presidente de la República de Portugal. Su prestigio actual es tal que el Partido Socialdemócrata de Aníbal Cavaco Silva, en el gobierno, no pudo encontrar un candidato con garantías para hacerle frente en la contienda electoral y decidió apoyar al socialista Soares.

Tiene 66 años. Está casado y tiene dos hijos. Mario Soares resume la historia reciente de Portugal, desde el final de la dictatura salazarista, hasta la revolución de los claveles, los primeros gobiernos democráticos y la presidencia de la República. Es uno de los políticos europeos con más experiencia de gobierno y ha estado presente en todos los pasos de la integración portuguesa a la Comunidad Europea.

¿La Europa que se avecina es la que quería Portugal cuando se incorporó? ¿Cómo se ve desde su país lo que se ha venido a llamar la Europa de las dos velocidades? Desde el momento en que nosotros entramos en la Comunidad Europea, el 12 de junio 1985, hasta ahora, las condiciones se han modificado considerablemente. En primer lugar, tenemos el fenómeno de la perestroika y la caída del comunismo en el mundo, lo que comienza a hacer pensar de verdad en algo que no se había planteado en los organismos comunitarios: Europa como una casa común, que vaya desde el Atlántico hasta los Urales.

Cambio vertiginoso
En 1985 nada hacía prever que esto podría suceder tan rápidamente. Europa estaba dividida en dos y la respuesta de una de las partes fue justamente la creación de la Comunidad Europea.  El gran cambio que se ha producido es que se ha comenzado a hablar de Europa en términos institucionales; no sólamente como un espacio económico, sino como algo más que eso, una Europa con instituciones verdaderamente supranacionales, que desarrollen una política económica común y también que piense en común problemas de política externa y de defensa. Eso que se llama la Unión Económica y Monetaria y la Unión Política, dos proyectos que están en marcha. Personalmente... hablo como presidente de la República, pero subrayo que personalmente, soy favorable a que estos dos proyectos se desarrollen rápidamente.

Pero las transformaciones en los países europeos no comunitarios y su interés por adherirse a la Comunidad, ¿no pueden poner en peligro la unidad de la CE, todavía precaria? La caída del sistema comunista y las transformaciones que están ocurriendo en la Unión Soviética y en los países de Europa del Este -especialmente la reunificación de Alemaniapor un lado, y la crisis del Golfo, por otro, han creado una serie de incertidumbres como, por ejemplo, la situación de inestabilidad creada en el Mediterráneo, radicada en el fundamentalismo islámico. Sin embargo, considero que estas dos coordenadas deberían acelerar la unidad comunitaria y su desarrollo institucional y político.

Por otra parte, no niego que existe el problema los países de la EFTA. Ahora quieren negociar con la Comunidad un espacio económico europeo común y, algunos de ellos, como Suecia, acaban de solicitar su adhesión. Eso supone una nueva ampliación de la CE además de la encubierta que ha sido la integración de Alemania del Este en la República Federal de Alemania.

Ampliación de la CE
Hay que tener en cuenta la pretensión de muchos países que se han separado del Pacto de Varsovia, que han entrado en una vía democrática y de economía de mercado, como Hungría, Checoslovaquia o Polonia. También están a las puertas de la CE, quieren entrar y ya tienen las mismas condiciones que los portugueses y españoles cuando solicitamos la adhesión: después de acceder a la democracia han ingresado en el Consejo de Europa, como Checoslovaquia, o han pedido su ingreso en ese organismo.

Con estas perspectivas, se ampliarán las diferencias entre los países miembros y eso sería perjudicial... Europa, tal y como era concebida en 1985 y tal como hoy tiene que ser encarada, es diferente. Como sabe, se ha empezado a hablar de la teoría de los círculos concéntricos. Un primer círculo, sería el núcleo duro europeo, compuesto por los Doce miembros actuales, que debería avanzar más rápidamente hacia la Unión Económica y Monetaria y la Unión Política. Después, habría un segundo círculo formado por los países de la EFTA, con un nivel de desarrollo económico que en ocasiones es superior a ciertos países de la CE y que no plantean ninguna dificultad mayor que la intención política para integrarse en la Comunidad. El tercer círculo estaría compuesto por los países de Europa Central y Oriental que, con niveles de desarrollo muy inferiores y con problemas económicos, que también quieren entrar en Europa.

Por último, habría que hacer frente a otra cuestión: el futuro de las relaciones con la Unión Soviética, con todos los problemas de la independencia de los países bálticos; y en las últimas semanas ha vuelto a renacer el peligro de libanización de los países balcánicos como Yugoslavia o Albania. Así que el futuro se presenta muy problemático y complejo.

Postura discreta
Muchos observadores han comentado que el conflicto del Golfo ha demostrado que la unión política de los Doce está muy lejos. Es verdad que hay trabas, pero también hay progresos. En este momento estamos discutiendo con detalle proyectos para las diferentes fases de la unión económica y monetaria.

Perseguimos una moneda única, un banco o un sistema de bancos comunes y, por tanto, una política económica y financiera y fiscal común.

No quiero ocultar que existen quienes quieren parar este proceso, especialmente en lo que se refiere a la unión política y a la coordinación de las políticas exteriores y de defensa. Me pregunto si la Comunidad Europea tiene ahora una política de defensa común. Por ejemplo, ¿pudo intervenir, como tal Comunidad, en el conflicto del Golfo? En mi opinión, la posición de la Comunidad en la guerra ha sido discreta, demasiado discreta.

En todo caso, no oculto que soy partidario del desarrollo de la Comunidad Europea porque si no Europa nunca tendrá voz en el concierto internacional y quedará perdida entre los grandes: Estados Unidos y Canadá, con un mercado común ampliado hasta México y Japón, que polarizaría toda la economía asiática.

¿Qué papel le quedaría a la OTAN si se desarrolla una política de defensa propiamente europea? La OTAN tiene que mantenerse y continuará existiendo mientras no se desmantelen las fuerzas militares soviéticas. La Unión Soviética, hoy, es un país casi del tercer mundo en el plano económico, con dificultades y carencias manifiestas. Pero en el plano militar es una superpotencia y Estados Unidos es el único país capaz de hacerle frente.

Solidaridad 
Desde España y desde los países del sur de habla de del Espacio Social Europeo, en contraposición a la Unión Económica y Monetaria ¿Cómo se ve desde Portugal? Todos aquellos que, dentro de Europa, son progresistas y próximos al pensamiento socialista, abogan por ese espacio social europeo. Soy partidario de la llamada Europa de los ciudadanos, como Felipe González, como Bettino Craxi en Italia, Willy Brandt en Alemania y como muchos otros.

Somos partidarios de una carta social del trabajo en Europa y de una condición esencial, que serviría de contrabalanza a la Unión Económica y Monetaria, que es la cohesión social de la Europa comunitaria. Europa no debe ser sólo un espacio de libre comercio, de libre tránsito de personas, capitales y mercancías. Tiene que ser también un espacio de solidaridad, que significa que los países más desarrollados de la CE tienen que ayudar a los menos desarrollados, y aquí entran Grecia, Portugal, España, Irlanda y el sur de Italia, que exigen de los otros socios comunitarios un apoyo en esas regiones más atrasadas.

¿Y esto se podrá empezar a conseguir en 1993? Pienso que sí. No nos podemos quedar en las obligaciones que la Comunidad está contrayendo con los países del Este, con Africa y América Latina y con los países de Lomé. La primera línea de solidaridad tiene que mantenerse en la propia Comunidad para lograr un desarrollo armonioso, con una ayuda especial, específica, a los países más necesitados.

Portugal ocupará la presidencia comunitaria a partir del 1 de enero de 1992. ¿En qué condiciones le gustaría llegar a esa fecha en lo que ahorase está negociando? Evidentemente, me gustaría que se hubiesen realizado avances sustanciales en el campo de la Unión Económica y Monetaria y en la Unión Política, de tal forma que los problemas actuales no recayesen en la presidencia portuguesa.

Por otro lado, deseo que Portugal llegue lo mejor preparada posible para que cumpla de forma prestigiosa sus obligaciones, como ocurrió cuando España ocupó la presidencia, y procuraremos estar a la altura de nuestras responsabilidades.

                                                                                                        Giro copernicano
Cambiando de campo, las relaciones con España han experimentado un cambio radical en los últimos años...  Decisivo. Fue un giro copernicano, de 180 grados. Yo, que estuve en el inicio de este cambio, como amigo de España que soy, me congratulo mucho con eso. España y Portugal ya no están de costas voltadas, sino que buscan la cooperación en todos los dominios, en el campo económico, comercial y quieren la solidaridad interpeninsular.

Tenemos problemas que España tiene que comprender. Los grandes ejes de comunicación hacia Europa pasan por España, y no sólo desde el punto de vista ferroviario o de carreteras, sino también energético. Por ejemplo, queremos una ramificación hasta Portugal en el gaseoducto que viene de Argelia y que entrará a Europa por España.

Todo ello implica una coordinación y, para España, un gran sentido de su propia responsabilidad, porque si es verdad que el espacio europeo tiene que ser solidario, el espacio peninsular lo tiene que ser mucho más. Un desequilibrio grande entre España y Portugal será tan perjudicial para uno como para otro porque supondría el renacer de los resentimientos y de las desconfianzas. Es necesario que nuestros países marchen a un ritmo más o menos semejante y sean capaces de resolver en común sus problemas. No hay que olvidar, además, que las zonas más deprimidas de los dos países son precisamente las zonas fronterizas.

Hace dos o tres años, en España se tenía la impresión de que la inversión extranjera era una invasión. ¿Hay esa sensación en Portugal, sobre todo si se miran las compañías españolas que están cruzando la frontera? Ha habido algunos portugueses que han comentado este problema, sobre todo cuando varios edificios de la Avenida da Liberdade fueron comprados por entidades españolas, o se quejan de que haya demasiadas empresas y bancos españoles importantes que estén operando en Portugal sin grandes contrapartidas. Hay muchos portugueses que ven este hecho con preocupación.

Primer socio
Yo pienso que no hay razón para este tipo de alarma porque una de las consecuencias del desarrollo de la CE es la internacionalización de las economías. Por tanto, es natural que haya una interpenetración, que se creen empresas mixtas, en los dos sentidos, y no solamente españolas, sino de otros países europeos.

También es normal que se haya incrementado tanto el comercio en los dos sentidos. Era prácticamente inexistente durante las dos dictaduras y ahora nuestro principal socio comienza a ser España. Decía Felipe González que las relaciones económicas de España con Portugal tienen una proyección casi idéntica a las de España con todo el mundo latinoamericano.

En España se mira con interés el proceso de reprivatizaciones ¿cómo está ahora la situación? Se está siguiendo el calendario previsto, con algunos atrasos. Hay que andar con algún cuidado en la forma de hacerlas, pero, para mí, es una de las primeras preocupaciones para los próximos años.

¿Y por qué no hay tantas empresas portuguesas en España? Tengo que decir que algunas de las empresas han tenido dificultades. En este momento hay un gran movimiento de compañías de mi país que quieren ir hacia España, tanto de servicios, como industriales y financieras. Como he dicho, la Caixa Geral de Depósitos, que es nuestra principal institución bancaria, está en negociaciones para instalar delegaciones en España. El Banco de Fomento y otros bancos están ya en su país y los clientes de esas instituciones financieras son empresarios que quieren desarrollar sus negocios en España.


viernes, 16 de diciembre de 2016

Entre PISA y el paro

El informe PISA que realiza la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) es el mejor termómetro que tenemos para evaluar sistemas educativos y compararlos. Es un examen colectivo que se realiza cada tres años y en esta ocasión, que corresponde a los datos obtenidos en 2015, hay una cierta satisfacción en la mayoría de las instancias oficiales. España ha roto por primera vez "la brecha educativa y se sitúa, por primera vez en la historia, entre los países más avanzados del mundo", escribió en un tuit el presidente del Gobierno.

Pero eso es una verdad a medias, que puede ser la mentira más peligrosa si te la crees. Lo bueno que tiene un estudio cuando está bien hecho es que te permite sacar conclusiones que, en esta ocasión, siguen sin invitar al optimismo.

La primera es que, en 2015, España está en las calificaciones de PISA exactamente en el mismo nivel que en 2000, cuando se empezó a hacer el estudio: en Ciencias empezó en 491 y está en 488; en comprensión lectora ha pasado de 493 a 496 y en matemáticas, de 476 a 484. Es decir, si estamos comparativamente mejor es porque los otros han empeorado. Triste consuelo, pues, alegrarse por ello. No creo que sean resultados "muy satisfactorios", como dijo ayer el ministro Íñigo Méndez de Vigo.

Otra conclusión desmonta una falacia, esta vez propugnada desde los partidos de izquierda: no hay relación proporcional entre el gasto educativo y los resultados académicos. Así, entre 2000 y 2009 -lo decíamos la semana pasada- los presupuestos para la enseñanza, las becas, las ayudas para libros crecieron entre el 70% y el 100% y eso no se notó en PISA. En cambio, entre 2012 y 2015, los recortes ha afectado considerablemente a la educación... y permanecemos en los mismos parámetros de siempre. Por supuesto que el Estado debe proporcionar los recursos adecuados para atender al sistema, pero llegado a un nivel, el problema ya no es incrementar más o menos el presupuesto, sino asegurar la eficiencia en la utilización de esos recursos.

La tercera conclusión es el tremendo agujero que se abre entre comunidades autónomas. Las autoridades deben averiguar las causas, que serán muchas y variopintas. Tendrá que ver con la descentralización de competencias educativas que hace que, en la práctica, el nivel de exigencia sea distinto en territorios diferentes. Habrá que analizar el nivel de desarrollo económico y social de cada región: su actividad, los sectores que impulsan su crecimiento, el nivel educativo de las anteriores generaciones... También, y muy importante, tendremos que saber por qué, por regla general, las regiones con peores calificaciones en PISA coindicen con las que el paro es más alto.

Ésta es la última conclusión que me parece relevante. El gran fracaso de la enseñanza en España no es que estemos más o menos abajo en las clasificaciones internacionales. El gran fracaso es que, hoy, la tasa de paro de los menores de 20 años es del 54% y la de los españoles entre 20 y 24 años es del 39%. Es decir, existe una grave brecha entre el sistema educativo español y el modelo productivo que es imprescindible reparar. Porque cuando las expectativas para encontrar un empleo al finalizar la etapa escolar son tan escasas, es lógico que cunda el desánimo entre los estudiantes y aumente el abandono de las aulas. Si la escuela no te prepara para el mundo laboral, ¿para qué sirve estudiar?

Mucho que hablar sobre PISA ahora que los partidos se sientan para hablar del pacto educativo. Si es que llegan a sentarse, claro.

@vicentelozano
(Publicado en El Mundo el 8 de diciembre de 2016)

sábado, 5 de noviembre de 2016

Políticos con demasiado rencor

(Publicado en El Mundo el 3 de noviembre de 2016)

Mariano Rajoy hace pública hoy la composición del nuevo Gobierno. Casi todo el mundo está de acuerdo en que debería elegir a personas dialogantes, con las que sea relativamente fácil llegar a acuerdos. Porque ésta va a ser la legislatura del consenso. No queda más remedio. El paso del tiempo dirá, pero la esperanza está puesta en que, esta vez sí, desde el Gobierno y el Parlamento se puedan llevar a cabo esas "reformas estructurales que necesita el país". Aunque la frase haya quedado manida de tanto usarla.

Llega ahora otra etapa política... que no ha podido empezar peor. Ha nacido con diez meses de retraso porque, como hemos comprobado, las propias formaciones políticas todavía no saben manejarse cuando no hay bipartidismo.

Tras más de 300 días de retraso, el espectáculo que ha dado el Congreso en la investidura de Rajoy ha sido desesperanzador. Parecía de todo menos un Parlamento en el que los partidos van a necesitar hablar como nunca, ya sea para apoyar las iniciativas del Gobierno o para presentar otras de forma conjunta para hacer valer que el partido del Gobierno está en minoría. Fue la peor sesión de investidura de la que se tiene recuerdo. Por parte del candidato a presidente, con todo hecho ya, no hubo ni la más mínima autocrítica ni comunicación de sus planes de Gobierno. Y los partidos de la oposición -¿quién es la oposición?- ni siquiera se lo exigieron. Se dedicaron a zurrarse entre ellos de mala manera, echándose la culpa de que fuera Rajoy y no otro quien estuviera pidiendo la confianza de la Cámara.

Esa pelea fue con navajas en los discursos, en los gestos y en los ataques personales... Lo de menos era investir a un presidente del Gobierno. El objetivo era culpar al contrario del fracaso de la izquierda, que tan cerca tuvo alcanzar la presidencia. Recuerden: "Gonzalezzzzxxxx", "Una de cal otra de arena", "Búsquelo en Google, señor diputado", "Ahora tiene usted que ponerse a trabajar"...

La magnífica fotografía de Alberto Di Lolli en la que se ve a Juan Manuel Villegas gritando mientras es rodeado por un Pablo Iglesias que mira de arriba a abajo con gesto seriamente amenazante, mientras Irene Montero, Ramón Espinar y Carolina Bescansa se enfrentan con rostro crispado al diputado de Ciudadanos a propósito del terrorismo es una buena prueba de ese ambiente.

Los malos modos saltaron del Hemiciclo y llegaron a las redes sociales y a los programas de televisión. Como ese enganchón en Twitter de Eduardo Maura (Podemos) y Juan Carlos Girauta, de Ciudadanos: "Girauta, mucho cuidado con lo que dices. Algunos venimos de allá y de muy lejos. El insulto barato envilece". "Cuéntame eso, diputado @edumaura, de que tengo que tener mucho cuidado contigo porque vienes del País Vasco". Trifulcas, en fin, más propias de una asamblea universitaria de los 70 o de una mala junta de vecinos, que empieza debatiendo la reforma del ascensor y termina hablando de lo guarra que es la familia del segundo porque saca la basura a destiempo.

El clima estaba tan crispado que Ana Oramas, de Coalición Canaria, dedicó su última réplica a resumir lo que había visto y oído. Se refería a Gabriel Rufián: "Es distinto ser contrincante político a enemigo político. No se puede negociar ni sacar adelante nada desde el odio y el rencor, sobre todo cuando se es joven". Fue la única mujer que intervino en los debates. A lo mejor por eso se dio cuenta de lo que pasaba, entre tanto macho alfa que intentaba asentar sus reales sobre los demás. Demasiado rencor en el inicio de la legislatura del consenso. Ya veremos en su transcurrir. Paradójico.

@vicentelozano

sábado, 8 de octubre de 2016

La vomitona

65 directivos y consejeros de Caja Madrid y de Bankia se sientan en el banquillo de los acusados por el uso fraudulento de unas tarjetas de crédito opacas a Hacienda. 37 políticos, empresarios y buscones adosados a ambos colectivos lo hacen por haberse quedado con millones de euros de dinero público: bien para uso personal, bien para dárselo al PP con el fin de intentar asegurar su éxito en las campañas electorales y así perpetuar el latrocinio.

Ha dado la casualidad de que las dos vistas orales de los procesos más representativos que juzgan aquellos maravillosos años en el ámbito político y en el financiero coincidan en el tiempo. Y en los interrogatorios y en las declaraciones vamos asistir al sriptease de esos comportamientos indeseables. Como si fuera la vomitona de los excesos de un banquete sin límites, que eso fue aquello. Y como ocurre en estos casos la escena no va a ser atractiva.

Dos ejemplos de estos días. El primero es de la Gürtel. El fiscal calcula que el considerado cabecilla de la trama, Francisco Correa, tiene unos 20 millones de euros en Suiza, producto de sus presuntos robos en comunidades autónomas y ayuntamientos. ¿No chirría al sentido común que Correa haya pedido autorización para reembolsar dos de esos 20 millones como gesto de buena voluntad de su intención de colaborar con la Justicia? ¿Se puede aceptar un 10% del producto de su latrocinio -siempre presunto- si con ello está reconociendo su culpabilidad y sigue manteniendo el 90% restante? Es cierto que Correa tiene bloqueado ese dinero, pero su gesto de calculada generosidad suena obsceno a la opinión pública: si se reconoce culpable y quiere colaborar, que renuncie a todo el dinero distraído y lo devuelva.

Tan sangrante o más es lo de las tarjetas black. Al fin y al cabo, Correa es un aprovechado que se acercó con éxito a los umbrales del sistema y entró en él tras engatusar con el dinero fácil a cómplices sin escrúpulos que estaban dentro y le abrieron las puertas de par en par. En cambio, quienes están acusados por el uso ilegal de las tarjetas eran los administradores legítimos que, en la mayoría de los casos, abdicaron de sus deberes profesionales y de sus principios éticos personales por unos miles de euros. Triste, pero así fue.

Es el segundo ejemplo. Rodrigo Rato y Estanislao Rodríguez Ponga se han defendido diciendo que esa tarjeta no era una dádiva, producto de una gestión tramposa y del aprovechamiento ilícito -los jueces determinarán si hubo delito-, sino que formaba parte de su retribución. ¿Es posible de verdad que quien fue vicepresidente económico de un Gobierno o un ex secretario de Estado de Hacienda confundan un medio de pago con una nómina? Una tarjeta de crédito legal nunca será una retribución: no es más que un medio de pago que se usa para gastar la retribución pactada. Si alguien te da una tarjeta para que hagas con ella lo que quieras sin dar cuenta a nadie -ni a la pareja, como se intuye a la vista de algunos cargos- queda claro que se trata de algo ilegal. Y si eres gestor de una caja de ahorros lo sabes.

Evidentemente, los acusados tienen todo el derecho a defenderse como crean más oportuno. Pero produce náuseas la obscenidad con la que tratan de explicar lo inexplicable quienes tenían la obligación de haber custodiado los ahorros de los clientes de Caja Madrid y de Bankia, y se dedicaron a gastarlo en lencería, cacerías, cenas y puros... o a sacar dinero de madrugada en cajeros sospechosamente cercanos a lujosos locales con "mujeres en situación de prostitución", como quiere Manuela Carmena que digamos. Lo dicho, contemplar la vomitona no va a ser agradable.
(Publicado en El Mundo el 7 de octubre de 2016)

domingo, 2 de octubre de 2016

El problema no es Sánchez, es el socialismo


(Publicado en El Mundo el 29-9-2016. Antes de la caída, pero sigue vigente).

LA QUERIDA Actualidad Económica ha dedicado la portada de su número de septiembre a la crisissocialista. Con el título de ¿Cuándo se jodió el PSOE?, poco original pero efectivo, dedica un editorial y cinco páginas llenas de testimonios y de datos sobre la historia reciente del partido.Los autores del reportaje destacan dos momentos importantes en los últimos años de la formación de Ferraz. El primero es un día concreto: el 12 de mayo de 2010. Un Zapatero agobiado ya por las repercusiones de la crisis y apremiado desde casi todas partes del mundo -llamada telefónica del presidente Obama incluida- presenta en el Congreso su plan de recorte de 15.000 millones de euros, con unas medidas que incluyen dos pecados mortales para la moral política socialista, la congelación de las pensiones y bajada de sueldo a los funcionarios. Además de la retirada de una serie de beneficios sociales aprobados poco antes -dispendios les llamarían otros- como el cheque bebé. De repente, el PSOE se derechizó. «Acabamos de perder las próximas elecciones», dicen que dijo un entonces un destacado barón socialista.

El segundo momento clave de esta historia tiene nombre de día, pero es una movilización: el 15-M. Un movimiento que estaba ya larvado, pero que se manifestó justo un año después del «mayor recorte social de la democracia» en forma de concentración asamblearia en la madrileña Puerta del Sol. En el PSOE se vio esa movilización como la posibilidad de congraciarse con la izquierda social tras aquel 12-M de 2010. En la Puerta del Sol estaba «la misma gente que nos había llevado en volandas a La Moncloa después de que le prometiéramos 'no te fallaré'», recuerda José Maria Barreda en el reportaje. Había que aprovechar esa marea. Alfredo Pérez Rubalcaba, entonces ministro del Interior, permitió que creciera aquella concentración... hasta que a los socialistas se les fue de las manos y apareció Podemos. En ese zigzag a derecha e izquierda entre 2010 y 2011 el PSOE ha perdido casi seis millones de votos: los que van de los 11,28 millones de papeletas de la segunda victoria de Zapatero a los 5,42 millones de la segunda derrota de Sánchez.

Para recuperarlos va a tener que hacer algo mucho más radical que cambiar al secretario general. Porque el problema de fondo del PSOE no es el liderazgo de Sánchez, sino la crisis de identidad de la socialdemocracia desde finales de siglo, que se ha acentuado durante la crisis económica. Es la gran paradoja de la recesión vivida en estos años: una depresión motivada por la desregulación financiera del sistema capitalista ha hecho mucho más daño a la izquierda política que a la derecha. ¿Por qué? Habrá que recordar, por ejemplo, cómo la administración republicana de Bush nacionalizó la banca del país tras la caída de Lehman. Es decir en la cuna del sistema capitalista se aplicaron recetas socialistas para frenar la sangría. Después, muchos gobiernos de izquierda se vieron forzados a aplicar políticas de recortes sociales contrarias a sus planteamientos. Los ciudadanos perdieron las referencias.

En ésas estamos. El espacio político socialista -socialdemócrata, si queremos- se ha comprimido casi hasta el ahogo, apretado por la izquierda y la derecha. La cuestión es mucho más profunda que formar Gobierno con Podemos o dejar gobernar al PP. Es un tema de fondo que no se arregla sólo con el cambio de líder. Tiempo habrá para comprobarlo, pero dudo de que un programa electoral presentado por Susana Díaz difiriera mucho de los de Sánchez. Ése es el verdadero drama del PSOE. Y también de la socialdemocracia europea.

@vicentelozano