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lunes, 11 de marzo de 2024

La angustiosa búsqueda de ingresos por parte de las empresas informativas


La mayoría de las empresas informativas en todo el mundo luchan por sobrevivir mientras estudian nuevas formas de ingresos que palíen las caídas de ventas y de publicidad. Años después de la irrupción de internet, todavía no se ha conseguido un modelo de negocio sostenible. En el pago por derechos de autor por parte de las grandes plataformas y de las empresas de inteligencia artificial puede haber una esperanza.

El Observatorio de Medios, una iniciativa de autorregulación de los medios de información en España impulsada por las fundaciones Ethosfera y Haz, presentó a principios de enero los resultados del informe Paying for news: what Google and Meta owe US publishers. Al acto acudieron altos directivos de editoras de medios españoles como Prisa, Vocento, Godó, Henneo o Atresmedia, preocupadas todas por la sostenibilidad financiera de las empresas informativas.

El informe ha sido elaborado por profesores de las universidades de Columbia y Houston y ha diseñado una metodología para calcular la compensación económica que Facebook (Meta) y Google Search deberían pagar a los editores de noticias por el uso de su contenido, en caso de que la propuesta legislativa Journalism Competition & Preservation Act entrara en vigor en Estados Unidos.

Esa metodología, basada en cálculos de los ingresos de las plataformas por la publicidad aneja a las noticias de medios que recogen, concluye que Google debería pagar a los editores estadounidenses alrededor de 10.000 millones de dólares al año y Facebook unos 2.000 millones para compensarles. El estudio concluye que “los acuerdos existentes entre estas plataformas y los editores de noticias no reflejan el valor total generado por el contenido de noticias en las plataformas”.

Artículos para entrenar robots de IA

Ahora, ese robo de contenidos gracias a las nuevas tecnologías se ha trasladado a la inteligencia artificial (IA) y ha provocado de nuevo protestas desde los medios. El principal exponente de este malestar ha sido la demanda de The New York Times contra OpenAI y Microsoft por utilizar los contenidos del periódico para entrenar a ChatGPT y Microsoft Copilot sin tener los derechos y sin permiso. En la demanda, The New York Times afirma que el “uso ilegal del trabajo de The Times por parte de Microsoft y OpenAI para crear productos de inteligencia artificial que compitan con él amenaza la capacidad del diario para prestar ese servicio”.

El camino judicial no es el único emprendido para conseguir que las tecnológicas paguen. Australia y Canadá han aprobado legislaciones para forzar a las plataformas a llegar a acuerdos justos con los medios, y se espera que en 2024 aumenten las alianzas de editores de todo el mundo para obtener pagos de Google, y posiblemente de Meta, siguiendo el Código de Negociación de Medios de Comunicación de Australia, aprobado en 2021.

Hay que recordar que España fue pionera en 2014 en obligar a Google a pagar derechos de autor a las empresas informativas por usar sus contenidos en el buscador. Pero la iniciativa terminó en nada. La respuesta entonces de Google fue cerrar el servicio Google News en España –el único país del mundo donde lo ha hecho– y no enlazar noticias, porque no estaba dispuesto a pagar. El resultado fue una caída del tráfico de las webs. En 2021, al trasponer la directiva europea de derechos de autor se eliminó esa obligatoriedad y el pago de los contenidos quedó circunscrito a acuerdos bilaterales entre las empresas informativas y Google, que tampoco han servido para nada porque los acuerdos presentan muchos problemas. En primer lugar, son poco transparentes; después, los ingresos que aportan a los medios son muy bajos y, en tercer lugar, favorece a los grandes grupos y deja sin margen de negociación a las pequeñas y medianas empresas informativas.

Ayudas para la prensa

Mientras, con el fin de aplacar las quejas de los medios, los dos gigantes tecnológicos han puesto en marcha iniciativas para ayudar financieramente a las empresas informativas, como Google News Initiative, un programa que reparte dinero entre los medios para formación y desarrollo de su digitalización, o el Meta Journalism Project, que forma a profesionales en el uso de nuevas herramientas en el ámbito periodístico y publicitario. Pero sus presupuestos son muy limitados. Por ejemplo, Google News Initiative ha destinado 189 millones de euros a proyectos de toda Latinoamérica entre 2018 y 2023.

Con todo, estas alianzas con Google o Meta serán útiles para las negociaciones que deben llevarse a cabo con las plataformas tecnológicas en el contexto de expansión de la IA, que utiliza contenido de noticias en sus grandes modelos de lenguaje. Porque, aunque la IA ofrece un panorama alentador para la información, de momento es la principal amenaza para la prensa. El informe Periodismo, medios y tecnología: tendencias y predicciones para 2024 del Instituto Reuters de la Universidad de Oxford afirma que “el poder disruptivo de la inteligencia artificial se propagará este año por el espacio informativo, en tiempos de intensa volatilidad política y económica en todo el mundo. Las implicaciones para la fiabilidad de la información y para la sostenibilidad de los principales medios probablemente serán profundas en un año con elecciones cruciales en más de 40 democracias, y guerras que siguen haciendo estragos en Europa y Oriente Medio”.

El informe Reuters ha preguntado a los editores de prensa sobre esos acuerdos con empresas de IA. Es cierto que algunos “aspiran este año a acuerdos de licencia con las plataformas de IA”, pero a la vez no muestran excesivo optimismo respecto a un “reparto equitativo de los beneficios”. Alrededor de la mitad de los encuestados –un 48%– considera que “al final, habrá muy poco dinero para los editores”.

De momento, el sector sigue sufriendo en casi todo el mundo. Últimamente hemos conocido que la revista Sports Illustrated, un icono del periodismo deportivo en Estados Unidos, ha despedido a unos cien periodistas, la mayor parte de su plantilla, por sus problemas financieros, tras años de declive en las ventas. Y también Los Angeles Times, el diario más importante del Oeste estadounidense, despedirá a 100 periodistas, el 20% del total, por las dificultades financieras que atraviesa la empresa y porque “2024 será otro año con fuertes pérdidas”, según informó la empresa a los trabajadores. Es el mayor recorte de empleo que ha acometido el diario californiano en su historia. En España, parece que las grandes reducciones de personal se han terminado, pero la mayoría de las empresas informativas viven una economía de subsistencia, en la que siguen primando los recortes de costes frente a las inversiones para desarrollo de negocio.

Buscando nuevas fuentes de ingresos

En el pago por los derechos de autor, sea por las plataformas o por la IA, tienen los editores depositada su esperanza para conseguir los ingresos que el mercado les ha ido quitando. Por eso el resultado de la demanda de The New York Times contra OpenAI tiene tanta importancia. Si la Justicia estadounidense falla en favor del periódico se habrá abierto una vía que se extenderá por todo el mundo y obligará a tecnológicas a negociar de verdad con los medios para utilizar sus contenidos.

Pero mientras eso llega, hay que seguir “comiendo” día a día y las empresas informativas deben seguir buscando nuevas fuentes de ingresos. El Consejo de Europa acaba de publicar el informe Buenas prácticas para una financiación sostenible de los medios periodísticos, elaborado por 13 expertos internacionales del sector –académicos que no trabajan directamente en empresas de medios– que consideran imprescindible que las empresas periodísticas busquen nuevas fuentes de financiación porque con las suscripciones y la publicidad no garantizarán su sostenibilidad: “Una de las conclusiones más relevantes de este estudio es que, en la actualidad, el denominador común para la viabilidad de los medios de comunicación es la diversificación. Las formas hegemónicas de modelo de negocio siguen siendo la venta y la publicidad, pero han de respaldarse con otras, que, además, son cambiantes y no sirven para siempre», afirmó Ramón Salaverría, catedrático de Periodismo de la Universidad de Navarra y presidente del Comité de Expertos, durante la presentación del informe en la Asociación de la Prensa de Madrid el pasado mes de diciembre.

El informe del Comité de Expertos es categórico: las suscripciones –más la venta de ejemplares en las ediciones impresas– y la publicidad seguirán siendo las principales fuentes de ingresos para los medios, pero en absoluto asegurarán su estabilidad financiera y su rentabilidad. Y, al hilo de experiencias en algunos de los 46 países que forman parte del Consejo de Europa, proponen hasta trece métodos para conseguir o aumentar los ingresos.

Entre los distintos de las suscripciones y la publicidad, están las ayudas desde el sector privado, como donaciones, patrocinios o crowdfunding. El informe también habla de ingresos que llegarían desde el sector público, que van desde subvenciones directas de los presupuestos estatales hasta ayudas indirectas como los “bonos lectura de prensa” o desgravaciones fiscales de los gastos de suscripciones a medios, por ejemplo. Por último, el informe recoge los posibles ingresos por derechos de autor, que pagarían las plataformas tecnológicas que nutren sus servicios de los contenidos generados por los medios de comunicación.

Riesgo para la independencia


El grave problema, y así lo ponen de manifiesto los autores, es que muchas de estas fuentes de ingresos pueden atentar contra la independencia informativa. Los medios, dice el informe, necesitan “establecer políticas de autorregulación para garantizar la transparencia de las donaciones, incluida la divulgación de los importes de esas donaciones y los nombres de los donantes”. Y lo mismo respecto al dinero que llegue desde el sector público. Es necesario “mantener un alto nivel ético al recibir fondos de fuentes públicas y privadas. Esto incluye prácticas como reconocer los posibles conflictos de intereses, mantener el contenido publicitario separado del editorial mediante un etiquetado claro y revelar de forma transparente sus fuentes de financiación”. Será necesario, pues, establecer estrictos códigos de autorregulación del sector para proteger la independencia de las empresas informativas.

El periodista Víctor de la Serna comentaba hace unos días, en su columna de El Mundo, un libro recién editado por la Columbia University Press titulado Avoiding the News (“Esquivando las noticias”), escrito por los profesores Benjamin Toff, Ruth Palmer y Rasmus Kleis Nielsen, que indaga por qué tanta gente en todo el mundo evita leer, escuchar o ver noticias hoy en día. Concluía así De la Serna su comentario: “Dentro de la serie de recomendaciones que incluyen, los autores terminan con ésta: los medios informativos profesionales deben esforzarse por demostrar con hechos su independencia y fiabilidad para evitar esa falsa pero tan extendida categorización de que todos los medios están al servicio de los poderosos. Los públicos y los privados”.

(Artículo completo publicado en Aceprensa el 29 de enero de 2024)

martes, 3 de mayo de 2022

Concedamos a Elon Musk el beneficio de la duda en Twitter


Elon Musk, uno de los emprendedores más carismáticos del mundo, ha comprado Twitter. Ni que decir tiene que no lo ha hecho para ganar dinero porque hay cien formas de invertir 44.000 millones de dólares más rentables que hacerse con una red social que navega entre las pérdidas y los escasos beneficios cada año.

Musk tiene sueños y los cumple. Casi nadie daba un euro por Tesla cuando nació y la ha convertido en la empresa automovilística con más valor en Bolsa. Casi nadie pensaba que SpaceX superara los primeros años de vida y ya ha logrado llevar astronautas a la Estación Espacial y también ha conseguido el hito de la reutilización de los cohetes que transportan las naves espaciales, consiguiendo que aterricen tras el vuelo. Y lleva diez años con su proyecto de transporte terrestre Hyperloop, un tren de levitación magnética que podría alcanzar los 1.000 kilómetros por hora -Madrid-Barcelona en 45 minutos- mucho más barato que el AVE.

También es fundador de Neuralink, empresa que investiga interacciones entre el cerebro humano y la inteligencia artificial de forma que un sofware implantado ayude, por ejemplo, a mejorar la memoria o a facilitar la conexión del cerebro con programas informáticos. Y también fundó Starlink, una filial de SpaceX que tiene como objetivo inundar de pequeños satélites el cielo para distribuir internet allí donde haga falta. Gracias a Starlink, Ucrania ha podido desplegar el sistema de drones que tanto daño están haciendo al ejército ruso.

¿Por qué ha comprado este personaje una red social que no es la más grande ni la más rentable ni la más influyente? Desde luego, no es por dinero. Su patrimonio se calcula en 220.000 millones de euros y va a comprometer menos de 20.000 en Twitter. Tampoco parece que lo haga por ganar influencia porque no le hace falta: influye donde tiene que influir solo con su palabra. No es aventurado pensar que Musk compra Twitter porque de verdad considera que la libertad de expresión es clave para la democracia y quiere contribuir a ello desde esa red social que acaba de adquirir.

Twitter ha cambiado de dueño. Pero Musk no es más dueño de Twitter -aunque lo excluya de Bolsa- que Mark Zuckerberg de Facebook, Instagram o Snapchat, que tienen mucho más poder ante la opinión pública que Twitter, aunque ésta sea la red preferida de políticos y periodistas. Démosle tiempo Elon Musk, estemos atentos a sus decisiones y analicemos después.

viernes, 17 de septiembre de 2021

El principio del fin de los 'haters'... o eso nos gustaría


¿Qué pasaría si la Justicia declarara que los medios de comunicación son responsables de los comentarios que hacen los lectores sobre las informaciones que suben a sus páginas de Facebook, Twitter y otras redes sociales? Sería un fastidio para los medios, pero es muy posible que también un paso importante para amortiguar el ruido agresivo que en demasiadas ocasiones se oye en las redes.

Pues ya ha ocurrido; muy lejos, en Australia, pero tiene toda la pinta de que se podría acercar hacia nosotros en poco tiempo. El hecho es el siguiente: en 2016, una investigación de la cadena ABC destapó casos de maltrato a los internos en el centro de detención de jóvenes de Don Dale, en Northern Territory.

Dos periódicos, 'The Australian' y 'The Sydney Morning Herald', se hicieron eco de algunos casos concretos. Denunciaron la situación de Dylan Voller, un recluso que había aparecido en fotos sentado en una silla con una bolsa negra cubriendo su cabeza. Al contar su historia se dijo que Voller había protagonizado más de 200 incidentes en el centro.

Los dos periódicos subieron a las páginas que tienen en Facebook la noticia y, a la vista del currículum de Voller, los comentarios peyorativos y difamatorios de los lectores no se hicieron esperar. Los 'haters' y los'trolls' encontraron terreno abonado: poco le habían hecho para lo que merecía, venían a decir.

Voller, listo además de delincuente, demandó a los periódicos en los que se habían vertido esos comentarios. Los medios alegaron que ellos no habían publicado difamaciones y que no podían hacerse responsables de los comentarios que los lectores hacían en sus noticias subidas a Facebook.

El proceso llegó al Tribunal Supremo australiano y la semana pasada sentenció que, en efecto, los medios de comunicación son también legalmente responsables de los comentarios que hacen los lectores a las informaciones que suben a sus redes sociales. Los jueces consideran en el fallo que, a pesar de que no elaboran esos comentarios, sí facilitan la publicación de los mismos.

El mensaje del Supremo es claro: si un medio quiere tener presencia en las redes sociales se tiene que encargar de moderar todo el contenido de sus publicaciones. Y ese todo incluye los comentarios.

En realidad, como explica la propia sentencia, el Supremo conmina a los medios de comunicación no tanto a tener que moderar los comentarios de los lectores -«nosotros estamos para generar contenidos, no para desperdiciar recursos revisando respuestas», han afirmado en News Corp., la editora de The Australian- sino a que tengan cuidado en la redacción de sus informaciones -y de sus titulares- para evitar inflamar intencionadamente a las masas en sus respuestas: si los comentarios difamatarios de los lectores se pueden vincular a una incitación a esa respuesta agresiva por parte del medio, ese medio puede exponerse a un proceso penal. Ni que decir tiene que ante esta posibilidad los medios mirarán con lupa los comentarios.

El Supremo australiano pisa terreno pantanoso porque, más allá de la mera moderación de comentarios, su decisión afecta directamente a la libertad de información, pero a la vez abre un debate oportuno sobre una cuestión socialmente muy preocupante: cómo reducir el odio y la agresividad que circulan casi sin trabas por las redes sociales.

(Publicado en El Mundo el 16 de septiembre de 2021)

sábado, 16 de enero de 2021

Zuckerberg no debió callar a Trump


En la tarde del 3 de noviembre, cuando todavía se estaban contando votos en algunas zonas de Estados Unidos y el escrutinio se empezaba a decantar hacia Joe Biden, el presidente Donald Trump compareció desde la Casa Blanca para denunciar que "si contamos los votos legales, ganamos fácilmente. Si cuentas los ilegales nos van a tratar de robar". Era una acusación tan grave al sistema electoral del país -base de la democracia- que tres grandes cadenas de televisión, CNN, ABC y CBS, decidieron interrumpir la rueda de prensa y dar paso a los presentadores de esos especiales informativos, que denunciaron acto seguido el ataque sin base probatoria que estaba haciendo el presidente contra los pilares democráticos de Estados Unidos.

La decisión fue aplaudida por muchos periodistas, profesores de comunicación y analistas. ¿Para qué servir de altavoz de un político que mentía flagrantemente y podía soliviantar a sus seguidores? En cambio, otros muchos criticaron el corte, al considerar que la misión informativa de un medio de comunicación es, precisamente, dar voz a los protagonistas de la actualidad. Luego vendrá la opinión para criticar o alabar lo que ese protagonista ha dicho.

Este debate sobre la libertad de expresión de un político no es nuevo, pero la brutalidad -llamémosle así- de las declaraciones de Trump, que se ha saltado todas la barreras en estos cuatro años de mandato, lo ha enardecido de tal forma que ha llegado al final de su presidencia, no ya criticado por la mayoría de los medios de comunicación, sino expulsado de las redes sociales, como ha ocurrido con Facebook e Instagram. Una decisión que conviene preguntarse si tiene razón de ser, por muy Trump que sea Trump.

Mark Zuckerberg, fundador de Facebook y dueño de Instagram, nunca había sido partidario de controlar los contenidos que circulaban por sus redes sociales. "No queremos ser árbitros de la verdad ni desalentar el intercambio de opiniones", decía cuanto empezó a plantearse cambios en Facebook. Zuckerberg, creo que con razón, quería que Facebook siguiera siendo una herramienta para "compartir todo con todos" y no tener que vigilar el incontrolable flujo de comunicaciones que circula por la red. Fueron precisamente las críticas que surgieron a raíz del papel de Facebook y otras redes sociales en la ascensión y victoria de Donald Trump en 2016 -escándalo Cambridge Analytica incluido- lo que hizo cambiar de opinión al fundador.

En los primeros días de enero de cada año, Zuckerberg escribe un post sobre lo que espera de Facebook para ese año. En 2018, acosado ya por las críticas, incluyó que su propósito era "arreglar Facebook": "Mi desafío personal para 2018 es centrarme en solucionar estos problemas importantes. No evitaremos todos los fallos o abusos al aplicar nuestras políticas y evitar el uso indebido de nuestras herramientas pero ahora cometemos demasiados errores". Y decidió crear un consejo asesor compuesto por 20 personalidades de todo el mundo que se encargan de vigilar la libertad de expresión en Facebook, nada menos. Entre esos expertos está uno de los periodistas más relevantes de los últimos años, Alan Rusbridger, director de The Guardian durante veinte años.

Y el último paso de ese "arreglar Facebook" ha sido el cierre temporal de las cuentas de Donald Trump, tras su vergonzoso alentamiento del asalto al Capitolio. Esta decisión es trascendental en la historia de Facebook, porque por primera vez aplica la censura previa a un líder político mundial democráticamente elegido. Se puede discrepar sobre la eliminación del post o del tuit de un político si incita al odio o la violencia, pero ¿qué papel se arroga una red social cuando decide aplicar esa censura previa a un presidente de EEUU, por muy peligroso que sea ese presidente de EEUU? ¿Ha dejado de ser esa red social una plataforma para "compartir todo con todos" para convertirse en medio de comunicación al uso, con una línea ideológica predeterminada? ¿Terminará la cosa en Trump, o seguirá con otros líderes populistas -como Bolsonaro, Orban, Maduro o Correa- o no populistas pero cuyas opiniones disgusten a una determinada red social?

¿Se admitirán desde ahora comentarios como el que hacía el hoy ministro Alberto Garzón en Twitter en enero de 2013: "Hay opciones no parlamentarias: materializar en la calle la deslegitimación de este sistema. Forzar la dimisión y nuevas elecciones" ¿Quedará esa censura previa en las incitaciones a la violencia y al odio o tratarán también las mentiras? Porque aquí no habrá político que resista un análisis de su página o de su timeline.

Un ejemplo de ayer. Twitter eliminó los tuits de Trump en los que atizaba la rebelión y el asalto al Capitolio del pasado miércoles. Sin embargo, ayer sí dejó que Trump publicara su declaración sobre la condena de los hechos, sabiendo, como sabemos todos dentro y fuera de Estados Unidos, que esa condena es una flagrante mentira.

Es el problema de convertirse en un censor-moderador de los contenidos: la delgadísima línea roja entre la censura y la libertad. No es la razón de ser de una red social, por mucho que nos molesten las opiniones de algunos usuarios. Sobre todo, porque alguien tiene que decidir qué se publica y qué no y quién puede escribir libremente y a quién hay que censurar. Y eso, en un servicio que ha enganchado a miles de millones de ciudadanos es muy muy peligroso.

(Publicado en El Mundo el 9 de enero de 2021)

miércoles, 13 de mayo de 2020

Facebook como árbitro de la libertad de expresión

En enero de 2018, en el post que sube todos los inicios de año Mark Zuckerberg para los usuarios de la red, incluyó un propósito para el ejercicio que acababa de empezar: “arreglar Facebook” (to fix Facebook): “Mi desafío personal para 2018 es centrarme en solucionar estos problemas importantes. No evitaremos todos los fallos o abusos al aplicar nuestras políticas y evitar el uso indebido de nuestras herramientas, pero ahora cometemos demasiados errores”. Todavía no había saltado el escándalo de Cambridge Analytica, pero la red social por antonomasia ya era criticada por su papel en el ascenso a la presidencia de Estados Unidos de Donald Trump un par de años antes.

No le apetecía demasiado la idea al fundador. Zuckerberg reconocía que los problemas que tenía enfrente eran complejos “técnica y filosóficamente”, porque afectaban a la razón de ser de Facebook: de ofrecer una herramienta para poder “compartir todo con todos”, a tener que dirigir y controlar ese tremendo flujo de comunicaciones. “No queremos ser árbitros de la verdad ni desalentar el intercambio de opiniones”, decía.

Pero no ha tenido mas remedio que claudicar. Y, además de otras cuestiones importantes en el desarrollo de la red social, su fundador ha creado un consejo editorial/tribunal supremo/consejo asesor compuesto por 20 personalidades de todo el mundo, que se encargarán, nada menos, de vigilar la libertad de expresión en Facebook. Su nombre oficial es oversight board. Es independiente de Facebook, con presupuesto propio -aunque se lo proporciona la propia red social- y está compuesto por personas relevantes del mundo del derecho, de internet y del periodismo. Ellos serán los responsables de decidir qué es libertad de expresión en Facebook.

Alan Rusbridger, director de The Guardian durante una veintena de años, es uno de los miembros de ese consejo. Publicó en su página de Medium las razones que le han llevado a aceptar el nombramiento:

“¿Por qué he aceptado unirme? La crisis mundial de Covid-19 que vivimos ejemplifica los peligros mortales de un mundo de caos informativo. Las sociedades y las comunidades no pueden funcionar a menos que haya un consenso sobre los hechos y la verdad. Y el coronavirus es, de alguna manera, simplemente un ensayo general para los desafíos aún mayores como el cambio climático.

Al mismo tiempo, hay una crisis de libertad de expresión, con oligarcas, líderes populistas y algunas corporaciones que tratan de deslegitimar y reprimir las voces de quienes los desafían. Finalmente, hay una crisis del periodismo: tanto el modelo económico que lo sustenta como los niveles generalmente bajos de confianza que goza en gran medida. Facebook se encuentra en el centro de estas crisis entrelazadas, y no es difícil ver por qué está atado tratando de resolver algunas de ellas”.

“¿Funcionará?”, termina Rusbridger: “En mi opinión, no hay excusa para no intentarlo. El equilibrio entre la libertad de expresión y la necesidad de una plaza pública mejor organizada es una de las causas más urgentes que puedo imaginar”.

Facebook tiene más de 2.000 millones de usuarios registrados en todo el mundo. Junto con Google, concentran más del 60% de la publicidad digital que se mueve en el planeta. Es un monstruo de la comunicación que va a estar asesorado por veinte personas -serán cuarenta en el futuro- sobre qué contenidos se pueden mover libremente por la red y cuáles no. Un grupo de escogidos que va decidir qué pueden contar los ciudadanos y qué no en todo el mundo. El propósito es apasionante, pero suena inquietante y peligroso.
Muchas repercusiones en el mundo de la política y de los medios. Seguiremos comentando.

lunes, 1 de julio de 2019

La libra de Facebook, un seísmo financiero

En febrero de 2015, Ana Botín concedió a Financial Times su primera entrevista a la prensa como presidenta del Banco Santander,. En ella esbozó sus ideas sobre el negocio bancario. El servicio al cliente, la tecnología, la atención al accionista, la competencia... Y aquí habló de «los cuatro grandes», refiriéndose a Google, Apple, Facebook y Amazon: no son sólo los bancos nuestros competidores, decía, «sino estas cuatro grandes empresas tecnológicas que valen más que nosotros, tienen más liquidez y están expuestas a una menor regulación. Los bancos necesitan transformar sus desventajas en ventajas frente a los grupos tecnológicos». Con el proyecto de moneda virtual Libra de Facebook este temor a los gigantes de internet se ha hecho realidad.

¿Qué supone Libra? Nada menos que situar al alcance de millones de ciudadanos un sistema de pagos casi gratuito al margen de los bancos centrales. Y poner en circulación, en su caso, cientos o miles de millones de ¿dólares, euros, yenes? -ya da igual- que se van a mover al margen de las decisiones monetarias de los bancos centrales emisores.

Por eso, el anuncio de su próxima aparición ha supuesto como un seísmo en el sistema financiero y en la política. Tanto que nada más conocerse la noticia, el comité sobre temas bancarios en el Senado de EEUU reclamó la presencia de Mark Zuckerberg para que explique el proyecto. «Facebook es demasiado grande y demasiado poderoso» para pilotar un proyecto así, ha dicho el senador Sherrod Brown. El gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, afirmó al conocer la iniciativa que la analizará «con la mente abierta», pero no «con las puertas abiertas».

Lógico. El bitcoin, la criptomoneda emblema, no era un gran problema hasta ahora porque estaba reservado a pocos actores, la generalización del uso de las monedas virtuales que provocará Libra sí pone nerviosas a las autoridades. En todos los sentidos: porque se escapa a su control y porque puede ser un campo abonado para el lavado de dinero procedente del crimen. Además, una Libra de uso generalizado y tan volátil como el bitcoin podría desestabilizar el sistema financiero mundial.

Libra ha sido recibida con recelo también por los bancos comerciales, como es lógico. Al igual que las llamadas y los mensajes ya no generan valor para las telecos, las operaciones más triviales -traspaso de dinero, transferencias, cuentas corrientes...- se pueden convertir también en servicios que no aportarán casi nada a las cuentas de resultados de los bancos porque tendrán que ofrecerlas de forma gratuita para mantener a sus clientes. Es ahí donde incide directamente -en un primer momento- la iniciativa de Facebook. En España, la noticia pilló a las grandes entidades reunidas en Santander en el tradicional curso de verano de la Menéndez Pelayo que organiza la Asociación de Periodistas de Información Económica (APIE). Y la reacción de los directivos fue de temor ante esa nueva competencia y de exigencia a las autoridades a Facebook de los mismos controles regulatorios que tienen los bancos.

Pero Facebook tiene un problema grave para desarrollar Libra. Debe volver a ganarse la confianza de sus usuarios tras las dudas sobre la privacidad, porque una fuga de datos económicos sería muy grave. Es cierto que para poner en el mercado Libra ha creado una empresa independiente que cuenta con 27 socios y que se ha comprometido a que sus sistemas operen totalmente al margen de la red social, pero Facebook ya nos ha engañado demasiadas veces. Ahora bien, si tiene éxito, una moneda que puede ser utilizada para transacciones por 2.400 millones de personas -los usuarios de Facebook, Instagram y WhatsApp- es para tenerla en muy en cuenta. Es posible que con Libra haya nacido una nueva era en las finanzas.

(Publicado en El Mundo el 21 de junio de 2019)

miércoles, 18 de abril de 2018

Saber de Facebook para regular a Facebook

UNA web estadounidense especializada en tecnología comentó tras los dos días de comparecencias de Mark Zuckerberg en el Congreso de Estados Unidos que en ocasiones daba la impresión de estar delante de unos abuelos que preguntaban a su nieto cómo funcionaba ese juguetito que tenía entre manos.
Y es cierto que quienes siguieron las diez horas de preguntas y respuestas comentan que parecía que Facebook le venía grande y a deshora a la mayoría de los 'lawmakers' estadounidenses. Se trata de un tema complicado, porque si, como reconoció el propio Zuckerberg, internet necesita una regulación expresa, es imprescindible que quienes elaboren la legislación conozcan a la perfección el funcionamiento de la red y en concreto, de las redes sociales.
Decía el semanario 'The Economist' en un editorial que «una de las mayores revelaciones de esas audiencias no fue nada de lo que dijera Zuckerberg, sino lo poco que los políticos estadounidenses parecían saber sobre Facebook y la forma en la que opera el mundo de la comunicación digital».
Es importante, pues, quién haga las leyes que van a afectar a internet en el futuro. Y por ello en su elaboración deberían participar los protagonistas de la red. "El escándalo de Cambridge Analytica le dio a Zuckerberg un curso acelerado de diplomacia política, pero la educación de los políticos sobre el mundo opaco y laberíntico de los datos digitales sólo acaba de comenzar», sentenciaba 'The Economist'
Con todo, la pregunta clave que hay que hacerse ahora es: ¿Ha cambiado la forma de estar de los usuarios en Facebook desde que se descubrió el escándalo? Más que una regulación exhaustiva o la imposición de multas -que llegarán-, si la inmensa mayoría de los usuarios mantiene la misma interacción con la red social -no se da de baja, tampoco reduce su tiempo de estancia,...- Facebook saldrá adelante. O, mejor, Facebook seguirá batallando con los mismos problemas que tenía antes de saltar el escándalo, que ya preocupaban a Zuckerberg y sobre los que se había puesto a trabajar para solucionarlos. No hay que olvidar que la acción ha subido un 8% desde la caída tras conocerse la fuga fraudulenta de datos.

domingo, 28 de febrero de 2016

Facebook es... lo que somos


Alguien ha dicho estos días, con motivo de su fallecimiento, que Umberto Eco ha sido el último renacentista. Es posible. Y como pensador y observador del comportamiento humano, en estos últimos años habló mucho de internet y de las redes sociales, un fenómeno sociológico todavía poco explorado.

Le escuché comentar en concreto sobre las redes en el discurso de agradecimiento tras la concesión del doctorado honoris causa en Comunicación y Cultura de los Medios por la Università degli Studi de Turín, el 12 de junio del año pasado. «Las redes sociales, dijo, han generado una invasión de imbéciles; dan derecho a hablar a legiones de idiotas que antes lo hacían sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad, y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios». Tras alabar, es cierto, el potencial de internet, añadía que su drama es que «ha promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad».

No sé si Eco exageraba a propósito buscando ese efecto de provocación que a veces pretenden los sabios -efecto que sólo queda bien en ellos y nunca en los mortales comunes, que se arriesgan a hacer el ridículo cuando lo intentan- o, por el contrario, realmente no entendió la esencia de internet y, como consecuencia, esas prolongaciones que son las redes sociales. Porque conceder a todos, también al necio, la posibilidad de comunicarse de forma masiva es precisamente una de las características principales de internet.

La Red ha democratizado el acceso a la comunicación en un aspecto clave: ha convertido a cada ciudadano en un emisor de contenidos. La radio y la televisión también son para todos, desde luego, pero apenas permiten la respuesta de los individuos y, mucho menos, la interacción personal o social entre ellos. Si Facebook cuenta con 1.700 millones de perfiles registrados en todo el mundo y más de mil millones de personas se conectan a diario para escribir, ver y escuchar en sus muros; si Twitter tiene 300 millones de usuarios, aunque haya perdido un par de ellos en el último trimestre; si Instagram ya suma 400 millones y continúa creciendo, es porque las redes sociales no son para las minorías, como sí lo han sido tantas manifestaciones culturales a lo largo de la historia.

A partir de aquí es fácil deducir que Twitter, Facebook y las demás aplicaciones son el mejor otero para observar la sociedad que ha existido nunca en la historia.Si a esto se añade que toda esa información que circula libremente, o buena parte de ella, puede ser procesada, tenemos preparada una auténtica revolución social en el mundo de la comunicación, con implicaciones claras en cualquier sector de actividad.

Volviendo a Eco, si las redes sociales generan una «invasión de imbéciles», no son más que los mismos «imbéciles» que estamos en la sociedad, porque no hay más. Es positivo que el «tonto del pueblo» tenga la misma capacidad de comunicarse que el «portador de la verdad». No somos tan «necios» como para no distinguir al uno del otro. Además, en esta sociedad que duda permanentemente, ¿cómo se decide quién es el «portador de la verdad»?

Las redes sociales son los lectores de periódicos, los oyentes de radio, los espectadores de televisión y el resto de individuos porque ellos son los que nutren Facebook, Twitter, Linkedin, Instagram, Snapchat y demás con sus comentarios, intereses, aficiones, trabajos o deseos. Las redes sociales son… lo que somos. Aunque a veces, como quizá le pasaba a Umberto Eco, no nos guste reconocerlo.

(Publicado en El Mundo el 25 febrero de 2016)

@vicentelozano

jueves, 27 de agosto de 2015

Informarse por @Twitter


He hecho un experimento. Durante casi una semana no he leído periódicos, ni he visto telediarios ni he oído noticias en la radio; ni siquiera he entrado en las ediciones digitales de los diarios por su página de inicio. Sólo me he informado por @Twitter, y a través de los enlaces de Twitter, a las noticias a las que éstos remitían. Repito que es un experimento. No hagan ustedes lo mismo que muchos tenemos hijos que criar. A lo que iba. Creo que no he tenido ninguna gran laguna en mis necesidades de información porque con los contactos adecuados en las redes se puede estar perfectamente al día... o al minuto.

Durante los días clave de la crisis griega, a principios de julio, muchos seguíamos los acontecimientos con los comentarios en Twitter de los corresponsales. En mi caso, los de Pablo R. Suanzes y Miquel Roig, corresponsales de EL MUNDO y de 'Expansión' en Bruselas, que han dado lecciones de lo que es el periodismo en la era digital. La noche del 12 de julio, la de la reunión que terminó mientras amanecía, y viendo la apabullante información que llegaba, envié esto a través de Twitter: "Crisis de modelo. Los tuits gratuitos de @miquelroig, @Suanzes,... 'antes' se empaquetaban y se cobraban al día siguiente como crónicas". El tuit generó un cierto debate en esa red entre algunos interesados en esto del periodismo: ¿debemos dejar de informar los periodistas y los medios a través de Twitter, Facebook, Instagram y demás? ¿Hay que guardarse lo mejor para la web? ¿Y dónde queda ya la edición impresa? Las preguntas son fáciles, pero las respuestas muy complicadas, máxime cuando de ellas depende la supervivencia de muchas empresas tal y como hoy las conocemos.

Lo malo es que los ciudadanos están muy lejos de plantearse estas cuestiones. Sólo quieren que les llegue la información allí donde ellos están. Y ahora están en los móviles y en las redes sociales. Los 25 mayores periódicos anglosajones ya reciben más tráfico en sus webs desde dispositivos móviles que desde ordenadores. Y ya no hace falta ir a la página web de un medio para conocer la actualidad, sino que se puede llegar directamente a la noticia desde una red o un buscador. Por eso Facebook ha creado Instant Articles y Apple, Apple News, productos en los que algunos de los principales periódicos incluyen directamente sus informaciones. Y por eso Twitter prepara algo con un planteamiento similar, un 'trending news'. Son caminos que tenemos para salir al encuentro del lector y algunas respuestas a esas preguntas fáciles de hacer.

@vicentelozano

(Publicado en El Mundo el 17 de agosto de 2015)

martes, 23 de junio de 2015

Lean las redes

Probablemente algo importante cambió en España cuando el periodista, bloguero y publicitario Pablo Herreros consiguió, en una iniciativa personal y con una campaña al margen de los medios tradicionales, retirar de la parrilla de Telecinco uno de los buques insignia de la cadena, La Noria. Fue en octubre de 2011. El programa emitió una entrevista pagada a la madre de El Cuco, uno de los presuntos asesinos de Marta del Castillo. Herreros lo consideró indecente y pidió en su blog a las marcas anunciantes que retiraran su publicidad de ese programa porque en caso contrario «promoveríamos un boicot a sus productos». La adhesión social fue de tal calibre -170.000 peticiones a través de la plataforma Change.org, por ejemplo- que las marcas se asustaron y fueron retirando sus productos de ese programa... hasta que se quedó sin patrocinadores y tuvo que cerrar. Herreros ganó. Algo importante cambió, repito, y quizá no nos dimos cuenta: un simple bloguero humilló a la primera televisión de España... con la ayuda de las redes sociales.

Rubén Doblas, ElRubius, es un noruego-español de 25 años que tiene 12 millones de seguidores de sus vídeos en su canal de Youtube, creado a principios de 2012. Si tenemos en cuenta que la prórroga de la final del Mundial de fútbol de Sudáfrica entre España y Holanda -¿qué más se puede pedir en televisión?- congregó a 15,6 millones de telespectadores es fácil concluir la inmensa potencia que puede tener una red social entre los ciudadanos. Y no hace falta ni estructura empresarial ni apoyo oficial. Basta con un móvil e ingenio.

Todo ese caldo social ha llegado a la política y se ha notado en las dos últimas convocatorias electorales. Los programas del «martilleo sobre la corrupción» que cita Rajoy no suman cuatro millones de espectadores cada fin de semana. En España ya hay 14 millones de usuarios de redes sociales de entre 18 y 55 años -el 82% de quienes utilizan internet- que entran al menos cinco días cada semana y están en ellas una media de 2 horas y 51 minutos semanales. Las redes sociales son ya mucho más que cualquier comentario desgraciado que te puede fastidiar una carrera profesional. Suponen la nueva forma que tienen los ciudadanos de comunicarse entre sí y también con los políticos, al margen de lo que hasta ahora se consideraban cauces establecidos. Por eso, alguien del PP debería rastrear las reacciones que han provocado en las redes las primeras declaraciones de los nuevos nombramientos de Rajoy para enderezar el rumbo del partido. A lo mejor se da una idea de lo que espera a los populares en un futuro próximo.

@vicentelozano

(Publicado en El Mundo el 23 de junio de 2015)

sábado, 20 de junio de 2015

No hay crisis en el periodismo



España no es Estados Unidos. Ni falta que hace. Pero ahora que se han puesto de moda los espejos puede ser bueno fijarse en algunos aspectos de aquel país para intentar hacer lo mismo. Uno de ellos es el respeto institucional por los medios de comunicación. Cuando en 2009 la crisis económica profundizaba en la herida que la televisión e internet habían abierto en los grandes conglomerados de prensa escrita y amenazaba su supervivencia, desde el Senado de los Estados Unidos partió una iniciativa para estudiar qué futuro esperaba a los diarios en ese país.

El Subcomité de Comunicaciones, Tecnología e Internet convocó una sesión el 9 de mayo de ese año, presidida por el hoy secretario de Estado, John Kerry, para analizar el estado de una cuestión que preocupaba sobremanera ¡a los políticos! Porque esos políticos eran conscientes de que la democracia norteamericana no podía permitirse el lujo de perder ese contrapoder que siempre ha sido la prensa escrita. En aquella sesión participaron de forma presencial o mediante respuestas escritas a preguntas de los senadores, la fundadora de The Huffington Post, Arianna Huffington, la entonces ejecutiva de Google, Marissa Mayer, el presidente de la New America Foundation y antes director ejecutivo de The Washington Post, Steve Coll, y otros ejecutivos y periodistas de diarios nacionales y locales. De la misma salió un documento, denominado The Future of Journalism, que merece la pena leer aunque haya quedado algo desfasado.

Igual que aquí. Ni el Congreso de los Diputados ni, por supuesto, el Gobierno han movido un dedo para, al menos, enterarse de qué pasa con la prensa escrita en nuestro país y analizar sus problemas. Al contrario, los políticos han aprovechado la debilidad financiera de las empresas informativas para influir -haciendo lo que fuera necesario- en las líneas editoriales de los diarios. No es el motivo principal de estas líneas volver a relatar los hechos que hemos vivido en los últimos años y que han llevado a muchos a declarar que el periodismo vive una crisis sin igual.

Pero nada más lejos de la realidad. No es aventurado decir que en estos momentos se hace mejor periodismo que nunca -si por buen periodismo entendemos esa crítica natural al poder establecido- o, como mínimo, de una calidad similar al de siempre. ¿Alguien duda a estas alturas de lo que ha supuesto la televisión -los programas informativos- en el ascenso social de Podemos y de Ciudadanos? ¿Se han dado una vuelta por la página de Especiales de EL MUNDO.es y han visitado el que se realizó con motivo del 50 Aniversario de la muerte de John F. Kennedy o el del centenario de la I Guerra Mundial para enterarse de lo que es periodismo de calidad? ¿Han navegado por los impresionantes reportajes de investigación audiovisuales de The Guardian o del New York Times? ¿No seguimos con interés las apasionantes crónicas -de interés humano, se decía antes- de los corresponsales y enviados especiales en Siria, Irak, Afganistán o Nigeria, se difundan éstas por papel, internet, radio o televisión?

En esta etapa de penurias económicas, el periodismo ha sacado a la luz la mayor trama de espionaje de la historia organizada por el Gobierno más poderoso del mundo. En nuestro país, el periodismo  -EL MUNDO en este caso- ha desenmascarado al mayor estafador de la política desde la reinstauración de la democracia, Jordi Pujol, y ha desalojado del cargo con sus investigaciones a varios presidentes autonómicos. En definitiva, no seamos cainitas, se hace tan buen periodismo-y tan malo- como en cualquier otra etapa histórica.

El periodismo no está en crisis. Lo que está en crisis es el modelo de negocio tradicional de la prensa escrita. Únicamente. Quizá desde la propia profesión caemos en el lógico error de pensar que la pérdida de influencia de los periódicos tradicionales va a suponer el fin del periodismo, pero nada más lejos de la realidad. El querido ex director de este diario, Casimiro García-Abadillo, suele decir que los diarios impresos "siguen marcando la agenda política de este país". Tiene razón, pero a continuación hay que preguntarse si continúan señalando la agenda social, entendida como los asuntos que interesan a la sociedad y no a la clase política. ¿Qué más da ya un editorial elogioso para el Gobierno en un diario que pone en los quioscos 100.000 ejemplares al día si millones de ciudadanos se informan al margen de ese periódico -páginas webs y redes sociales, además de la televisión y la radio-, lo que nunca había ocurrido en la historia?

En su error de diagnóstico, el presidente del Gobierno achacaba estos días al "martilleo" de las televisiones con la corrupción su batacazo en las elecciones municipales y autonómicas. Como si Rajoy hubiera caído en la cuenta ahora de que se les olvidó ese pequeño detalle para domeñar a la opinión pública.

La pregunta, pues, es: ¿tienen futuro las empresas editoras de periódicos? Tal y como las conocemos ahora, casi seguro que no. Acaba de celebrarse en Washington D.C. el Congreso de Editores que organiza todos los años la Asociación Mundial Editores (Wan-IFRA) que se inició con esta pregunta: "¿Habrá periódicos impresos en 2040?" y con esta respuesta "Nadie lo sabe". Lo que está claro es que si existen, las ediciones impresas de entonces no tendrán nada que ver con las actuales.

Son excepciones las empresas tradicionales que han sacado tajada en esta etapa de transición a lo digital -Pearson, con el diario económico Financial Times es una de ellas-, pero en medio del desconcierto hay una línea en la que todo el mundo está de acuerdo: hay que seguir a la audiencia
-"las personas antes conocidas como audiencia", en genial frase del profesor de la Universidad de Nueva York Jay Rosen- allá donde vaya. Se lo decía Alan Rusbridger, ex director de The Guardian, a Carlos Fresneda: "Nuestra misión es adaptarnos a la audiencia. Lo que tenemos que hacer es ir donde están los ciudadanos y aprender con ellos, ver cómo crean, cómo comparten, distribuyen o incorporan contenidos. De alguna manera tenemos que ser como los comerciantes que salen al encuentro de lo que la gente demanda".

Es muy significativo que en las últimas semanas, editores y las grandes compañías de internet -que tienen miles de millones de clientes- como Google y Facebook, se hayan acercado para explorar un futuro en común. Google ha firmado un acuerdo con importantes empresas informativas europeas para ayudarles con recursos y tecnología en su transición digital. Y mucho más significativa es la alianza comercial de Facebook con grandes medios anglosajones, entre ellos The New York Times, para incluir directamente sus noticias -deconstruyendo su página web- en la red social, accediendo así a un quiosco digital de 1.400 millones de personas. Quizá sea un camino para empezar a recorrer.

En definitiva, se trata de ofrecer a la audiencia los mismos contenidos de calidad de siempre, las mismas exclusivas y las mismas investigaciones pero en los nuevos formatos y, a la vez, aprovechar las ventajas que proporcionan las nuevas tecnologías para sacar el máximo partido comercial a esa audiencia. En el congreso de Wan-IFRA se presentó un informe sobre el uso del móvil que, entre otros datos, decía que ocho de cada diez usuarios de teléfonos inteligentes miran su dispositivo antes de los diez minutos tras despertarse. ¿Tenemos algún producto informativo de calidad que ofrecerles para ese momento?

@vicentelozano

(Publicado en El Mundo el 7 de junio de 2015)

domingo, 24 de mayo de 2015

Facebook... y otras empresas informativas


Tiene mucho sentido la alianza anunciada el pasado 6 de mayo entre Facebook y algunos de los principales medios de mundo -New York Times, Guardian, BBC, NBC, Bild, Der Spiegel...- para incluir sus informaciones directamente en la red social. Por cierto, conviene destacar que es el segundo acuerdo que se firma en pocas semanas entre uno de los Gafa -Google, Apple, Facebook y Amazon- y la industria tradicional de medios, tras la Digital News Initiative entre el buscador de buscadores y los principales periódicos europeos. Los que parecían enemigos acérrimos empiezan a entenderse y eso es bueno para todos.

                                                                                      Mashable
El acuerdo estima que el medio se quedará con el 100% de los ingresos publicitarios que genere la noticia si la ha gestionado él, mientras que éstos se repartirán entre Facebook (30%) y la empresa (70%) si cede el espacio para que lo gestione la red social. Pero tiene mucho más calado que un mero pacto comercial.

Los diarios que lo han firmado rompen su página web, disgregando las noticias. Es decir, el editor no sólo acepta que la home ya no sea la única puerta de entrada a su web, sino que lanza sus noticias al gran público sin exigirle que las lea en su página. La web, pues, empieza a no ser fundamental para captar la atención de los lectores y, por tanto, de los publicitarios. Y eso es clave para la evolución del negocio de las editoras. Los 25 grandes diarios norteamericanos en internet tienen ya más tráfico en sus webs a través de los dispositivos móviles -teléfonos y tabletas- que desde los ordenadores personales, según comScore. Y los estadounidenses pasan ya de media alrededor de una hora al día en las redes sociales en sus móviles -y más tiempo cuanto más jóvenes-, con Facebook a la cabeza entre todas ellas, según la consultora Coven & Co. En definitiva, los periódicos no hacen más que seguir a la audiencia. "Si no lo hacemos así seremos irrelevantes", decía Declan Moore, responsable de medios de National Geographic, una de las compañías que ha firmado con Facebook.

Es cierto que en este terreno Estados Unidos -es decir, la iniciativa de los lectores norteamericanos y la respuesta que les ofrecen las organizaciones- va por delante de Europa y de España, pero también es verdad que la globalización reduce las distancias tecnológicas. En nuestro país ya empezamos a vivir el declive del tráfico directo de las webs -y la home es ahora el soporte clave de la publicidad on line- y las empresas periodísticas deben buscar soluciones. El lanzamiento de aplicaciones para móviles será una de ellas, como lo pueden ser acuerdos similares al de Facebook.

Desde luego, los periodistas deberán habituarse a una nueva forma de trabajar que va más allá de lo que se llamó en su momento "integración de las redacciones". Pero, a la postre, el trabajo del informador será el mismo que ha sido siempre: sacar a la luz lo que el poder no quiere que se sepa y explicar a los ciudadanos lo que está ocurriendo en su entorno. Sólo cambia la forma de empaquetarlo y distribuirlo. En román paladino, lo que antes era un texto único al día con una ilustración, ahora se enriquece con actualizaciones, vídeos, audios, enlaces... Y la experiencia demuestra -no hay más que darse un paseo por las webs de los distintos medios- que la inmensa mayoría de los periodistas han sabido adaptarse con éxito al nuevo entorno.

Lo que se necesita es un nuevo modelo de negocio y para ello es fundamental que el back office de las empresas informativas acometa un cambio como el que se está produciendo en las redacciones. Hay que encontrar una nueva forma de vender la publicidad, de gestionar la información que se tiene de los lectores, de desarrollar la actividad comercial,... porque los contenidos ya no se venden sólo colocándolos en un quiosco para que el lector acuda a comprarlos.

(Publicado en El Mundo el 24 de mayo de 2015)
Twitter: @vicentelozano

viernes, 28 de febrero de 2014

No le digas a Google que buscas coche

Vean este vídeo. Sólo son dos minutos y, después, lean si quieren.

Envié a un amigo un correo desde mi cuenta de Gmail, el servicio de correo electrónico de Google. Le decía: "Te adjunto el documento del que te hablo....". Pero se me olvidó incluir el 'pdf' en cuestión. Al pulsar la tecla de enviar saltó este aviso desde Google: "¿Quieres adjuntar algún archivo? En el mensaje has escrito 'adjunto', pero no hay ningún archivo adjunto. ¿Quieres enviarlo de todos modos?". Es una opción que ofrece el buscador en su servicio de correo para los olvidadizos, pero al parecer no la tenía activada hasta ahora. Tampoco recuerdo haberlo hecho.

Pero el hecho es que ¡Google puede leer los correos! En el caso del olvido de un adjunto puede ser incluso una buena idea. Pero si yo le escribo a mi amigo: "Estoy pensando cambiar de coche. El BMW X7 me vendrá bien para recorrer la finca los fines de semana". Ponemos a disposición de Google que:
1. Tengo dinero.
2. Tengo mucho dinero.
3. Puedo gastarlo.
4. La marca y el modelo que me gustan.

A partir de ahí, los servidores de Google podrán derivar hacia mi cuenta la publicidad que consideren oportuna, como información de los concesionarios de BMW que tienen en oferta el X7 o de otras marcas con modelos similares al de la marca alemana.

Google dice que en sus sistemas nunca interviene la mano humana, sino que relacionan automáticamente al proveedor del servicio o del producto con el posible consumidor. Double Click, la compañía de publicidad que compró en 2008, se encarga de ello. No hay violación de la privacidad porque esos datos nunca salen de la compañía. Es el peaje que hay que pagar por utilizar su servicio gratuito.

Todo esto no es una ilusión. El diario 'Financial Times' relataba el pasado 13 de junio el testimonio de Callai Nagle. Recién embarazada, y sin siquiera haberlo comunicado a sus más íntimos, empezó a recibir correos electrónicos de la tienda de juguetes de bebés Babys R Us, de la aseguradora Gerber Life o del instituto de cordones umbilicales Similac.

¿Cómo es posible? Sencillamente, porque como toda madre ilusionada con su primer hijo, Callai dedicaba tiempo a navegar desde su ordenador y desde su tableta por páginas de salud en el embarazo o por tiendas online de ropa o artículos para bebés. Y dejó rastro de todo ello -a través de las famosas 'cookies', por ejemplo-. Con razón el FT tituló ese reportaje 'Los 'data brokers' recopilan datos de tu vida antes de que llegues a la cuna'.

¿Quienes son esos 'data brokers'?  Son empresas que rastrean las páginas webs que visitan las personas, las búsquedas que hacen, su actividad en las redes sociales. Recolectan así un ingente volumen de información, que una vez clasificada a través de sofisticados programas informáticos, se vende a compañías, sobre todo de gran consumo, que los utilizan para fines publicitarios. Y esos datos tienen un precio. En Estados Unidos, una lista de mil personas que están buscando casa vale 85 dólares y se pagan 2,11 dólares por mil personas que han manifestado su deseo de adquirir un coche.

Es una nueva forma de vender que no tiene nada que ver con la que conocemos. Ya no hay que salir a buscar a un cliente desconocido, sino que llega directamente al proveedor y, en muchos casos, ya clasificado: lugar de residencia, edad, capacidad adquisitiva, profesión, gustos...Todo 'consentido' por el hipotético comprador de un producto, pues él se ha ido encargando de sembrar la red con sus datos.

Y vale para todo tipo de negocio y para cualquier nivel de información. ¿Es consciente, por  ejemplo, una empresa periodística de los datos que puede llegar a obtener de sus lectores con un simple registro de los mismos o con la creación de una red social propia. ¿Cuánto vale para una empresa constructora que busca personal una información bien segmentada sobre los miles de ingenieros que hay ahora mismo en Linkedin? ¿O para un fabricante de cerveza, los muros de Facebook (con lugar, edad, profesión...) en los que alguna vez se ha mencionado una marca concreta? Recuerden a Dave, el adivino del vídeo.
Luego, nos escandalizamos de que nos espíen los gobiernos. Bueno, algunos gobiernos.

@vicentelozano

lunes, 24 de febrero de 2014

Facebook compra 450 millones de números de teléfono

La compra de Whatsapp por Facebook ha sido una sorpresa. Por la operación en sí y por los 19.000 millones de dólares que ha desembolsado la red social. Desorbitado para muchos, sobre todo los que recordamos los desmesurados precios que se pagaron por adquisiciones similares en los tiempos de la burbuja tecnológica, en los años finales del siglo pasado. Por ejemplo,Telefónica adquirió el portal de Internet Lycos  -¿os acordáis, lo que luego fue Terra?- en marzo del año 2000 por ¡12.000 millones de euros!, cantidad similar a la que ha desembolsado 13 años después Facebook.

¿Tiene sentido ese dineral? ¿Volvemos a los tiempos de las valoraciones absurdas de empresas, cuando un simple usuario desconocido era considerado como oro en paño? Está claro que el precio es muy alto, pero estamos ante una situación radicalmente distinta a la de hace diez años.

¿Qué ha comprado Facebook? Nada más y nada menos que 450 millones de números de teléfonos móviles en todo el mundo, perfectamente localizados, Y con ellos, millones de grupos con intereses más o menos comunes, millones de relaciones que se establecen a diario en todo el mundo. ¿Qué mejor base de datos de 'clientes' para cualquier campaña comercial y publicitaria?

"Si una empresa te ofrece algo gratis y es bueno, no lo dudes, tú no eres el cliente, eres el producto". Siento no recordar el autor de la frase, que me parece genial. Pero en la compra de Whatsapp hemos comprobado que tenía razón. La empresa de mensajería online ofrece sus servicios de forma gratuita. Y conviene recordar la negativa de mucha gente a pagar ¡89 céntimos al año! por una aplicación que le podía ahorrar cientos de euros. ¡Y esas quejas se hacían desde móviles que de 400 o 600 euros!

Ahora hemos palpado que Whatsapp era gratuito porque sus usuarios no éramos clientes, sino el producto. Igual que cuando una empresa constructora compra una de ladrillos, lo que adquiere son, eso, ladrillos. En la era digital, Facebook ha comprado números de teléfonos. ¿Para qué?. Está explicado en este post: "No le digas a Google que buscas coche". Es lo que cuenta en estos momentos: información, metadatos... Y ahora la tecnología permite hacerlo.

@vicentelozano