65 directivos y consejeros de Caja Madrid y de Bankia se sientan en el banquillo de los acusados por el uso fraudulento de unas tarjetas de crédito opacas a Hacienda. 37 políticos, empresarios y buscones adosados a ambos colectivos lo hacen por haberse quedado con millones de euros de dinero público: bien para uso personal, bien para dárselo al PP con el fin de intentar asegurar su éxito en las campañas electorales y así perpetuar el latrocinio.
Ha dado la casualidad de que las dos vistas orales de los procesos más representativos que juzgan aquellos maravillosos años en el ámbito político y en el financiero coincidan en el tiempo. Y en los interrogatorios y en las declaraciones vamos asistir al sriptease de esos comportamientos indeseables. Como si fuera la vomitona de los excesos de un banquete sin límites, que eso fue aquello. Y como ocurre en estos casos la escena no va a ser atractiva.
Dos ejemplos de estos días. El primero es de la Gürtel. El fiscal calcula que el considerado cabecilla de la trama, Francisco Correa, tiene unos 20 millones de euros en Suiza, producto de sus presuntos robos en comunidades autónomas y ayuntamientos. ¿No chirría al sentido común que Correa haya pedido autorización para reembolsar dos de esos 20 millones como gesto de buena voluntad de su intención de colaborar con la Justicia? ¿Se puede aceptar un 10% del producto de su latrocinio -siempre presunto- si con ello está reconociendo su culpabilidad y sigue manteniendo el 90% restante? Es cierto que Correa tiene bloqueado ese dinero, pero su gesto de calculada generosidad suena obsceno a la opinión pública: si se reconoce culpable y quiere colaborar, que renuncie a todo el dinero distraído y lo devuelva.
Tan sangrante o más es lo de las tarjetas black. Al fin y al cabo, Correa es un aprovechado que se acercó con éxito a los umbrales del sistema y entró en él tras engatusar con el dinero fácil a cómplices sin escrúpulos que estaban dentro y le abrieron las puertas de par en par. En cambio, quienes están acusados por el uso ilegal de las tarjetas eran los administradores legítimos que, en la mayoría de los casos, abdicaron de sus deberes profesionales y de sus principios éticos personales por unos miles de euros. Triste, pero así fue.
Es el segundo ejemplo. Rodrigo Rato y Estanislao Rodríguez Ponga se han defendido diciendo que esa tarjeta no era una dádiva, producto de una gestión tramposa y del aprovechamiento ilícito -los jueces determinarán si hubo delito-, sino que formaba parte de su retribución. ¿Es posible de verdad que quien fue vicepresidente económico de un Gobierno o un ex secretario de Estado de Hacienda confundan un medio de pago con una nómina? Una tarjeta de crédito legal nunca será una retribución: no es más que un medio de pago que se usa para gastar la retribución pactada. Si alguien te da una tarjeta para que hagas con ella lo que quieras sin dar cuenta a nadie -ni a la pareja, como se intuye a la vista de algunos cargos- queda claro que se trata de algo ilegal. Y si eres gestor de una caja de ahorros lo sabes.
Evidentemente, los acusados tienen todo el derecho a defenderse como crean más oportuno. Pero produce náuseas la obscenidad con la que tratan de explicar lo inexplicable quienes tenían la obligación de haber custodiado los ahorros de los clientes de Caja Madrid y de Bankia, y se dedicaron a gastarlo en lencería, cacerías, cenas y puros... o a sacar dinero de madrugada en cajeros sospechosamente cercanos a lujosos locales con "mujeres en situación de prostitución", como quiere Manuela Carmena que digamos. Lo dicho, contemplar la vomitona no va a ser agradable.
(Publicado en El Mundo el 7 de octubre de 2016)
En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado Ilúvatar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos de su pensamiento. La Tierra Media tolkiana es la tierra, donde estamos y hasta cuando estemos.
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sábado, 8 de octubre de 2016
viernes, 18 de diciembre de 2015
Tras el 20-D...
Me gustaría pagar los impuestos justos para mantener el
estado de Bienestar y unos servicios públicos adecuados y no para
costear la ineficacia o la corrupción de algunos gobernantes. Hablo de
los aeropuertos sin usar, de las autopistas de peaje que ahora hay que
rescatar, de las ¿miles? de rotondas con sus correspondientes ¿miles? de
monumentitos, de los cientos de miles de subvenciones a los amiguetes,
de los sobrecostes de casi cualquier contrato público. Me refiero a los
cientos de empresas públicas que nacen al amparo de ministerios,
consejerías y ayuntamientos, que se nutren de personal mucho mejor
pagados que los funcionarios -más gasto- y se perpetúan así en el
tiempo. Hablo de las televisiones públicas sobredimensionadas que
necesitan el doble de presupuesto que una privada para llegar a la mitad
de lo que alcanzan éstas.
Me gustaría que lo que pago por los servicios básicos que uso habitualmente fuera sólo el coste real de esos servicios y que no se incrementara hasta el infinito porque los gobiernos mantienen esa cierta connivencia con las empresas suministradoras de esos servicios. Hablo de la factura eléctrica, en la que seguimos subvencionando la producción de carbón nacional o sufragando los costes de transición a la competencia de las empresas energéticas. Hablo del precio de la gasolina, atado por la falta de un mercado abierto de verdad, en el que el productor, el intermediario y el vendedor final es el mismo actor en muchas ocasiones. Y atado también porque los gobiernos necesitan exprimir con impuestos la venta de carburantes para pagar parte del gasto público, también el superfluo.
Me gustaría que los poderes públicos no se aliaran con los intereses de sectores que se niegan a innovar para entorpecer el desarrollo empresarial y, por tanto, social. Hablo de internet y del mundo asociado a las nuevas tecnologías en el transporte, en el turismo, en la banca, en el comercio, en la educación, en el entretenimiento, en los medios...
Me gustaría poder elegir para mis hijos una educación de calidad de acuerdo con mi visión de la sociedad, incluyendo el uso de la lengua. Hablo de evitar el adoctrinamiento, de terminar con el cambio de planes cada vez que un partido llega al Gobierno. Hablo de introducir competencia en la enseñanza obligatoria para estimular a todos los implicados, con el fin de que a los buenos les vaya mejor y los malos espabilen. Hablo de gestionar la universidad pública con criterios de mercado, recompensando a sus responsables cuando lo hacen bien. Entiendo por hacerlo bien formar a profesionales cualificados capaces de trabajar en cualquier parte del mundo y apoyar la innovación empresarial. ¿Nunca se han preguntado por qué no hay ninguna universidad española entre las cien primeras del mundo y, en cambio, nuestras escuelas de negocios se sitúan año tras año entre las veinte mejores del planeta?
Buena parte de esto se resume en una frase: que la política no meta las narices más allá de donde debe hacerlo. Que cree las condiciones legales para que nadie juegue con ventaja y para peroteger al ciudadano ante los abusos y, después, que deje hacer. No es fácil. Hagan la lista de los asuntos cotidianos en los que la política está metida hasta las cejas sin necesidad y verán. A tenor de la experiencia vivida en España con lo público -las cajas de ahorros son el mejor ejemplo- no entiendo a los supuestos regeneradores que aportan para ello la receta de más Estado, que en la práctica se traduce en más Gobierno. Para mí, ésa será la piedra de toque de la nueva política que dicen que llega tras el 20-D.
@vicentelozano
(Publicado el El Mundo el 17 de diciembre de 2015)
Me gustaría que lo que pago por los servicios básicos que uso habitualmente fuera sólo el coste real de esos servicios y que no se incrementara hasta el infinito porque los gobiernos mantienen esa cierta connivencia con las empresas suministradoras de esos servicios. Hablo de la factura eléctrica, en la que seguimos subvencionando la producción de carbón nacional o sufragando los costes de transición a la competencia de las empresas energéticas. Hablo del precio de la gasolina, atado por la falta de un mercado abierto de verdad, en el que el productor, el intermediario y el vendedor final es el mismo actor en muchas ocasiones. Y atado también porque los gobiernos necesitan exprimir con impuestos la venta de carburantes para pagar parte del gasto público, también el superfluo.
Me gustaría que los poderes públicos no se aliaran con los intereses de sectores que se niegan a innovar para entorpecer el desarrollo empresarial y, por tanto, social. Hablo de internet y del mundo asociado a las nuevas tecnologías en el transporte, en el turismo, en la banca, en el comercio, en la educación, en el entretenimiento, en los medios...
Me gustaría poder elegir para mis hijos una educación de calidad de acuerdo con mi visión de la sociedad, incluyendo el uso de la lengua. Hablo de evitar el adoctrinamiento, de terminar con el cambio de planes cada vez que un partido llega al Gobierno. Hablo de introducir competencia en la enseñanza obligatoria para estimular a todos los implicados, con el fin de que a los buenos les vaya mejor y los malos espabilen. Hablo de gestionar la universidad pública con criterios de mercado, recompensando a sus responsables cuando lo hacen bien. Entiendo por hacerlo bien formar a profesionales cualificados capaces de trabajar en cualquier parte del mundo y apoyar la innovación empresarial. ¿Nunca se han preguntado por qué no hay ninguna universidad española entre las cien primeras del mundo y, en cambio, nuestras escuelas de negocios se sitúan año tras año entre las veinte mejores del planeta?
Buena parte de esto se resume en una frase: que la política no meta las narices más allá de donde debe hacerlo. Que cree las condiciones legales para que nadie juegue con ventaja y para peroteger al ciudadano ante los abusos y, después, que deje hacer. No es fácil. Hagan la lista de los asuntos cotidianos en los que la política está metida hasta las cejas sin necesidad y verán. A tenor de la experiencia vivida en España con lo público -las cajas de ahorros son el mejor ejemplo- no entiendo a los supuestos regeneradores que aportan para ello la receta de más Estado, que en la práctica se traduce en más Gobierno. Para mí, ésa será la piedra de toque de la nueva política que dicen que llega tras el 20-D.
@vicentelozano
(Publicado el El Mundo el 17 de diciembre de 2015)
viernes, 23 de mayo de 2014
Supenso en transparencia de los partidos
La transparencia de los partidos políticos cuando informan de sus estados financieros progresa, pero en absoluto lo hace adecuadamente. «La mayoría de los partidos sigue manteniendo unos grados de opacidad alarmantes en áreas de especial relevancia», afirma Javier Martín Cavanna, director de laFundación Compromiso y Transparencia y responsable del informe Transparencia, el mejor eslogan, que analiza la información que ofrecen a la sociedad los partidos de sí mismos. La fundación se creó hace cinco años para fomentar «el buen gobierno y la rendición de cuentas» en las instituciones públicas.
(Aquí el informe completo en PDF: el resumen, en la págs. 41-42)
Lo paradójico de esta situación es que se produce a pesar de que en los últimos años se ha reformado dos veces la Ley sobre Financiación de Partidos Políticos, para obligar a los partidos a rendir cuentas del dinero público que manejan. Pero ni así. El estudio se ha realizado entre los meses de marzo y abril, por lo que los partidos han tenido tiempo para adaptarse a la nueva legislación.
El informe analiza las páginas webs de todos los partidos políticos con representación parlamentaria y estudia ocho factores: quiénes somos, estructura directiva, cargos electos, programa, cumplimiento del programa e información económica. A su vez, cada uno de esos aspectos se divide en factores significativos como el perfil de los cargos directivos, la declaración de bienes de los cargos electos, si publica el número de afiliados y los canales de comunicación con el partido, el grado de cumplimiento del programa electoral si está gobernando. En el plano financiero, el informe analiza si las formaciones incluyen en sus webs el balance de situación, los ingresos y gastos, los informes de auditoria y del Tribunal de Cuentas o los créditos concedidos y condonados.
En definitiva, se trata de analizar si los políticos, que juegan con dinero público -de todos los españoles que pagan impuestos-, cumplen con los requisitos que ellos mismos exigen, por ejemplo, a las empresas cotizadas, que al fin y al cabo funcionan con dinero de los particulares.
El resultado es desolador. En el cuadro anexo se resumen los resultados y las conclusiones son llamativas. Por ejemplo, ningún partido publica el número de sus afiliados, como tampoco ninguno hace público el informe de gestión y sólo dos informan de su código de buen gobierno. Tampoco ninguno de los partidos que tienen responsabilidades de gobierno informa sobre el grado de cumplimiento del programa electoral. Pero donde la transparencia se vuelve opacidad es en la información económico-financiera. Martín Cavanna señala que ha aumentado el número de partidos que facilitan esa información -CCO,ERC, IU, EUiA, PP y UPyD-, pero sólo ERC y UPyD presentan el último informe del Tribunal de Cuentas y ninguno adjunta la auditoría independiente.
UPyD es, un año más, el partido más transparente de los que tienen representación en el Congreso al aprobar en 19 de los 25 criterios analizados. Le siguen los independentistas de ERC. En el lado contrario, el partido más opaco es Amaiur, que obtiene un punto de 25 posibles -desde luego, la transparencia no está entre sus prioridades- y CiU, que sólo saca tres. El PSOE logra 11 puntos y el PP, ocho, ambos en la parte media de la tabla, pero los dos suspenden en la información sobre sus estados financieros, un hecho especialmente grave porque son los que más recursos públicos aglutinan.
¿Soluciones? El Tribunal de Cuentas. Pero Cavanna dice que «carece de las condiciones de independencia y eficacia necesarias para cumplir la legalidad», y mientras que no se acometa una profunda reforma «será imposible avanzar en esta materia».
@vicentelozano
El informe analiza las páginas webs de todos los partidos políticos con representación parlamentaria y estudia ocho factores: quiénes somos, estructura directiva, cargos electos, programa, cumplimiento del programa e información económica. A su vez, cada uno de esos aspectos se divide en factores significativos como el perfil de los cargos directivos, la declaración de bienes de los cargos electos, si publica el número de afiliados y los canales de comunicación con el partido, el grado de cumplimiento del programa electoral si está gobernando. En el plano financiero, el informe analiza si las formaciones incluyen en sus webs el balance de situación, los ingresos y gastos, los informes de auditoria y del Tribunal de Cuentas o los créditos concedidos y condonados.
En definitiva, se trata de analizar si los políticos, que juegan con dinero público -de todos los españoles que pagan impuestos-, cumplen con los requisitos que ellos mismos exigen, por ejemplo, a las empresas cotizadas, que al fin y al cabo funcionan con dinero de los particulares.
El resultado es desolador. En el cuadro anexo se resumen los resultados y las conclusiones son llamativas. Por ejemplo, ningún partido publica el número de sus afiliados, como tampoco ninguno hace público el informe de gestión y sólo dos informan de su código de buen gobierno. Tampoco ninguno de los partidos que tienen responsabilidades de gobierno informa sobre el grado de cumplimiento del programa electoral. Pero donde la transparencia se vuelve opacidad es en la información económico-financiera. Martín Cavanna señala que ha aumentado el número de partidos que facilitan esa información -CCO,ERC, IU, EUiA, PP y UPyD-, pero sólo ERC y UPyD presentan el último informe del Tribunal de Cuentas y ninguno adjunta la auditoría independiente.
UPyD es, un año más, el partido más transparente de los que tienen representación en el Congreso al aprobar en 19 de los 25 criterios analizados. Le siguen los independentistas de ERC. En el lado contrario, el partido más opaco es Amaiur, que obtiene un punto de 25 posibles -desde luego, la transparencia no está entre sus prioridades- y CiU, que sólo saca tres. El PSOE logra 11 puntos y el PP, ocho, ambos en la parte media de la tabla, pero los dos suspenden en la información sobre sus estados financieros, un hecho especialmente grave porque son los que más recursos públicos aglutinan.
¿Soluciones? El Tribunal de Cuentas. Pero Cavanna dice que «carece de las condiciones de independencia y eficacia necesarias para cumplir la legalidad», y mientras que no se acometa una profunda reforma «será imposible avanzar en esta materia».
@vicentelozano
(Publicado en El Mundo el 23 de mayo de 2014)
miércoles, 14 de octubre de 2009
Elija: ineptos conocidos o corruptos por descubrir
José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, en octubre de 2008, antes del segundo encuentro que tuvieron en esta legislatura.
Estos días que se entrelazan en los titulares de la prensa, radio, televisión y medios digitales informaciones sobre la mala gestión económica del Gobierno y noticias sobre la corrupción que circunda al PP, está en el debate social cuál de las dos circunstancias pueden afectar más ante los ciudadanos en una consulta electoral.
Hay quien piensa que la crisis es lo peor con vistas a una consulta electoral. Al final, el escaso éxito de los socialistas para salir de la recesión nos está tocando los... bolsillos y eso no lo perdona el españolito medio. En el otro lado están los que piensan los ciudadanos nunca darán su confianza a un partido que no sabe controlar prácticas presuntamente corruptas e ilegales entre sus miembros.
En España ya vivimos una situación más o menos paralela a mediados de la década pasada. En 1993, una crisis económica atravesaba la economía occidental, mientras la sociedad española todavía estaba adormilada por la resaca de los fastos del 92, Expo de Sevilla y Juegos Olímpicos de Barcelona. El Gobierno tuvo que devaluar la peseta en mayo de 1993 y se presentó a las elecciones -que se celebraron un mes después- con 3,3 millones de parados. Pero lo que obligó al presidente González a adelantar las elecciones fueron los innumerables casos de corrupción -Mariano Rubio (1992), Filesa (1989), Guerra (1989), GAL (desde los ochenta),...-. A pesar de ello, el PSOE vuelve a ganar las elecciones, aunque perdió la mayoría absoluta en el Congreso que tuvo de hecho en la legislatura anterior.
Pero la crisis se agudiza, el paro alcanza los cuatro millones de personas y el presidente del Gobierno volvió a acortar la legislatura y el 3 de marzo de 1996 convocó otra vez elecciones. Mientras, los procesos judiciales de los casos de corrupción anteriores siguen su curso. Esta vez sí se da la vuelta a la tortilla: el PP es el vencedor, y consigue un número de escaños similar al del PSOE tres años antes, mientras que los socialistas pierden y obtienen los mismos diputados que el PP en la legislatura anterior.
Muchos analistas políticos piensan que fue la pésima gestión de la aquella crisis, también mundial aunque mucho menos profunda que la actual, la que desbancó a los socialistas del poder y no la corrupción.
Ahora, tenemos un Gobierno que no ha sabido hacer frente a la recesión económica, cuestión reconocida por economistas, organismos internacionales y hasta por insignes socialistas, y una oposición cada día más manchada por escándalos de corrupción en una parte de sus dirigentes y, además, con críticas constantes desde dentro y desde fuera sobre la gestión desde la cúpula del partido de ese particular calvario.
Sé que no son comparables los casos de corrupción del PSOE de los noventa -por número y por 'volumen' de cada uno de ellos- con el Gürtel y sus ramificaciones del PP de hoy pero, simplificando la cuestión, si hoy hubiera elecciones generales, ¿votaría usted por mantener un Gobierno que está llevando a la ruina al país con su gestión de la crisis económica o daria una oportunidad a un partido acusado y acosado por la corrupción?
Sé que no son comparables los casos de corrupción del PSOE de los noventa -por número y por 'volumen' de cada uno de ellos- con el Gürtel y sus ramificaciones del PP de hoy pero, simplificando la cuestión, si hoy hubiera elecciones generales, ¿votaría usted por mantener un Gobierno que está llevando a la ruina al país con su gestión de la crisis económica o daria una oportunidad a un partido acusado y acosado por la corrupción?
Para concretar más. ¿Qué le incita más a cambiar el sentido de su voto, la subida de impuestos motivada por la ineptitud del Ejecutivo para hacer frente a la recesión o saber que un partido acusado de corrupción puede llegar a gobernar?
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