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sábado, 28 de noviembre de 2020

Educar también es invertir para obtener un rendimiento

Ya sé que es un reduccionismo, pero si miramos el sistema educativo de un país desde un punto de vista estrictamente economicista, éste no es más que la inversión -el gasto- que hace la sociedad -familias y administraciones públicas- en la formación de las nuevas generaciones para que éstas, una vez instruidas, puedan devolver a esa sociedad esa inversión en forma de producción que genere ingresos para el país y, así, incrementar su riqueza. Esos ingresos se traducen en rentas privadas, en impuestos y en cotizaciones sociales.

Si nos ponemos en el mejor de los casos, lo ideal sería que todo alumno que hubiera recibido esa inversión durante su etapa educativa estuviera en condiciones de devolver a la sociedad lo que ha invertido en él con un puesto de trabajo acorde a su preparación. Devolver no lo vean como el crédito al que hay que hacer frente, sino la participación de ese profesional en la generación de riqueza del país con su trabajo, sus impuestos y sus cotizaciones.

Una sociedad que no consiga incorporar al mercado laboral a quienes terminan su etapa de aprendizaje, no sólo estará perdiendo posibilidades de crecer, sino que habrá malgastado su dinero. Y no es poco. Para hacernos una idea, y según los datos del Ministerio de Educación, en 2018 el Estado destinó 35.000 millones de euros a la enseñanza no universitaria para los 7,4 millones de estudiantes de esas etapas, lo que supone unos 4.700 euros por alumno. (A propósito, la media es de 5.300 euros en la pública y de 3.000 en la concertada, pero eso da para otro comentario). En los trece años que dura la educación obligatoria, pues, supone una inversión de más de 60.000 euros por alumno.

También por esta razón hay que pedir eficiencia al sistema educativo: que sea capaz de revertir a la sociedad lo que la sociedad le proporciona. Por eso, cuando todavía tenemos un 17,3% de abandono escolar temprano -en 2009 era del 30%-, la más alta todavía de la Unión Europea, cuya media se sitúa en el 10%, o cuando la tasa de desempleo juvenil es de un insoportable 40%, también récord entre los países de nuestro entorno, hay que deducir que algo no funciona en la preparación de las nuevas generaciones para ejercer en el mundo profesional.

Lo decía también el Banco de España hace unos días, refiriéndose a la Universidad: el alto desempleo de españoles entre 30 y 34 años que han estudiado una carrera en España -del 9,8%, frente al 5,8% de media en Europa- se debe a «una menor calidad de la educación superior».

Cuando somos los campeones de Europa, y de forma sostenible en el tiempo, en abandono escolar temprano, en desempleo juvenil y en paro de los licenciados hay que plantearse que nuestro modelo educativo, tanto en la enseñanza obligatoria como en la superior, no funciona. Lo que con una reducción economicista -repito- supone cientos de millones de euros que la sociedad no recupera.

Esto debería formar parte también del debate sobre el cambio de modelo de enseñanza en España y, para ello, es fundamental el concurso de todas las partes implicadas en el proceso educativo. Todas. Este Gobierno ha perdido otra oportunidad. Con la Lomloe de Isabel Celaá nada hace pensar que vayamos a salir de los puestos de cola en Europa. Porque esta ley es más de lo mismo que nos ha llevado hasta ahí abajo con mucha más carga ideológica.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Entre PISA y el paro

El informe PISA que realiza la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) es el mejor termómetro que tenemos para evaluar sistemas educativos y compararlos. Es un examen colectivo que se realiza cada tres años y en esta ocasión, que corresponde a los datos obtenidos en 2015, hay una cierta satisfacción en la mayoría de las instancias oficiales. España ha roto por primera vez "la brecha educativa y se sitúa, por primera vez en la historia, entre los países más avanzados del mundo", escribió en un tuit el presidente del Gobierno.

Pero eso es una verdad a medias, que puede ser la mentira más peligrosa si te la crees. Lo bueno que tiene un estudio cuando está bien hecho es que te permite sacar conclusiones que, en esta ocasión, siguen sin invitar al optimismo.

La primera es que, en 2015, España está en las calificaciones de PISA exactamente en el mismo nivel que en 2000, cuando se empezó a hacer el estudio: en Ciencias empezó en 491 y está en 488; en comprensión lectora ha pasado de 493 a 496 y en matemáticas, de 476 a 484. Es decir, si estamos comparativamente mejor es porque los otros han empeorado. Triste consuelo, pues, alegrarse por ello. No creo que sean resultados "muy satisfactorios", como dijo ayer el ministro Íñigo Méndez de Vigo.

Otra conclusión desmonta una falacia, esta vez propugnada desde los partidos de izquierda: no hay relación proporcional entre el gasto educativo y los resultados académicos. Así, entre 2000 y 2009 -lo decíamos la semana pasada- los presupuestos para la enseñanza, las becas, las ayudas para libros crecieron entre el 70% y el 100% y eso no se notó en PISA. En cambio, entre 2012 y 2015, los recortes ha afectado considerablemente a la educación... y permanecemos en los mismos parámetros de siempre. Por supuesto que el Estado debe proporcionar los recursos adecuados para atender al sistema, pero llegado a un nivel, el problema ya no es incrementar más o menos el presupuesto, sino asegurar la eficiencia en la utilización de esos recursos.

La tercera conclusión es el tremendo agujero que se abre entre comunidades autónomas. Las autoridades deben averiguar las causas, que serán muchas y variopintas. Tendrá que ver con la descentralización de competencias educativas que hace que, en la práctica, el nivel de exigencia sea distinto en territorios diferentes. Habrá que analizar el nivel de desarrollo económico y social de cada región: su actividad, los sectores que impulsan su crecimiento, el nivel educativo de las anteriores generaciones... También, y muy importante, tendremos que saber por qué, por regla general, las regiones con peores calificaciones en PISA coindicen con las que el paro es más alto.

Ésta es la última conclusión que me parece relevante. El gran fracaso de la enseñanza en España no es que estemos más o menos abajo en las clasificaciones internacionales. El gran fracaso es que, hoy, la tasa de paro de los menores de 20 años es del 54% y la de los españoles entre 20 y 24 años es del 39%. Es decir, existe una grave brecha entre el sistema educativo español y el modelo productivo que es imprescindible reparar. Porque cuando las expectativas para encontrar un empleo al finalizar la etapa escolar son tan escasas, es lógico que cunda el desánimo entre los estudiantes y aumente el abandono de las aulas. Si la escuela no te prepara para el mundo laboral, ¿para qué sirve estudiar?

Mucho que hablar sobre PISA ahora que los partidos se sientan para hablar del pacto educativo. Si es que llegan a sentarse, claro.

@vicentelozano
(Publicado en El Mundo el 8 de diciembre de 2016)

domingo, 19 de junio de 2016

La Filosofía

"Ese día sólo había una pequeña carta en el buzón, y era para Sofía. 'Sofía Amundsen', ponía en el pequeño sobre. 'Camino del Trébol 3'. Eso era todo. Ni siquiera tenía sello. En cuanto hubo cerrado la puerta de la verja, Sofía abrió el sobre. Lo único que encontró fue una notita, tan pequeña como el sobre que la contenía. En la notita ponía: '¿Quién eres?' No ponía nada más. Sólo esas dos palabras escritas a mano con grandes interrogaciones".

Así empieza una maravillosa novelita, El mundo de Sofía, escrita por el noruego Jostein Gaarder en 1991. A Sofía le siguieron llegando cartas con preguntas: "¿De dónde viene el mundo?", "¿Qué fue primero, la gallina o la idea de gallina?", "¿Nace el ser humano ya con alguna idea?"... Y en ese diálogo con la adolescente Sofía, Gaarder se adentra en un ameno curso de Historia de la Filosofía.

He recordado este libro al enterarme de que la Universidad Complutense va a subsumir la Facultad de Filosofía -esa en la que estudiaron y dieron clase Ortega,Zubiri, Marías o García Morente, entre otros...- en la de Filología. Forma parte de un proceso de reestructuración para reducir costes y, como no hay alumnos suficientes, Filosofía pasa a ser secundaria.

Veamos un pequeño estudio de campo. En la Comunidad de Madrid hay erigidas 14 universidades, seis públicas y ocho privadas. Empecemos por las privadas. Sólo una de ellas, la de Comillas, tiene un grado en Filosofía. La Universidad CEU San Pablo cuenta con un grado de Humanidades en el que hay cuatro asignaturas sobre materias filosóficas. En la Udima, existe otro similar con una sola asignatura sobre Filosofía. La otras seis, Alfonso X el Sabio, Camilo José Cela, Europea de Madrid, Antonio de Nebrija y Francisco de Vitoria no tienen ningún estudio de este tipo en sus planes académicos de grado.
En las públicas, la Universidad Carlos III imparte cuatro asignaturas en los cuatro años del grado de Filosofía, Política y Economía. En la de Alcalá hay tres asignaturas de contenido filosófico en su grado de Humanidades y en la Rey Juan Carlos, ninguna. Sólo la Complutense y la Autónoma cuentan con grados completos de Filosofía.

La paulatina desaparición de los estudios filosóficos no es una cuestión secundaria. El desinterés en el grado educativo superior viene porque se ha perdido, quizá irremediablemente, el estudio de la Filosofía en los programas académicos de la enseñanza obligatoria.

Es un tremendo error porque la Filosofía -el amor a la sabiduría en su acepción etimológica- está en la base de todo. Las matemáticas, la física cuántica, la moral o el derecho no se explican en su integridad sin la Filosofía. Por ejemplo, dos y dos son cuatro porque, previamente, esos dos y dos existen y eso es pura Metafísica. Y la dignidad de la persona se basa precisamente en que es persona, un concepto también metafísico. Ni el Big Bang se puede explicar sin la Filosofía.

En esta etapa de la Sociedad del Conocimiento dominada por la tecnología hace más falta que nunca ese sustrato que nos obliga a preguntarnos quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, entre otras cuestiones radicales. Se llama conciencia de nosotros mismos... algo que siempre nos quedará cuando la inteligencia artificial se haya apoderado de casi todo. Aunque quizá ya no lo sepamos.


(Publicado en El Mundo el 16 de junio de 2016)

sábado, 11 de junio de 2016

La falacia del pacto educativo

La educación. Un asunto recurrente cada vez que llegan unas elecciones, porque los políticos se empeñan en no avanzar para conseguir un modelo de enseñanza en España digno de la mayoría de los países de nuestro entorno. Así, una vez más, la imperiosa necesidad del pacto educativo está en boca de los líderes de todas las formaciones pero, también una vez más, la realidad se da de bruces tozudamente con los deseos.

Siempre he dicho que uno de los males de la enseñanza en nuestro país, en todos los niveles, es su excesiva politización. Recuerdo que en los primeros años de la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, durante la Transición, los departamentos se iban formando en función de la tendencia política de sus responsables. Así, se creó la cátedra de Teoría de la Información, de izquierdas, y en paralelo, la de Teoría de la Comunicación, de derechas. Creo que la primera se daba en los cursos pares y la segunda, en los impares. El temario era muy similar en las dos asignaturas, en un caso bajo una perspectiva marxista y en el otro, digamos que liberal. Por supuesto, los profesores se adscribían según sus ideas políticas.

De una forma no tan burda como entonces, y ahora también por endogamia, esos comportamientos se repiten hoy. Así lo explicaba ayer el profesor Enrique Gimbernat en este periódico: «En las oposiciones a puestos de catedrático o de profesor titular, en un 96% de las ocasiones el candidato seleccionado pertenecía al propio Departamento convocante».

¿Por qué creo que va a ser difícil llegar a un gran acuerdo educativo, ya sea en la enseñanza obligatoria como en la universitaria? Lean las noticias sobre el tema de estos últimos días en las webs y en los diarios impresos. Ayer informábamos de que el Gobierno ha apercibido a ocho autonomías y pide explicaciones a otras seis por incumplir la Lomce. Es decir, catorce gobiernos regionales de diecisiete han desobedecido la ley... y de todos los partidos, porque dos de ellos son del PP.

La Lomce es manifiestamente mejorable, pero es la ley educativa vigente y, por tanto, es deber de las autoridades hacer que se cumpla, guardando las competencias autonómicas. No tiene ninguna justificación no hacerlo, pero desde luego es inconcebible esta insumisión en los partidos a cuyos líderes no cesan de hablar del «gran pacto educativo».

Otra información de estos días es la decisión del Gobierno de Cantabria -una coalición entre el Partido Regionalista Cántabro y el PSOE- de cambiar el calendario lectivo y dividir el curso escolar en cinco bimestres con cuatro periodos vacacionales de una semana. No entro a valorar si este modelo es mejor o peor que el vigente, aunque es significativo que haya sido bien recibido por los sindicatos de profesores y mal por las familias. Pero ¿qué necesidad tenía ahora una autonomía de regular al margen del resto de las comunidades y del Gobierno un tema tan importante como el horario escolar? ¿No es esto otra piedra en el camino en la búsqueda de ese acuerdo por la educación?

Hay que situar a los políticos frente a su responsabilidad para que se lo tomen con toda la urgencia que requiere la situación. Estamos inmersos en la Sociedad del Conocimiento. Su desarrollo es la gran ventaja competitiva de un país desarrollado y España está muy retrasada al respecto, aunque despunten ya algunos organismos públicos y privados. Y como las tecnologías avanzan cada vez con más rapidez quedarse en el mismo escalón es retroceder. En román paladino, mantenerse en el turismo y la construcción. Mañana empieza la campaña. Sumen las veces que dirán «pacto educativo».
@vicentelozano

(Publicado en El Mundo el 9 de junio de 2016)