He empezado a leer 'Alegría', la finalista del Planeta de este año, de Manuel Vilas. En las primeras páginas, cuando el protagonista se va presentando, comenta que desde que murió su padre no le gusta celebrar su cumpleaños. Sin embargo, su mujer le organiza una comida sorpresa con amigos y a los postres pone una vela en el trozo de tarta para que él la sople. Y comenta: «Yo anhelaba que no me quisiera nadie, porque es imposible que regrese el amor de mi padre, porque es imposible volver a ser el que fui, y la vida, a través de la tarta que ha comprado Mo, me ha regalado una pequeña celebración».
Me quedé pensando. ¿No será su mujer la que le regala una celebración a través de la vela de la tarta y así le hace un poco más alegre la vida? Me vino a la cabeza Violeta Parra, que en esa icónica canción daba «gracias a la vida que me ha dado tanto...», cuando la vida no da ni quita nada.
Sabemos que los versos de la canción o el párrafo de la novela son licencias literarias porque la vida no regala celebraciones de cumpleaños. La celebración del cumpleaños aparece en tu vida porque alguien quiere que aparezca. La vida es quien la vive y con quien la vive. La vida no nos proporciona alegrías. Nos las damos nosotros y quienes están con nosotros. La vida tampoco nos envía penas. Las generamos nosotros y los que están a nuestro lado.
La vida es el tiempo, el transcurrir. Es como un viaje por carretera en el que no sabes qué te vas a encontrar unos kilómetros más adelante. Y lo que encuentres no depende para nada del trayecto que hayas recorrido. El viaje no es el protagonista. Es el conductor que va haciendo el camino. Sabe lo que ya ha pasado y conoce también lo que está ocurriendo, pero no puede prever el futuro, ni siquiera lo que va a suceder apenas unos minutos después.
Pero, a la vez, se me hace complicado que la vida sea un mero azar. Por eso me gusta pensar en que alguien sigue esa carretera en un helicóptero y desde la altura ve lo que el viajero no puede. De forma que el futuro del conductor del coche es a la vez el presente del piloto del helicóptero. Y que desde su presente puede remover obstáculos.
Bueno. Si hay algún momento para ponerse un poco moña y escribir sobre esto es el fin de año, cuando quien más quien menos hace un poco de balance del pasado y quiere confiar en lo que está por venir. Al final, lo único que cuenta es que todos tengamos alguien que nos ponga un trozo de tarta con vela el día de nuestro cumpleaños. Feliz 2020.
En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado Ilúvatar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos de su pensamiento. La Tierra Media tolkiana es la tierra, donde estamos y hasta cuando estemos.
viernes, 3 de enero de 2020
domingo, 22 de diciembre de 2019
Tics autoritarios en el Gobierno con el periodismo
Es cierto que la prensa -y el periodismo- no pasa por su mejor momento. Es cierto que hay una crisis de lectores y de publicidad que desestabilizan las cuentas de las empresas periodísticas y provocan una cierta precariedad en el ejercicio de la profesión. Es cierto que internet y sus nuevos canales de comunicación perjudican al oficio periodístico al colocar casi al mismo nivel a piratas pagados que a profesionales que intentan ejercer su profesión con ese sentido ético que da saber que estás sirviendo a la sociedad como depositario del ejercicio de un derecho fundamental -no se rían, los hay-.
Pero esos no son motivos suficiente para que desde el poder se nos fustigue, como si no tuviéramos derecho a nada. Ya lo hacen con fruición los ciudadanos desde las redes sociales cada vez que nos equivocamos, o creen que nos hemos equivocado, aunque no nos hayamos equivocado.
Porque fustigarnos es lo que hizo el secretario de Estado de Comunicación, el periodista Miguel Ángel Oliver, en su intervención en la jornada sobre ética y periodismo organizada por KPMG la semana pasada. Fue una bronquilla más que un discurso. Nos llamó -bueno, en principio solo a los colegas que siguen al presidente- “tertulianos” y me quedó la duda si el desprecio para éstos o para los periodistas. Pero, sobre todo, se quejó de que los periodistas quisieran hacer más de dos preguntas por intervención al presidente del Gobierno, algo que Oliver tomó con una provocación: “¿Alguien puede imaginar esas intervenciones sin un límite, como una sucesión interminable de cuestiones?”. Entre dos y una “sucesión interminable” de preguntas hay un justo medio que es lo que pedían los compañeros.
Lo grave es que el tema de las preguntas no es más que el síntoma de una forma de ver el periodismo muy peligrosa: la de creer que está al servicio del poder. Por eso me chocó más que Oliver se asombrara, como dijo, de que los periodistas nos estuviéramos “convirtiendo en fiscales que reconvenimos a los políticos”. (Reconvenir (DRAE: reprender a alguien por lo que ha hecho o dicho) ¡Si eso es precisamente lo que debemos hacer!, sobre todo si esos políticos son los que mandan. Como supongo que Oliver haría cuando ejercía el oficio. Como esa decisión de prohibir que los informadores gráficos hicieran fotografías de la reunión entre el PSOE y Bildu para que a los ciudadanos sólo llegaran las que quisiera el partido -caras de funeral de Simancas y Lastra incluidas-. Son tics autoritarios, no lo llamen de otra forma.
Pero esos no son motivos suficiente para que desde el poder se nos fustigue, como si no tuviéramos derecho a nada. Ya lo hacen con fruición los ciudadanos desde las redes sociales cada vez que nos equivocamos, o creen que nos hemos equivocado, aunque no nos hayamos equivocado.
Porque fustigarnos es lo que hizo el secretario de Estado de Comunicación, el periodista Miguel Ángel Oliver, en su intervención en la jornada sobre ética y periodismo organizada por KPMG la semana pasada. Fue una bronquilla más que un discurso. Nos llamó -bueno, en principio solo a los colegas que siguen al presidente- “tertulianos” y me quedó la duda si el desprecio para éstos o para los periodistas. Pero, sobre todo, se quejó de que los periodistas quisieran hacer más de dos preguntas por intervención al presidente del Gobierno, algo que Oliver tomó con una provocación: “¿Alguien puede imaginar esas intervenciones sin un límite, como una sucesión interminable de cuestiones?”. Entre dos y una “sucesión interminable” de preguntas hay un justo medio que es lo que pedían los compañeros.
Lo grave es que el tema de las preguntas no es más que el síntoma de una forma de ver el periodismo muy peligrosa: la de creer que está al servicio del poder. Por eso me chocó más que Oliver se asombrara, como dijo, de que los periodistas nos estuviéramos “convirtiendo en fiscales que reconvenimos a los políticos”. (Reconvenir (DRAE: reprender a alguien por lo que ha hecho o dicho) ¡Si eso es precisamente lo que debemos hacer!, sobre todo si esos políticos son los que mandan. Como supongo que Oliver haría cuando ejercía el oficio. Como esa decisión de prohibir que los informadores gráficos hicieran fotografías de la reunión entre el PSOE y Bildu para que a los ciudadanos sólo llegaran las que quisiera el partido -caras de funeral de Simancas y Lastra incluidas-. Son tics autoritarios, no lo llamen de otra forma.
sábado, 30 de noviembre de 2019
La libertad, según Celaá
Quizá no fuera sólo un ataque a la libertad de enseñanza en España el desafortunado comentario sobre la no constitucionalidad de la libre elección de colegio por las familias. Quizá hay algo más detrás de esas palabras, que fueron tomadas por una agresión por quienes habían invitado a la ministra de Educación a su congreso. Porque el discurso de Celaá estaba perfectamente pensado y seguro que la ministra era consciente de sus consecuencias.
Quizá la clave esté en la explicación que ofreció al día siguiente, desde la mesa del Consejo de Ministros: que nadie tema, la libertad de elección de centro docente no está en la Constitución, pero sí en las leyes; recordó que los conciertos son producto de la primera ley de educación socialista de esta etapa democrática y «de momento» -lo repitió dos veces- no peligran.
Lo que hace Celaá es rebajar de precepto constitucional a exigencia legal la libertad de elección de colegio por los padres. Con este planteamiento, bastaría con que otra ley decretase lo contrario para eliminar esa libertad porque el nuevo texto legal no sería anticonstitucional, ya que la Carta Magna no concreta que la libertad de enseñanza suponga la libre elección de colegio. De esta forma, una ley educativa que eliminara los conciertos podría ser perfectamente constitucional.
Apliquemos el mismo discurso de Celaá al artículo 20 de la Constitución, que recoge el derecho a la libertad de información y expresión. En ninguno de sus puntos este artículo clave habla de la libertad de creación de empresas informativas, condición indispensable para que exista libertad de información. Con el criterio Celaá, podríamos decir que la creación de empresas informativas no emana de la Constitución, aunque sí esté recogido en la legislación posterior, basada en la Carta Magna.
Así, con el razonamiento que emplea la ministra de Educación para la enseñanza, de una Constitución que protege y ampara la libertad de información también podrían emanar unas leyes que constriñan o prohíban el establecimiento de empresas informativas. Puede sonar a desmesurado, pero no hago más que trasladar al artículo 20 lo que Celaá piensa del artículo 27.
Lo que da miedo es que este Gobierno, que nunca había atacado así la libertad educativa, haga público este razonamiento falaz apenas horas después de anunciarse el preacuerdo entre el PSOE y Podemos, la izquierda radical y populista poco amante de libertades como la de enseñanza y la de información.
Quizá la clave esté en la explicación que ofreció al día siguiente, desde la mesa del Consejo de Ministros: que nadie tema, la libertad de elección de centro docente no está en la Constitución, pero sí en las leyes; recordó que los conciertos son producto de la primera ley de educación socialista de esta etapa democrática y «de momento» -lo repitió dos veces- no peligran.
Lo que hace Celaá es rebajar de precepto constitucional a exigencia legal la libertad de elección de colegio por los padres. Con este planteamiento, bastaría con que otra ley decretase lo contrario para eliminar esa libertad porque el nuevo texto legal no sería anticonstitucional, ya que la Carta Magna no concreta que la libertad de enseñanza suponga la libre elección de colegio. De esta forma, una ley educativa que eliminara los conciertos podría ser perfectamente constitucional.
Apliquemos el mismo discurso de Celaá al artículo 20 de la Constitución, que recoge el derecho a la libertad de información y expresión. En ninguno de sus puntos este artículo clave habla de la libertad de creación de empresas informativas, condición indispensable para que exista libertad de información. Con el criterio Celaá, podríamos decir que la creación de empresas informativas no emana de la Constitución, aunque sí esté recogido en la legislación posterior, basada en la Carta Magna.
Así, con el razonamiento que emplea la ministra de Educación para la enseñanza, de una Constitución que protege y ampara la libertad de información también podrían emanar unas leyes que constriñan o prohíban el establecimiento de empresas informativas. Puede sonar a desmesurado, pero no hago más que trasladar al artículo 20 lo que Celaá piensa del artículo 27.
Lo que da miedo es que este Gobierno, que nunca había atacado así la libertad educativa, haga público este razonamiento falaz apenas horas después de anunciarse el preacuerdo entre el PSOE y Podemos, la izquierda radical y populista poco amante de libertades como la de enseñanza y la de información.
(Publicado en El Mundo el 19 de noviembre de 2019)
sábado, 2 de noviembre de 2019
Financial Times pide 'resetear' el capitalismo
Aquel otoño de 2008, tras el terremoto mundial que supuso la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers, una de las frases que no sed caía en las bocas de los líderes políticos de Occidente fue “refundar el capitalismo”. El entonces presidente francés Nicolas Sarkozy fue el más beligerante con la idea. En la cumbre de G-20 en diciembre de ese año, en Washington, la presentó oficialmente. Por “refundar el capitalismo” entendía restar poder al ‘mercado’ en las economías. “Hay que refundar el capitalismo sobre bases éticas, las del esfuerzo y el trabajo, las de la responsabilidad, porque hemos pasado a dos dedos de la catástrofe”. Y concluía que había que terminar con la “autorregulación del mercado”. Ni que decir tiene que aquello terminó en nada, o en casi nada.
Es posible que estemos viendo las consecuencias de aquel no hacer nada. Estas semanas se reproducen manifestaciones en medio mundo, en las que los ciudadanos piden un cambio en sus gobiernos para revertir la crisis económica. Felipe Sahagún hacía un magnífico repaso de ello el domingo 27 de octubre en este periódico. Cierto que no todos los países en los que hay protestas tienen gobiernos neoliberales -como los llama la izquierda-, pero es verdad que el descontento crece porque la crisis ha ahondado las diferencias y la pobreza ha crecido en determinados sectores sociales.
El hecho es que vuelve el concepto “refundar el capitalismo”. El nada sospechoso ‘Financial Times’ ha lanzado la iniciativa ’The new agenda’, uno de cuyos postulados es que es el momento de resetear el capitalismo, precisamente porque las consecuencias de la recesión muestran que lo viejo no sirve. El domingo reafirmaba esa intención en un editorial, -‘El capitalismo responsable requiere nuevas normas’, se titulaba- en el que invitaba a reflexionar, sobre todo, a los empresarios. Y planteaba una cuestión que, para la economía de libre mercado puede parecer una herejía al plantear que las empresas dejen de pensar sólo en salir a bolsa para crecer y exploren otros caminos. Porque cotizar añade una presión para favorecer al accionista -’stockholder’, en inglés- que hace olvidar los intereses del resto de sectores implicados en la empresa: trabajadores, proveedores, clientes… - los ‘stakeholders’-: “Los jóvenes empresarios ya lo saben y deberían tener la opción de elegir modelos que se adapten a cumplir esos objetivos, más allá de la salida a bolsa”. A lo mejor, lo que no consiguieron los gobiernos hace diez años, lo logra la iniciativa privada en el futuro.
Es posible que estemos viendo las consecuencias de aquel no hacer nada. Estas semanas se reproducen manifestaciones en medio mundo, en las que los ciudadanos piden un cambio en sus gobiernos para revertir la crisis económica. Felipe Sahagún hacía un magnífico repaso de ello el domingo 27 de octubre en este periódico. Cierto que no todos los países en los que hay protestas tienen gobiernos neoliberales -como los llama la izquierda-, pero es verdad que el descontento crece porque la crisis ha ahondado las diferencias y la pobreza ha crecido en determinados sectores sociales.
El hecho es que vuelve el concepto “refundar el capitalismo”. El nada sospechoso ‘Financial Times’ ha lanzado la iniciativa ’The new agenda’, uno de cuyos postulados es que es el momento de resetear el capitalismo, precisamente porque las consecuencias de la recesión muestran que lo viejo no sirve. El domingo reafirmaba esa intención en un editorial, -‘El capitalismo responsable requiere nuevas normas’, se titulaba- en el que invitaba a reflexionar, sobre todo, a los empresarios. Y planteaba una cuestión que, para la economía de libre mercado puede parecer una herejía al plantear que las empresas dejen de pensar sólo en salir a bolsa para crecer y exploren otros caminos. Porque cotizar añade una presión para favorecer al accionista -’stockholder’, en inglés- que hace olvidar los intereses del resto de sectores implicados en la empresa: trabajadores, proveedores, clientes… - los ‘stakeholders’-: “Los jóvenes empresarios ya lo saben y deberían tener la opción de elegir modelos que se adapten a cumplir esos objetivos, más allá de la salida a bolsa”. A lo mejor, lo que no consiguieron los gobiernos hace diez años, lo logra la iniciativa privada en el futuro.
(Publicado en El Mundo el 29 de octubre de 2019)
viernes, 25 de octubre de 2019
'Fake news': una 'rider' y un ministro
Entre las respuestas había quien machacaba la economía digital, que provoca que una madre tenga que llevar a su hijo en un trabajo tan peligroso. Otros atacaban a Macri o criticaban a la propia madre por exponer de esa forma al bebé. También hubo quien la alababa por su coraje.
Al llegarle los ecos del revuelo, la mujer fotografiada explicó en un vídeo la versión correcta. Se llama Nayruvi de León. Es ingeniera de Sistemas por la Universidad Santiago Mariño de Venezuela y huyó a Buenos Aires hace poco más de un año. En Argentina se gana la vida como repartidora de la empresa Pedidosya y cuando le hicieron la foto iba –con el uniforme– a dejar al bebé a la guardería antes de empezar a trabajar. Nayruvi comenta que el fotógrafo le pidió que se subiera con el bebé a la bicicleta, a lo que ella se negó. Y afirma rotundamente que nunca se le ocurriría llevar a su hijo mientras hace los repartos.
De aquella ficción –el perverso sistema capitalista que fuerza a la precarización laboral– tenemos una realidad: una ingeniera que tiene que emigrar de Venezuela –por el régimen chavista de Maduro– y ganarse la vida en Argentina para, entre otras cosas, pagar la guardería en la que tiene a su bebé. Nada que ver con lo que se transmitió en aquel tuit. Como tergiversar la cena de un ministro que sale de su despacho a las 11 de la noche después de un día de trabajo, o malinterpretar maliciosamente la portada de un diario. Dice el profesor del MIT David Rand que la primera causa de la difusión de fake news es la pereza –¿para qué comprobar lo que me llega?–. Pero ese pecado capital habría que añadirle la vanidad –lo difundo para demostrar que estoy bien informado– y la ira –sé que no es verdadero, pero hago daño al enemigo–. ¡Ah!, y la avaricia, si lo que se pretende es ganar dinero. Es la naturaleza humana. La de siempre. Sólo que ahora viaja a la velocidad de internet. Por eso es más peligroso.
(Publicado en El Mundo el 22 de octubre de 2019)
jueves, 1 de agosto de 2019
La regeneración que no llega
La regeneración política consiste en empadronar a un vitoriano en un pequeño pueblo de Segovia para que pueda ser designado senador autonómico por el Parlamento de Castilla y León y es votado por el PP, que lo propone, y por Ciudadanos, partido representante de la nueva política. Todo ello porque ese senador no logró los votos de los alaveses cuando se presentó a las elecciones generales como candidato a diputado por su circunscripción. Regeneración política es deshacer la legislación por la que el presidente de Castilla-La Mancha -socialista- no podía ser reelegido más de dos mandatos para que pueda presentarse todas las veces que quiera.
Regeneración es que el partido de la alcaldesa de Barcelona, En Comú, le suba el sueldo un 40% -y un 27% a los concejales- porque dedican largas horas a su trabajo y para que puedan conciliar más fácilmente. Todo porque te das cuenta de que la limitación salarial que establece el código ético de ese partido queda bien como propaganda, pero es imposible de aplicar. Regeneración política es colocar al hijo del presidente socialista del Parlament de Baleares como asesor para llevar las redes sociales de la Presidencia del Gobierno autonómico socialista cuando sólo se le conoce un año y medio de vida laboral privada, al margen de otros puestos en la Administración socialista balear.
Regeneración es que decenas de alcaldes se suban el salario de forma desmesurada al tomar el bastón de mando, en algún caso hasta el 160%. Cierto que algunos ayuntamientos llevaban con los sueldos congelados desde el inicio de la crisis, pero ni un solo trabajador de la empresa privada ha podido hacer lo mismo que estos políticos. Regeneración es también que los diputados del Parlamento de Castilla-La Mancha voten unánimemente que se restituya el sueldo que ellos mismos habían decidido eliminarse hace dos legislaturas.
Regeneración política es que la Comunidad Foral de Navarra, con 640.000 habitantes, necesite un Gobierno autonómico -formado por el PSOE, Geroa Bai, Izquierda Unida y Podemos- con 12 consejerías más la presidencia -calculen el número de altos cargos- sólo para que cada formación pueda tener su parte en el pastel del poder, cueste lo que cueste al erario, es decir, al ciudadano.
Todo esto ha ocurrido en los últimos dos meses. Por este repaso han circulado PP, PSOE, Ciudadanos, Podemos y En Comú, Geroa Bai, Izquierda Unida,... más los partidos de los alcaldes. Que tengan un buen y regenerador agosto.
(Publicado en El Mundo el 30 de julio de 2019)
Regeneración es que el partido de la alcaldesa de Barcelona, En Comú, le suba el sueldo un 40% -y un 27% a los concejales- porque dedican largas horas a su trabajo y para que puedan conciliar más fácilmente. Todo porque te das cuenta de que la limitación salarial que establece el código ético de ese partido queda bien como propaganda, pero es imposible de aplicar. Regeneración política es colocar al hijo del presidente socialista del Parlament de Baleares como asesor para llevar las redes sociales de la Presidencia del Gobierno autonómico socialista cuando sólo se le conoce un año y medio de vida laboral privada, al margen de otros puestos en la Administración socialista balear.
Regeneración es que decenas de alcaldes se suban el salario de forma desmesurada al tomar el bastón de mando, en algún caso hasta el 160%. Cierto que algunos ayuntamientos llevaban con los sueldos congelados desde el inicio de la crisis, pero ni un solo trabajador de la empresa privada ha podido hacer lo mismo que estos políticos. Regeneración es también que los diputados del Parlamento de Castilla-La Mancha voten unánimemente que se restituya el sueldo que ellos mismos habían decidido eliminarse hace dos legislaturas.
Regeneración política es que la Comunidad Foral de Navarra, con 640.000 habitantes, necesite un Gobierno autonómico -formado por el PSOE, Geroa Bai, Izquierda Unida y Podemos- con 12 consejerías más la presidencia -calculen el número de altos cargos- sólo para que cada formación pueda tener su parte en el pastel del poder, cueste lo que cueste al erario, es decir, al ciudadano.
Todo esto ha ocurrido en los últimos dos meses. Por este repaso han circulado PP, PSOE, Ciudadanos, Podemos y En Comú, Geroa Bai, Izquierda Unida,... más los partidos de los alcaldes. Que tengan un buen y regenerador agosto.
(Publicado en El Mundo el 30 de julio de 2019)
lunes, 15 de julio de 2019
Políticos insensatos
La economía de un país necesita un rumbo para progresar. Ese rumbo puede estar dirigido por un Gobierno de izquierdas, que buscará más avanzar mediante un gasto público suficiente que asegure el crecimiento del bienestar social, o por uno de derechas, que pretenderá dar más libertad económica a los ciudadanos -dejando más dinero en sus bolsillos, fundamentalmente- para su desarrollo. Hablo grosso modo. Los dos caminos son válidos. Pero nadie duda de que una economía para crecer necesita una dirección y alguien que vigile que no se desvíe.
No nos podemos dejar llevar por el espejismo de que sin Gobierno seguimos creciendo, como está ocurriendo en estos últimos años, porque es la inercia de una maquinaria que tarde o temprano se frenará si nadie le pega un acelerón. Ocurre en el desempleo, que continúa al alza, pero cada vez más despacio. Y comprobamos también lo pernicioso de estar sin Gobierno en la evolución de las ventas de coches, que empezaron a caer tras las nefastas declaraciones de la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, sobre los «días contados» del diésel y no se recuperan porque nadie sabe qué política va a seguir con el automóvil éste o el Gobierno que llegue.
El país necesita cada año unos Presupuestos que concreten la política económica del Ejecutivo. Y precisa también un Gobierno que sea capaz de pensar más allá y emprenda reformas que nos hagan más competitivos. La educación en todos sus niveles, las pensiones públicas, el mercado de trabajo, la digitalización, la transición energética... son asuntos que precisan de un Gobierno decidido a tomar medidas que duren más de una legislatura.
Por eso es inexplicable el espectáculo que están dando los líderes políticos en las negociaciones para formar gobiernos. No tiene ningún sentido que 75 días después de unas elecciones generales hayan sido incapaces de lograr ni el más mínimo acuerdo para empezar una legislatura en condiciones. No hay excusas. Ni siquiera que en España no estamos acostumbrados a negociar acuerdos de gobierno, gobiernos de coalición, de cooperación o medio pensionistas. Dice mucho de la talla política de los líderes actuales que sean incapaces de sentarse para pactar. Y produce vergüenza ajena ver que los mismos que por su mirada de bajo vuelo bloquean una investidura propongan un cambio de leyes -incluso de la Constitución-para... evitar bloqueos en las investiduras, ¿lo entienden?
(Publicado en El Mundo el 12 de julio de 2019)
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