En enero de 2018, en el post que sube todos los inicios de año Mark Zuckerberg para los usuarios de la red, incluyó un propósito para el ejercicio que acababa de empezar: “arreglar Facebook” (to fix Facebook): “Mi desafío personal para 2018 es centrarme en solucionar estos problemas importantes. No evitaremos todos los fallos o abusos al aplicar nuestras políticas y evitar el uso indebido de nuestras herramientas, pero ahora cometemos demasiados errores”. Todavía no había saltado el escándalo de Cambridge Analytica, pero la red social por antonomasia ya era criticada por su papel en el ascenso a la presidencia de Estados Unidos de Donald Trump un par de años antes.
No le apetecía demasiado la idea al fundador. Zuckerberg reconocía que los problemas que tenía enfrente eran complejos “técnica y filosóficamente”, porque afectaban a la razón de ser de Facebook: de ofrecer una herramienta para poder “compartir todo con todos”, a tener que dirigir y controlar ese tremendo flujo de comunicaciones. “No queremos ser árbitros de la verdad ni desalentar el intercambio de opiniones”, decía.
Pero no ha tenido mas remedio que claudicar. Y, además de otras cuestiones importantes en el desarrollo de la red social, su fundador ha creado un consejo editorial/tribunal supremo/consejo asesor compuesto por 20 personalidades de todo el mundo, que se encargarán, nada menos, de vigilar la libertad de expresión en Facebook. Su nombre oficial es oversight board. Es independiente de Facebook, con presupuesto propio -aunque se lo proporciona la propia red social- y está compuesto por personas relevantes del mundo del derecho, de internet y del periodismo. Ellos serán los responsables de decidir qué es libertad de expresión en Facebook.
Alan Rusbridger, director de The Guardian durante una veintena de años, es uno de los miembros de ese consejo. Publicó en su página de Medium las razones que le han llevado a aceptar el nombramiento:
“¿Por qué he aceptado unirme? La crisis mundial de Covid-19 que vivimos ejemplifica los peligros mortales de un mundo de caos informativo. Las sociedades y las comunidades no pueden funcionar a menos que haya un consenso sobre los hechos y la verdad. Y el coronavirus es, de alguna manera, simplemente un ensayo general para los desafíos aún mayores como el cambio climático.
Al mismo tiempo, hay una crisis de libertad de expresión, con oligarcas, líderes populistas y algunas corporaciones que tratan de deslegitimar y reprimir las voces de quienes los desafían. Finalmente, hay una crisis del periodismo: tanto el modelo económico que lo sustenta como los niveles generalmente bajos de confianza que goza en gran medida. Facebook se encuentra en el centro de estas crisis entrelazadas, y no es difícil ver por qué está atado tratando de resolver algunas de ellas”.
“¿Funcionará?”, termina Rusbridger: “En mi opinión, no hay excusa para no intentarlo. El equilibrio entre la libertad de expresión y la necesidad de una plaza pública mejor organizada es una de las causas más urgentes que puedo imaginar”.
Facebook tiene más de 2.000 millones de usuarios registrados en todo el mundo. Junto con Google, concentran más del 60% de la publicidad digital que se mueve en el planeta. Es un monstruo de la comunicación que va a estar asesorado por veinte personas -serán cuarenta en el futuro- sobre qué contenidos se pueden mover libremente por la red y cuáles no. Un grupo de escogidos que va decidir qué pueden contar los ciudadanos y qué no en todo el mundo. El propósito es apasionante, pero suena inquietante y peligroso.
Muchas repercusiones en el mundo de la política y de los medios. Seguiremos comentando.
En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado Ilúvatar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos de su pensamiento. La Tierra Media tolkiana es la tierra, donde estamos y hasta cuando estemos.
miércoles, 13 de mayo de 2020
sábado, 9 de mayo de 2020
El tuit de la revancha
A Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, no le han salido bien las cosas desde el punto de vista político en los últimos días. Ha tenido que rectificar lo que en un principio fue uno de sus éxitos: dar comida a los niños de la familias necesitadas que se habían quedado la del colegio, y le ha dimitido su directora general de Salud, Yolanda Fuertes, porque no estaba dispuesta a firmar la petición de la Comunidad de pasar a la Fase 1 de la desescalada.
La razón es que Ayuso consideraba que estaba en condiciones de controlar un posible repunte de la pandemia y prefería que la región volviera cuanto antes a la actividad económica. Fuentes decía que no, que todavía había que fortalecer el sistema sanitario antes que dar el siguiente paso. Al final, el propio consejero de Sanidad de la Comunidad, Enrique Ruiz Escudero, reconoció que Madrid no podía pasar el día 11 a la fase 1 del plan de desescalada. Como ha ocurrido.
Y al PSOE, el partido del Gobierno, le ha faltado tiempo para politizar de forma rastrera este tema y caer en la misma actitud que critica desde el Ejecutivo a los partidos de la oposición: tirarse a la cara los muertos. Ese "el Gobierno de la Comunidad de Madrid, ejemplo de gestión ineficaz e irresponsable ante la crisis del Covid" suena a revancha, ante una gestión que desde los ciudadanos era mucho mejor vista que la del propio Gobierno. El PSOE quiere hacer del grave error de Ayuso un arma de revancha para tapar las propias miserias. Las que lleva acumulando desde el inicio de la crisis. Y cae en el error del que deberíamos salir todos: la politización del dolor.
Sí. Lo hacen casi todos los partidos contra el Gobierno. Pero ahora sería muy cínico que el propio Gobierno lo criticara.
La razón es que Ayuso consideraba que estaba en condiciones de controlar un posible repunte de la pandemia y prefería que la región volviera cuanto antes a la actividad económica. Fuentes decía que no, que todavía había que fortalecer el sistema sanitario antes que dar el siguiente paso. Al final, el propio consejero de Sanidad de la Comunidad, Enrique Ruiz Escudero, reconoció que Madrid no podía pasar el día 11 a la fase 1 del plan de desescalada. Como ha ocurrido.
Y al PSOE, el partido del Gobierno, le ha faltado tiempo para politizar de forma rastrera este tema y caer en la misma actitud que critica desde el Ejecutivo a los partidos de la oposición: tirarse a la cara los muertos. Ese "el Gobierno de la Comunidad de Madrid, ejemplo de gestión ineficaz e irresponsable ante la crisis del Covid" suena a revancha, ante una gestión que desde los ciudadanos era mucho mejor vista que la del propio Gobierno. El PSOE quiere hacer del grave error de Ayuso un arma de revancha para tapar las propias miserias. Las que lleva acumulando desde el inicio de la crisis. Y cae en el error del que deberíamos salir todos: la politización del dolor.
Sí. Lo hacen casi todos los partidos contra el Gobierno. Pero ahora sería muy cínico que el propio Gobierno lo criticara.
miércoles, 22 de abril de 2020
Una estrategia de desinformación
No tiene un pase que el Jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, general José Manuel Santiago, manifieste en una rueda de prensa que en materia de información en la lucha contra el coronavirus, una de las funciones del Cuerpo es «minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por el Gobierno».
No puede ser que en una rueda de prensa del presidente del Gobierno en la que sólo preguntan seis o siete medios se dé voz a una web denominada Voce d'Italia, que, como explica en su portada, es «il quotidiano degli italiani in Venezuela». Es decir, un medio digital venezolano dirigido a la comunidad italiana que vive en ese país, que en su mejor momento llegó a vender 15.000 ejemplares y que desde 2012 sólo tiene edición digital.
Es inaceptable que los medios y las asociaciones de periodistas tengan que movilizarse y amenazar con no acudir a las comparecencias del Gobierno si el secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver, no deja de seleccionar a su antojo las preguntas y los medios que las hacen. No puede ser que el propio Oliver afee a los periodistas que nos convirtamos «en fiscales que reconvenimos a los políticos» (¿para qué estamos si no?) como dijo en un encuentro con informadores en diciembre.
Las palabras del general Santiago, que no fueron un lapsus, como intentó convencernos el ministro del Interior, ni un bulo, como dijo Pablo Echenique, como los otros hechos señalados y algunos más, suenan mucho más inquietantes si recordamos el último discurso de investidura de Pedro Sánchez, cuando se refirió a ese fenómeno «dañino para la confianza en la que se asienta la convivencia civil que es la proliferación de las fake news». Y acto seguido el presidente anunció algo novedoso en nuestra democracia. Dijo que impulsaría una «estrategia nacional contra la desinformación», eso sí, «dentro del respeto escrupuloso a la libertad de expresión y de información». A esto hay que sumar que el cada vez más poderoso vicepresidente segundo del Gobierno considera que «la existencia de medios de comunicación privados ataca a la libertad de información» porque «es un riesgo que dos multimillonarios sean propietarios de lo que se puede leer, lo que se puede escuchar y lo que se puede leer». Y no se olviden de la pregunta 6 del CIS de abril, la de los «medios oficiales» para informar a la sociedad.
Lo que el Gobierno está impulsando no es una estrategia contra la desinformación, sino la estrategia de la desinformación.
No puede ser que en una rueda de prensa del presidente del Gobierno en la que sólo preguntan seis o siete medios se dé voz a una web denominada Voce d'Italia, que, como explica en su portada, es «il quotidiano degli italiani in Venezuela». Es decir, un medio digital venezolano dirigido a la comunidad italiana que vive en ese país, que en su mejor momento llegó a vender 15.000 ejemplares y que desde 2012 sólo tiene edición digital.
Es inaceptable que los medios y las asociaciones de periodistas tengan que movilizarse y amenazar con no acudir a las comparecencias del Gobierno si el secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver, no deja de seleccionar a su antojo las preguntas y los medios que las hacen. No puede ser que el propio Oliver afee a los periodistas que nos convirtamos «en fiscales que reconvenimos a los políticos» (¿para qué estamos si no?) como dijo en un encuentro con informadores en diciembre.
Las palabras del general Santiago, que no fueron un lapsus, como intentó convencernos el ministro del Interior, ni un bulo, como dijo Pablo Echenique, como los otros hechos señalados y algunos más, suenan mucho más inquietantes si recordamos el último discurso de investidura de Pedro Sánchez, cuando se refirió a ese fenómeno «dañino para la confianza en la que se asienta la convivencia civil que es la proliferación de las fake news». Y acto seguido el presidente anunció algo novedoso en nuestra democracia. Dijo que impulsaría una «estrategia nacional contra la desinformación», eso sí, «dentro del respeto escrupuloso a la libertad de expresión y de información». A esto hay que sumar que el cada vez más poderoso vicepresidente segundo del Gobierno considera que «la existencia de medios de comunicación privados ataca a la libertad de información» porque «es un riesgo que dos multimillonarios sean propietarios de lo que se puede leer, lo que se puede escuchar y lo que se puede leer». Y no se olviden de la pregunta 6 del CIS de abril, la de los «medios oficiales» para informar a la sociedad.
Lo que el Gobierno está impulsando no es una estrategia contra la desinformación, sino la estrategia de la desinformación.
(Publicado en El Mundo el 21 de abril de 2020)
domingo, 5 de abril de 2020
Morir solos
Nos estamos dando de bruces con la muerte. Claro que cada uno ha notado en su vida la experiencia del fallecimiento de familiares y amigos, pero la brutalidad de la pandemia hace que la veamos mucho más agresiva, aunque fallezcan personas que no conocemos. Morir sin la familia en una UCI o en la habitación de una residencia no debería ocurrirle a nadie.
Hemos informado sobre los necesarios protocolos médicos a la hora de elegir a qué paciente hay que tratar antes cuando no hay recursos para todos. Y nos hemos escandalizado con las declaraciones del jefe de Epidemiología Clínica del hospital de la Universidad de Leiden (Países Bajos), Franz Rosendaal, cuando afirmó que en Italia, «la capacidad de las UCI se gestiona de manera bien distinta. Ellos admiten a personas que nosotros no incluiríamos porque son demasiado viejas. Los ancianos tienen una posición muy diferente en la cultura italiana». Que es exactamente la misma, añado yo, que la que tienen en España.
La jefa de Geriatría del hospital Universitario de Gante, Nele van den Noortgate, lo explicaba de otra forma: «No traigan pacientes débiles y ancianos al hospital. No podemos hacer más por ellos que brindarles los buenos cuidados paliativos que les estarán dando en sus centros de mayores. Traerlos al hospital para morir es inhumano». Países Bajos ha realizado un estudio para analizar el impacto social de una posible legalización de la eutanasia para los ancianos que estén «cansados» de vivir.
Efectivamente, la «posición cultural» respecto a los ancianos en los Países Bajos -y en parte del norte de Europa- es muy distinta que en España e Italia y en otros países del sur. Recuerdo el documental del italosueco Erik Gandini, 'La teoría sueca del amor', en el que relataba una de las conclusiones del experimento en la sociedad socialdemócrata sueca de los setenta y ochenta, en la que el Estado sustituía a la familia en proveer todo lo necesario al individuo: unas décadas después, la cuarta parte de los suecos muere en soledad...y nadie reclama su cuerpo.
Quizá la próxima generación de españoles se parezca más a la actual neerlandesa en esto de los ancianos enfermos que a la nuestra de hoy, pero me quedo con la tradición latinocatólica que resumía Lucía Méndez en su columna del sábado: «Estamos preparados para superar el duelo por la muerte de nuestros padres y madres. Pero necesitamos despedirnos de ellos, llorar mientras tocamos su féretro». Y, antes, darles ese beso helado que se queda en los labios para siempre.
Hemos informado sobre los necesarios protocolos médicos a la hora de elegir a qué paciente hay que tratar antes cuando no hay recursos para todos. Y nos hemos escandalizado con las declaraciones del jefe de Epidemiología Clínica del hospital de la Universidad de Leiden (Países Bajos), Franz Rosendaal, cuando afirmó que en Italia, «la capacidad de las UCI se gestiona de manera bien distinta. Ellos admiten a personas que nosotros no incluiríamos porque son demasiado viejas. Los ancianos tienen una posición muy diferente en la cultura italiana». Que es exactamente la misma, añado yo, que la que tienen en España.
La jefa de Geriatría del hospital Universitario de Gante, Nele van den Noortgate, lo explicaba de otra forma: «No traigan pacientes débiles y ancianos al hospital. No podemos hacer más por ellos que brindarles los buenos cuidados paliativos que les estarán dando en sus centros de mayores. Traerlos al hospital para morir es inhumano». Países Bajos ha realizado un estudio para analizar el impacto social de una posible legalización de la eutanasia para los ancianos que estén «cansados» de vivir.
Efectivamente, la «posición cultural» respecto a los ancianos en los Países Bajos -y en parte del norte de Europa- es muy distinta que en España e Italia y en otros países del sur. Recuerdo el documental del italosueco Erik Gandini, 'La teoría sueca del amor', en el que relataba una de las conclusiones del experimento en la sociedad socialdemócrata sueca de los setenta y ochenta, en la que el Estado sustituía a la familia en proveer todo lo necesario al individuo: unas décadas después, la cuarta parte de los suecos muere en soledad...y nadie reclama su cuerpo.
Quizá la próxima generación de españoles se parezca más a la actual neerlandesa en esto de los ancianos enfermos que a la nuestra de hoy, pero me quedo con la tradición latinocatólica que resumía Lucía Méndez en su columna del sábado: «Estamos preparados para superar el duelo por la muerte de nuestros padres y madres. Pero necesitamos despedirnos de ellos, llorar mientras tocamos su féretro». Y, antes, darles ese beso helado que se queda en los labios para siempre.
(Publicado en El Mundo el 31 de marzo de 2020)
miércoles, 25 de marzo de 2020
#unanoticiapositiva
DESDE el inicio del confinamiento, y con la etiqueta #unanoticiapositiva, subo a Twitter cada día algo que nos dé un poco de esperanza en este tiempo de penuria. Son estadísticas, gestos personales o actitudes colectivas que pueden suponer un cierto alivio. Hay muchas más, pero éstas son algunas de las que me he encontrado cuando repaso la prensa y las redes sociales.
17 de marzo. El consejero delegado de Delta Airlines, Ed Bastian, renuncia a seis meses de salario para reducir costes a la empresa, en crisis por la caída del transporte aéreo.
18 de marzo. Primer día sin ningún contagiado local en China desde que se inició la pandemia en Wuhan.
19 de marzo. Inditex anuncia que pagará el sueldo íntegro a su plantilla hasta el 15 de abril. Arturo Calle, empresario textil colombiano, dice que mientras tenga caja abonara los salarios a sus 6.000 empleados.
20 de marzo. Los aplausos en los balcones hacen caer el consumo de internet en toda España. Todas las tardes, a las 20.00 horas, baja la gráfica porque una inmensa mayoría deja de navegar para mostrar su apoyo al personal sanitario.
20 de marzo. El presidente de Huawei dona a España un millón de mascarillas. Eran para su plantilla, pero ya no le hacen falta ante la mejoría en su país.
21 de marzo. Se extuba al primer paciente del coronavirus en la UCI del hospital Clínico de Madrid. El día siguiente, en el hospital General de Castellón el personal de la UCI despidió con aplausos al primer paciente que abandonaba la unidad.
21 de marzo. Los vecinos de una urbanización de Badalona aplauden larga y espontáneamente a la chica que acude a vaciar las papeleras públicas, limpiar la calle y recoger las bolsas de basura que hay junto a los contenedores.
22 de marzo. La Comunidad de Madrid cubre en un día todas las plazas de voluntariado para el coronavirus. Se apuntaron más de 7.000 personas.
22 de marzo. Una alianza entre el Consorcio de la Zona Franca de Barcelona, HP Seat y el centro tecnológico Leitat desarrolla un respirador de campaña construido mediante impresión 3D y podrá fabricar hasta cien unidades diarias.
23 de marzo. May, joven enfermera de UCI en el hospital Virgen del Rocío de Sevilla y madre de un bebé, pide adscribirse voluntariamente al «equipo específico del coronavirus».
24 de marzo. Hubei, el epicentro de la pandemia en China, pone fin al confinamiento.
ró la pandemia.o
Es un reflejo de los miles de gestos que palpamos estos días en todos los sectores de la sociedad.
(Publicado en El Mundo el 24 de marzo. Después he añadido cosas, claro)
ró la pandemia.o
Es un reflejo de los miles de gestos que palpamos estos días en todos los sectores de la sociedad.
(Publicado en El Mundo el 24 de marzo. Después he añadido cosas, claro)
sábado, 21 de marzo de 2020
La guerra que no hemos vivido
Hablaba estos días con Iñaki Gil, corresponsal de ese periódico en París, y me decía que el coronavirus es la guerra que estas generaciones
-desde los baby boomers- no hemos vivido. Tiene razón. Es una crisis sanitaria de una magnitud planetaria que va a tener fatales consecuencias políticas, sociales y económicas. Como una guerra. La pregunta es si Europa está preparada para afrontarla. Y, lamentablemente, la respuesta no es positiva. Vimos un ejemplo el pasado jueves 12, cuando la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, afirmó que el BCE no estaba para to close spreads, es decir, para reducir las primas de riesgo que hay entre países. Esto, referido, como se refirió, al miembro de la Eurozona que peor lo estaba pasando por la crisis sanitaria provocó que se disparara la prima de Italia y el desplome de las bolsas.
Lagarde reconoció su error posteriormente, pero ya era tarde. Los inversores esperaban apoyo desde la autoridad monetaria y no lo encontraron. Hasta que el BCE rectificó en toda regla y puso el helicóptero a volar con ese plan de emergencia pandémica de 750.000 millones de euros. Un plan que trata de hacer creíble -hagan lo que hagan, el BCE estará detrás- para paliar las consecuencias económicas de la crisis sanitaria.
Unas consecuencias que pueden ser calamitosas. Pedro Sánchez afirmó el miércoles en el Congreso que económicamente, este año va a tener nueve o diez meses. En otras palabras, eso quiere decir que el PIB se va a reducir entre una cuarta y una quinta parte. Es decir, España entrará en recesión. Como la Unión Europea.
Martin Wolf, jefe de análisis económico de Financial Times, describía el miércoles un panorama económico desolador, aunque especificaba que de duración limitada: «Es probable que muchos hogares y empresas se queden pronto sin dinero. Incluso en los países ricos, una gran parte de la población prácticamente no tiene ahorros líquidos. El sector privado -sobre todo el sector corporativo no financiero- también se ha endeudado en exceso. Por todo ello, la demanda de los consumidores se debilitará aún más. Quebrarán empresas. La gente se negará a vender a compañías que pueden quebrar, a menos que paguen por adelantado. Volverán las dudas sobre la salud del sistema financiero. Existe un riesgo de que se produzca un colapso de la demanda y de la actividad que va mucho más allá del impacto directo de la emergencia sanitaria».
Para evitar esto hace falta una economía de guerra. Y en la guerra hay que comportarse como en la guerra: con un mando único, un objetivo claro y sin escatimar medios para vencer. En Europa hemos visto que cada Gobierno está haciendo la guerra por su cuenta -a la fuerza ahorcan- con planes de estímulos milmillonarios para insuflar liquidez en la economía y evitar el colapso del que habla Wolf. Todos, cada uno con su magnitud en función de la economía de cada país, están bien enfocados, pero hace falta más por parte de la Unión Europea.
Lagarde ha enmendado su error con ese plan de 750.000 millones. Al final, respaldó así a Italia y al resto de países. Hace falta ese apoyo, sin preocuparse en estos momentos de lo que puede pasar después, porque si no se pone remedio ahora con medidas concretas, ese después puede asemejarse al escenario que hay tras de una guerra. La guerra que no hemos vivido los de ahora.
(Publicado en El Mundo el 20 de marzo de 2020)
-desde los baby boomers- no hemos vivido. Tiene razón. Es una crisis sanitaria de una magnitud planetaria que va a tener fatales consecuencias políticas, sociales y económicas. Como una guerra. La pregunta es si Europa está preparada para afrontarla. Y, lamentablemente, la respuesta no es positiva. Vimos un ejemplo el pasado jueves 12, cuando la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, afirmó que el BCE no estaba para to close spreads, es decir, para reducir las primas de riesgo que hay entre países. Esto, referido, como se refirió, al miembro de la Eurozona que peor lo estaba pasando por la crisis sanitaria provocó que se disparara la prima de Italia y el desplome de las bolsas.
Lagarde reconoció su error posteriormente, pero ya era tarde. Los inversores esperaban apoyo desde la autoridad monetaria y no lo encontraron. Hasta que el BCE rectificó en toda regla y puso el helicóptero a volar con ese plan de emergencia pandémica de 750.000 millones de euros. Un plan que trata de hacer creíble -hagan lo que hagan, el BCE estará detrás- para paliar las consecuencias económicas de la crisis sanitaria.
Unas consecuencias que pueden ser calamitosas. Pedro Sánchez afirmó el miércoles en el Congreso que económicamente, este año va a tener nueve o diez meses. En otras palabras, eso quiere decir que el PIB se va a reducir entre una cuarta y una quinta parte. Es decir, España entrará en recesión. Como la Unión Europea.
Martin Wolf, jefe de análisis económico de Financial Times, describía el miércoles un panorama económico desolador, aunque especificaba que de duración limitada: «Es probable que muchos hogares y empresas se queden pronto sin dinero. Incluso en los países ricos, una gran parte de la población prácticamente no tiene ahorros líquidos. El sector privado -sobre todo el sector corporativo no financiero- también se ha endeudado en exceso. Por todo ello, la demanda de los consumidores se debilitará aún más. Quebrarán empresas. La gente se negará a vender a compañías que pueden quebrar, a menos que paguen por adelantado. Volverán las dudas sobre la salud del sistema financiero. Existe un riesgo de que se produzca un colapso de la demanda y de la actividad que va mucho más allá del impacto directo de la emergencia sanitaria».
Para evitar esto hace falta una economía de guerra. Y en la guerra hay que comportarse como en la guerra: con un mando único, un objetivo claro y sin escatimar medios para vencer. En Europa hemos visto que cada Gobierno está haciendo la guerra por su cuenta -a la fuerza ahorcan- con planes de estímulos milmillonarios para insuflar liquidez en la economía y evitar el colapso del que habla Wolf. Todos, cada uno con su magnitud en función de la economía de cada país, están bien enfocados, pero hace falta más por parte de la Unión Europea.
Lagarde ha enmendado su error con ese plan de 750.000 millones. Al final, respaldó así a Italia y al resto de países. Hace falta ese apoyo, sin preocuparse en estos momentos de lo que puede pasar después, porque si no se pone remedio ahora con medidas concretas, ese después puede asemejarse al escenario que hay tras de una guerra. La guerra que no hemos vivido los de ahora.
(Publicado en El Mundo el 20 de marzo de 2020)
miércoles, 18 de marzo de 2020
Lo mejor de nosotros mismos
Todos, en todo el mundo, estamos anonadados. Vemos cómo un virus que aparece un día en una ciudad china es capaz de paralizar, literalmente, medio planeta. El mundo desarrollado, donde más se ha cebado la pandemia, vive escenas casi apocalípticas, similares a las narradas por Michael Crichton en La amenaza de Andrómeda (1969), que Robert Wise convirtió en imágenes en 1971: casi todo desierto y personal con trajes de seguridad patrullando por las calles de un pueblo -en la novela- de ciudades con millones de personas -en la realidad-.
Y nos cuesta entender. Esta sociedad tecnológica, la del iPhone, la del coche autónomo, la del 5G, la de los algoritmos, la del viaje a Marte puede verse paralizada. No todo está al alcance del hombre. No somos autosuficientes. No somos todopoderosos, aunque en algún momento nos hubiera parecido que sí. Como escribía Pedro Cuartango, lo que nos está ocurriendo es "una lección de humildad" que pone en evidencia la fragilidad de la condición humana. Pero en esa fragilidad -y a pesar de ella- hay hombres y mujeres que afloran lo mejor de sí mismos y dan lecciones de vida. Con ello hay que quedarse.
Con el personal sanitario que trabaja todo lo que haya que trabajar sin reparar en el cansancio. Con quienes tienen la misión de preservar el orden público en el estado de alarma. Con los ciudadanos que dedican horas y horas en todos los oficios en condiciones precarias para que no falte nada a los demás. Con quienes que se han ofrecido a ayudar a los que tienen necesidad de algo, desde hacerles la compra, dar clases por internet hasta distribuir medicinas a quien no puede valerse. Con los pequeños empresarios y autónomos que hacen todo lo posible por preservar los puestos de trabajo en estas circunstancias. Con los grandes empresarios que ponen al servicio de la sociedad sus productos o sus servicios sin ánimo de lucro.
Con todos los que han respondido al aviso de que hacía falta sangre en los hospitales. Con los que siguen al pie de la letra las indicaciones oficiales para no propagar el virus ni colapsar los hospitales. Con los enfermos y sus familias, que son conscientes de las circunstancias extraordinarias en las que se encuentran y no exigen lo que el sentido común no puede exigir. Con las familias de las víctimas. Con quienes se esfuerzan por tener bien informada a la sociedad. Con los políticos -también-, que tienen que liderar y dar la cara ante la sociedad por una situación muy difícil y sin precedentes. Con...
(Publicado en El Mundo el 17 de marzo de 2020)
Y nos cuesta entender. Esta sociedad tecnológica, la del iPhone, la del coche autónomo, la del 5G, la de los algoritmos, la del viaje a Marte puede verse paralizada. No todo está al alcance del hombre. No somos autosuficientes. No somos todopoderosos, aunque en algún momento nos hubiera parecido que sí. Como escribía Pedro Cuartango, lo que nos está ocurriendo es "una lección de humildad" que pone en evidencia la fragilidad de la condición humana. Pero en esa fragilidad -y a pesar de ella- hay hombres y mujeres que afloran lo mejor de sí mismos y dan lecciones de vida. Con ello hay que quedarse.
Con el personal sanitario que trabaja todo lo que haya que trabajar sin reparar en el cansancio. Con quienes tienen la misión de preservar el orden público en el estado de alarma. Con los ciudadanos que dedican horas y horas en todos los oficios en condiciones precarias para que no falte nada a los demás. Con quienes que se han ofrecido a ayudar a los que tienen necesidad de algo, desde hacerles la compra, dar clases por internet hasta distribuir medicinas a quien no puede valerse. Con los pequeños empresarios y autónomos que hacen todo lo posible por preservar los puestos de trabajo en estas circunstancias. Con los grandes empresarios que ponen al servicio de la sociedad sus productos o sus servicios sin ánimo de lucro.
Con todos los que han respondido al aviso de que hacía falta sangre en los hospitales. Con los que siguen al pie de la letra las indicaciones oficiales para no propagar el virus ni colapsar los hospitales. Con los enfermos y sus familias, que son conscientes de las circunstancias extraordinarias en las que se encuentran y no exigen lo que el sentido común no puede exigir. Con las familias de las víctimas. Con quienes se esfuerzan por tener bien informada a la sociedad. Con los políticos -también-, que tienen que liderar y dar la cara ante la sociedad por una situación muy difícil y sin precedentes. Con...
(Publicado en El Mundo el 17 de marzo de 2020)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






