A PARTIR del 1 de julio todos los comercios tendrán la obligación de cobrar por las bolsas de plástico normales, las de un solo uso en las que metemos los productos de la compra habitual. Es una medida de la Unión Europea que tiene como objetivo disuadir a los consumidores para reducir el consumo de plástico, una de las plagas que preocupan de verdad en la preservación del medio ambiente.
Lo bueno es que hasta hace no demasiado tiempo vivíamos sin tanto plástico. En los propios comercios apenas había productos envasados en plástico, sino que el cliente seleccionaba y el tendero empaquetaba. El papel de estraza -cuando no el de los periódicos- servía perfectamente para envolver los productos. Las cajas y embalajes eran de cartón y de madera antes de convertirse en contenedores hechos de distintos materiales plásticos. ¿Por qué, por ejemplo, al comprar un poco de embutido, el charcutero lo envuelve en papel, lo pasa después por el film transparente y, por último, lo mete en una bolsa de plástico antes de dárselo al cliente?
Muchos recordarán todavía cuando había que bajar a las tiendas con las botellas vacías -los 'cascos'- que había que dejar si se quería comprar leche, gaseosa, cervezas o refrescos, o pagar de más si no se llevaba el recambio. Esos 'cascos' eran devueltos a las envasadoras que los esterilizaban y volvían a la cadena comercial. Ahora compramos en plástico. También era normal beber en vasos de cristal desde el grifo y no existían las botellas de plástico de cuarto de litro que tenemos encima de la mesa o llevan en el bolso. Y las maquinillas de afeitar no eran de plástico de usar y tirar.
Es el precio del progreso. Preferimos la comodidad, pero la comodidad tiene sus inconvenientes. El Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente calcula que cada español consume 144 bolsas de plástico al año que usa solo una vez y tira a la basura. Éstas tardan en descomponerse entre 100 y 500 años y se acumulan en los mares: unos ocho millones de toneladas llegan a los océanos cada año. Ya hemos visto fotos de inmensas islas de desechos que crecen año a año en las aguas. El plástico es cómodo pero sucio y nos damos cuenta cuando más lo estamos utilizando.
En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado Ilúvatar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos de su pensamiento. La Tierra Media tolkiana es la tierra, donde estamos y hasta cuando estemos.
jueves, 24 de mayo de 2018
lunes, 7 de mayo de 2018
Hacer la vida más fácil
EN LOS últimos diez días, las grandes empresas de internet de Estados Unidos han publicado los resultados del primer trimestre de 2018, con un denominador común: en todos los casos han ido mejor de lo que preveía el mercado. Los denominados GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) han sorprendido agradablemente. Apple dice que ha «vivido el mejor trimestre de la historia» en términos financieros. Ha vendido 52,2 millones de iPhones, cuando se decía que el X no iba a tirar tanto como los anteriores y ya tiene 1.300 millones de dispositivos activos en el mercado. La empresa dirigida por Tim Cook ha ganado 61.000 millones de dólares en el primer trimestre de 2018. Facebook también ha vivido un trimestre récord, aunque hay que esperar para ver la repercusión del escándalo Cambridge Analytica. De momento, un dato: los usuarios activos mensuales crecen un 13% y ya cuenta con 1.450 millones de usuarios activos diarios, 50 millones más que hace un año.
De forma parecida se ha comportado Google, con un crecimiento del 173% en el beneficio y del 26% en las ventas, hasta 31.000 millones de dólares, la gran mayoría debido a la publicidad. Amazon también ha vivido un gran comienzo de año, con unos beneficios de 1.600 millones de dólares y unas ventas totales de 51.000 millones de dólares, un 42% más que un año antes. En Amazon empiezan a ser significativos ya la proporción de ingresos que recibe por la publicidad y por su división Amazon Web Services (AWS), su plataforma de servicios en la nube a las empresas.
Incluso a Twitter le ha ido bien. Ha conseguido enderezar sus cuentas y ya suma dos trimestres consecutivos de beneficios, con incremento de usuarios que están más tiempo en la red social. Además, acaba de hacer público un acuerdo con Disney por el que retransmitirá contenido en vivo de las cadenas ABC, Disney Channel, Walt Disney Studios, Marvel y ESPN para aumentar los ingresos por publicidad.
Son empresas que van bien porque han dado con la tecla. Ninguna de ellas es imprescindible para la vida del ciudadano como un banco, una compañía eléctrica o una suministradora de agua. Sencillamente, nos hacen la vida más fácil. Por eso están ahí y por eso ganan dinero.
De forma parecida se ha comportado Google, con un crecimiento del 173% en el beneficio y del 26% en las ventas, hasta 31.000 millones de dólares, la gran mayoría debido a la publicidad. Amazon también ha vivido un gran comienzo de año, con unos beneficios de 1.600 millones de dólares y unas ventas totales de 51.000 millones de dólares, un 42% más que un año antes. En Amazon empiezan a ser significativos ya la proporción de ingresos que recibe por la publicidad y por su división Amazon Web Services (AWS), su plataforma de servicios en la nube a las empresas.
Incluso a Twitter le ha ido bien. Ha conseguido enderezar sus cuentas y ya suma dos trimestres consecutivos de beneficios, con incremento de usuarios que están más tiempo en la red social. Además, acaba de hacer público un acuerdo con Disney por el que retransmitirá contenido en vivo de las cadenas ABC, Disney Channel, Walt Disney Studios, Marvel y ESPN para aumentar los ingresos por publicidad.
Son empresas que van bien porque han dado con la tecla. Ninguna de ellas es imprescindible para la vida del ciudadano como un banco, una compañía eléctrica o una suministradora de agua. Sencillamente, nos hacen la vida más fácil. Por eso están ahí y por eso ganan dinero.
(Publicado en El Mundo el 4 de mayo de 2018)
miércoles, 18 de abril de 2018
Saber de Facebook para regular a Facebook
UNA web estadounidense especializada en tecnología comentó tras los dos días de comparecencias de Mark Zuckerberg en el Congreso de Estados Unidos que en ocasiones daba la impresión de estar delante de unos abuelos que preguntaban a su nieto cómo funcionaba ese juguetito que tenía entre manos.
Y es cierto que quienes siguieron las diez horas de preguntas y respuestas comentan que parecía que Facebook le venía grande y a deshora a la mayoría de los 'lawmakers' estadounidenses. Se trata de un tema complicado, porque si, como reconoció el propio Zuckerberg, internet necesita una regulación expresa, es imprescindible que quienes elaboren la legislación conozcan a la perfección el funcionamiento de la red y en concreto, de las redes sociales.
Decía el semanario 'The Economist' en un editorial que «una de las mayores revelaciones de esas audiencias no fue nada de lo que dijera Zuckerberg, sino lo poco que los políticos estadounidenses parecían saber sobre Facebook y la forma en la que opera el mundo de la comunicación digital».
Es importante, pues, quién haga las leyes que van a afectar a internet en el futuro. Y por ello en su elaboración deberían participar los protagonistas de la red. "El escándalo de Cambridge Analytica le dio a Zuckerberg un curso acelerado de diplomacia política, pero la educación de los políticos sobre el mundo opaco y laberíntico de los datos digitales sólo acaba de comenzar», sentenciaba 'The Economist'
Con todo, la pregunta clave que hay que hacerse ahora es: ¿Ha cambiado la forma de estar de los usuarios en Facebook desde que se descubrió el escándalo? Más que una regulación exhaustiva o la imposición de multas -que llegarán-, si la inmensa mayoría de los usuarios mantiene la misma interacción con la red social -no se da de baja, tampoco reduce su tiempo de estancia,...- Facebook saldrá adelante. O, mejor, Facebook seguirá batallando con los mismos problemas que tenía antes de saltar el escándalo, que ya preocupaban a Zuckerberg y sobre los que se había puesto a trabajar para solucionarlos. No hay que olvidar que la acción ha subido un 8% desde la caída tras conocerse la fuga fraudulenta de datos.
Decía el semanario 'The Economist' en un editorial que «una de las mayores revelaciones de esas audiencias no fue nada de lo que dijera Zuckerberg, sino lo poco que los políticos estadounidenses parecían saber sobre Facebook y la forma en la que opera el mundo de la comunicación digital».
Es importante, pues, quién haga las leyes que van a afectar a internet en el futuro. Y por ello en su elaboración deberían participar los protagonistas de la red. "El escándalo de Cambridge Analytica le dio a Zuckerberg un curso acelerado de diplomacia política, pero la educación de los políticos sobre el mundo opaco y laberíntico de los datos digitales sólo acaba de comenzar», sentenciaba 'The Economist'
Con todo, la pregunta clave que hay que hacerse ahora es: ¿Ha cambiado la forma de estar de los usuarios en Facebook desde que se descubrió el escándalo? Más que una regulación exhaustiva o la imposición de multas -que llegarán-, si la inmensa mayoría de los usuarios mantiene la misma interacción con la red social -no se da de baja, tampoco reduce su tiempo de estancia,...- Facebook saldrá adelante. O, mejor, Facebook seguirá batallando con los mismos problemas que tenía antes de saltar el escándalo, que ya preocupaban a Zuckerberg y sobre los que se había puesto a trabajar para solucionarlos. No hay que olvidar que la acción ha subido un 8% desde la caída tras conocerse la fuga fraudulenta de datos.
jueves, 15 de marzo de 2018
Un Trump 'antiamericano'
Éstas son, entre otras, las principales empresas tecnológicas de Estados Unidos que han sido fundadas por emigrantes, hijos de emigrantes o nietos de emigrantes que llegaron a ese país desde distintas partes del mundo: Apple, Google, Amazon, Facebook, Oracle, IBM, Uber, Airbnb, Yahoo, Intel, EMC, eBay, SpaceX, VMWare, AT&T, Tesla, Qualcomm, Paypal, ADP, Reddit, WeWork, Stripe, Intuit, 3M... La lista casi no tendría fin porque Estados Unidos es un país que se ha hecho gracias a la inmigración. No se entiende la historia norteamericana sin la contribución -desde su nacimiento claro, porque fue fundado por emigrantes, pero también en los últimos tiempos- de los millones de personas que recalaron allí buscando un futuro. No hay nada nuevo en esto, salvo cuando se analiza la nómina de los logros de quienes también llegaron en los últimos decenios. Y ese espectacular listado de empresas es uno de ellos. Sin la emigración no se entiende Estados Unidos, tampoco en el terreno económico.
Como tampoco se entiende sin esa libertad comercial que ha impulsado el crecimiento del país hasta convertirlo en la primera potencia mundial. El éxito de Estados Unidos en el mundo se ha fraguado en la apertura económica que, por una parte ha derribado barreras en la compraventa de materias primas, de productos elaborados y en la comercialización de servicios y, por otra, ha espoleado el desarrollo de las compañías norteamericanas fuera del país y la llegada de empresas de todas las nacionalidades.
El resultado es que los estadounidenses viven tan bien gracias a las fronteras abiertas. Disponen de más productos para elegir -el mercado del automóvil es un ejemplo- y las empresas son más competitivas si les cuesta menos comprar las materias primas con las que fabrican sus productos, lo que favorece su desarrollo y la creación de empleo.
Por eso Donald Trump hace un flaco favor a los estadounidenses con las trabas a la emigración y al libre comercio. No en vano sus medidas para controlarlos son las más rechazadas por la ciudadanía, de los legisladores, de los jueces y de sus colaboradores: la dimisión de su principal consejero económico, Gary Cohn, ante el anuncio de imposición de aranceles al aluminio y al acero muestra la última gran discrepancia en el equipo del presidente.
Los expertos dicen estas materias primas apenas suponen el 2% del comercio internacional estadounidense y, por tanto, no tendrá grandes repercusiones reales, pero sí es muestra de esa creencia del presidente de que el mundo ha vivido estos decenios a costa de Estados Unidos -la economía menos proteccionista del mundo"- y que es hora de terminar con ese agravio. Por eso Trump inicia al ataque, a modo de prueba y si le dejan, en un sector que no tiene demasiada incidencia, pero lo dirige contra sus socios comerciales de siempre, como Canadá, Corea del Sur o la propia UE.
Estados Unidos se ha hecho gracias a los emigrantes y a la libertad económica. Es una verdad incontestable. Legislar contra ello es oponerse a la realidad, a la historia... y al bienestar de la sociedad norteamericana. También en esto, pues, Trump perjudica sobre todo a los ciudadanos estadounidenses.
Como tampoco se entiende sin esa libertad comercial que ha impulsado el crecimiento del país hasta convertirlo en la primera potencia mundial. El éxito de Estados Unidos en el mundo se ha fraguado en la apertura económica que, por una parte ha derribado barreras en la compraventa de materias primas, de productos elaborados y en la comercialización de servicios y, por otra, ha espoleado el desarrollo de las compañías norteamericanas fuera del país y la llegada de empresas de todas las nacionalidades.
El resultado es que los estadounidenses viven tan bien gracias a las fronteras abiertas. Disponen de más productos para elegir -el mercado del automóvil es un ejemplo- y las empresas son más competitivas si les cuesta menos comprar las materias primas con las que fabrican sus productos, lo que favorece su desarrollo y la creación de empleo.
Por eso Donald Trump hace un flaco favor a los estadounidenses con las trabas a la emigración y al libre comercio. No en vano sus medidas para controlarlos son las más rechazadas por la ciudadanía, de los legisladores, de los jueces y de sus colaboradores: la dimisión de su principal consejero económico, Gary Cohn, ante el anuncio de imposición de aranceles al aluminio y al acero muestra la última gran discrepancia en el equipo del presidente.
Los expertos dicen estas materias primas apenas suponen el 2% del comercio internacional estadounidense y, por tanto, no tendrá grandes repercusiones reales, pero sí es muestra de esa creencia del presidente de que el mundo ha vivido estos decenios a costa de Estados Unidos -la economía menos proteccionista del mundo"- y que es hora de terminar con ese agravio. Por eso Trump inicia al ataque, a modo de prueba y si le dejan, en un sector que no tiene demasiada incidencia, pero lo dirige contra sus socios comerciales de siempre, como Canadá, Corea del Sur o la propia UE.
Estados Unidos se ha hecho gracias a los emigrantes y a la libertad económica. Es una verdad incontestable. Legislar contra ello es oponerse a la realidad, a la historia... y al bienestar de la sociedad norteamericana. También en esto, pues, Trump perjudica sobre todo a los ciudadanos estadounidenses.
lunes, 12 de febrero de 2018
Elon Musk y la libertad de emprender
El visionario -y a la vez con los pies bien anclados en el suelo- Elon Musk ha cumplido uno de sus sueños: poner en órbita un cohete que puede llegar a Marte. El lanzamiento del 'Falcon Heavy' fue la transmisión en directo más vista en la historia de Youtube, y 'The Wall Street Journal' comentó que había vuelto a poner la carrera espacial ante los ojos de la sociedad, como en los mejores momentos de la conquista de la Luna. Space X, la empresa de Musk que ha diseñado el cohete, ha logrado por primera vez que los propulsores volvieran a la tierra para ser reutilizados, lo que va a abaratar posteriores lanzamientos. Musk ha marcado un hito en la historia de la navegación espacial, y este contrato con la NASA le ha proporcionado recursos para seguir investigando. Está cumpliendo un sueño, pero no es el único que tiene en la cabeza.
Musk es el dueño de Tesla Motors, que fabrica coches eléctricos. Aquí pierde mucho dinero porque comercializa vehículos demasiado caros, pero que ya se ha hecho un hueco en este mercado. En materia de energías renovables, su último invento es la creación de la mayor planta de energía solar del mundo conectando 50.000 viviendas en el estado de Australia del Sur (Australia). Esta región se quedó sin suministro en 2016 por una gran tormenta, y el Gobierno regional no quiere que se repita esta catástrofe. El proyecto consiste en la instalación de paneles en los tejados, conectados a baterías recargables que irán en cada hogar. Las casas tendrán así suministro gratuito y la fuente de ingresos vendrá de la venta a terceros de la energía sobrante. A la vez, Musk es el dueño de Hyperloop, la empresa que investiga -y tiene ya en pruebas- un modelo de transporte terrestre que podría circular a 1.000 kilómetros por hora, es decir, reduciría el tiempo del viaje entre Barcelona y Madrid a 45 minutos, por las dos horas y media del Ave.
Este sistema se basa en una cápsula de pasajeros que navega dentro de un tubo de gravedad mínima. Hay un equipo de ingenieros de la Universidad Politécnica de Valencia trabajando en él. Sería, además, mucho más barato que la alta velocidad, porque necesitaría menos energía y un menor mantenimiento. El modelo ha provocado suspicacias, pero las pruebas han sido exitosas y ya hay gobiernos interesados en él.
Musk, de padre sudafricano y madre canadiense, tiene 46 años y es millonario. Hizo dinero con la venta de las primeras empresas que fundó: Zip2, que desarrollaba páginas web y que vendió a Compaq en 1999 por 300 millones de dólares, y el sistema de pagos electrónicos Paypal, que fue comprado en 2002 por eBay por 1.600 millones.
Es uno de esos hombres que luchan por hacernos la vida más fácil y encuentra en EEUU el ecosistema empresarial e inversor adecuado para llevar a cabo sus sueños. Ha tenido fracasos -muchos de ellos con Space X- pero consigue lo que se propone, también porque, allí, el fracaso se ve como un aprendizaje y porque, allí, el Estado deja hacer a los emprendedores. Llegaremos a Marte, viajaremos a 1.000 kilómetros por hora, conseguiremos una energía limpia y barata... y tendremos que acordarnos de Musk y de algunos como él, y de lo que supone la libertad de y para emprender.
Musk es el dueño de Tesla Motors, que fabrica coches eléctricos. Aquí pierde mucho dinero porque comercializa vehículos demasiado caros, pero que ya se ha hecho un hueco en este mercado. En materia de energías renovables, su último invento es la creación de la mayor planta de energía solar del mundo conectando 50.000 viviendas en el estado de Australia del Sur (Australia). Esta región se quedó sin suministro en 2016 por una gran tormenta, y el Gobierno regional no quiere que se repita esta catástrofe. El proyecto consiste en la instalación de paneles en los tejados, conectados a baterías recargables que irán en cada hogar. Las casas tendrán así suministro gratuito y la fuente de ingresos vendrá de la venta a terceros de la energía sobrante. A la vez, Musk es el dueño de Hyperloop, la empresa que investiga -y tiene ya en pruebas- un modelo de transporte terrestre que podría circular a 1.000 kilómetros por hora, es decir, reduciría el tiempo del viaje entre Barcelona y Madrid a 45 minutos, por las dos horas y media del Ave.
Este sistema se basa en una cápsula de pasajeros que navega dentro de un tubo de gravedad mínima. Hay un equipo de ingenieros de la Universidad Politécnica de Valencia trabajando en él. Sería, además, mucho más barato que la alta velocidad, porque necesitaría menos energía y un menor mantenimiento. El modelo ha provocado suspicacias, pero las pruebas han sido exitosas y ya hay gobiernos interesados en él.
Musk, de padre sudafricano y madre canadiense, tiene 46 años y es millonario. Hizo dinero con la venta de las primeras empresas que fundó: Zip2, que desarrollaba páginas web y que vendió a Compaq en 1999 por 300 millones de dólares, y el sistema de pagos electrónicos Paypal, que fue comprado en 2002 por eBay por 1.600 millones.
Es uno de esos hombres que luchan por hacernos la vida más fácil y encuentra en EEUU el ecosistema empresarial e inversor adecuado para llevar a cabo sus sueños. Ha tenido fracasos -muchos de ellos con Space X- pero consigue lo que se propone, también porque, allí, el fracaso se ve como un aprendizaje y porque, allí, el Estado deja hacer a los emprendedores. Llegaremos a Marte, viajaremos a 1.000 kilómetros por hora, conseguiremos una energía limpia y barata... y tendremos que acordarnos de Musk y de algunos como él, y de lo que supone la libertad de y para emprender.
viernes, 2 de febrero de 2018
Realismo en Figueruelas
El acuerdo que han alcanzado Opel, ahora propiedad del grupo francés PSA, y los trabajadores por el que éstos sacrifican parte de sus ingresos futuros a cambio de que la empresa aumente la producción de la planta de Figueruelas es una muestra más del realismo que ha caracterizado las relaciones laborales en la industria de la automoción en España. Y esto ha sido y sigue siendo muy positivo para la economía.
Ese realismo empresarial y sindical ha hecho de España un país muy competitivo en este sector, algo especialmente importante porque en los últimos años se han sumado a la producción de automóviles países con mano de obra más barata que han puesto en dificultades el mantenimiento de las fábricas en España. Que las multinacionales del motor acepten mantener su producción en nuestro país con mejores condiciones laborales que en otros es porque la productividad de las plantas españolas es superior a la de nuestros competidores. Un responsable de Opel recordaba el miércoles que en Europa hay más de 200 factorías similares a las españolas, muchas de ellas con costes laborales más bajos.
El automóvil es imprescindible para España porque es clave para nuestro sector industrial. El peso de la industria en el PIB ha caído desde el 29% de 2008 al 23% en 2017. Pues bien, casi la mitad de ese 23% -un 11%-, procede de los coches. España cuenta con 19 factorías, emplea directa e indirectamente a unos 200.000 trabajadores y las exportaciones de vehículos representan alrededor del 15% del total de las ventas a exterior. Aquí están Volkswagen, Peugeot-Citroen, Ford, Daimler Benz, Nissan, Renault..., empresas que han inyectado en sus factorías más de 4.000 millones de euros en los últimos años. Los fabricantes dicen que aportan cada año al Estado en impuestos unos 25.000 millones de euros. Son cifras que avalan la importancia del sector de la automoción en España, un país, como decimos, que se desindustrializa por momentos, con la repercusión que tiene este proceso en la estabilidad de los empleos.
Las relaciones laborales en el sector automovilístico han sido modélicas casi siempre, pero especialmente en los años de la crisis. En todas las plantas, sindicatos y trabajadores han sido capaces de llegar a acuerdos en las retribuciones y en las condiciones laborales con los que han sorteado la recesión con resultados muy positivos, como se ve. Ha habido despidos -en condiciones aceptables-, desde luego, pero también se ha logrado conservar la carga de trabajo en las fábricas, lo que ha significado el mantenimiento de la mayoría de los puestos de trabajo y, lo que es muy importante, asegurarse la producción para los próximos años.
En el caso de la factoría de Figueruelas, los trabajadores han renunciado a algunas subidas y complementos salariales y, a cambio, la empresa se ha comprometido a llevar nuevos proyectos, de forma que la planta pueda colocarse a pleno rendimiento, lo que supone fabricar unos 478.000 vehículos al año. En 2017, Figueruelas puso en el mercado 387.000. Hay que felicitarse, pues, por el acuerdo y abogar porque se cumpla.
Ese realismo empresarial y sindical ha hecho de España un país muy competitivo en este sector, algo especialmente importante porque en los últimos años se han sumado a la producción de automóviles países con mano de obra más barata que han puesto en dificultades el mantenimiento de las fábricas en España. Que las multinacionales del motor acepten mantener su producción en nuestro país con mejores condiciones laborales que en otros es porque la productividad de las plantas españolas es superior a la de nuestros competidores. Un responsable de Opel recordaba el miércoles que en Europa hay más de 200 factorías similares a las españolas, muchas de ellas con costes laborales más bajos.
El automóvil es imprescindible para España porque es clave para nuestro sector industrial. El peso de la industria en el PIB ha caído desde el 29% de 2008 al 23% en 2017. Pues bien, casi la mitad de ese 23% -un 11%-, procede de los coches. España cuenta con 19 factorías, emplea directa e indirectamente a unos 200.000 trabajadores y las exportaciones de vehículos representan alrededor del 15% del total de las ventas a exterior. Aquí están Volkswagen, Peugeot-Citroen, Ford, Daimler Benz, Nissan, Renault..., empresas que han inyectado en sus factorías más de 4.000 millones de euros en los últimos años. Los fabricantes dicen que aportan cada año al Estado en impuestos unos 25.000 millones de euros. Son cifras que avalan la importancia del sector de la automoción en España, un país, como decimos, que se desindustrializa por momentos, con la repercusión que tiene este proceso en la estabilidad de los empleos.
Las relaciones laborales en el sector automovilístico han sido modélicas casi siempre, pero especialmente en los años de la crisis. En todas las plantas, sindicatos y trabajadores han sido capaces de llegar a acuerdos en las retribuciones y en las condiciones laborales con los que han sorteado la recesión con resultados muy positivos, como se ve. Ha habido despidos -en condiciones aceptables-, desde luego, pero también se ha logrado conservar la carga de trabajo en las fábricas, lo que ha significado el mantenimiento de la mayoría de los puestos de trabajo y, lo que es muy importante, asegurarse la producción para los próximos años.
En el caso de la factoría de Figueruelas, los trabajadores han renunciado a algunas subidas y complementos salariales y, a cambio, la empresa se ha comprometido a llevar nuevos proyectos, de forma que la planta pueda colocarse a pleno rendimiento, lo que supone fabricar unos 478.000 vehículos al año. En 2017, Figueruelas puso en el mercado 387.000. Hay que felicitarse, pues, por el acuerdo y abogar porque se cumpla.
sábado, 23 de diciembre de 2017
Ahora, licencias también para Uber
El Tribunal de Justicia Europeo ha sentenciado que Uber es un servicio de transporte -que no una empresa- y no una simple aplicación que sirve para poner en contacto a conductores y clientes con el fin realizar un trayecto determinado con una contraprestación de por medio.
Es una decisión importante porque supone que Uber tiene que adaptarse a las legislaciones de los países miembros como si fuera, en este caso, un servicio de taxi más. Es decir, deberá obtener las preceptivas licencias para operar, y los conductores deberán cumplir con todos los requisitos que se pide a cualquier trabajador, sea éste asalariado o autónomo, como cotizar a la Seguridad Social o pagar los preceptivos impuestos por su actividad.
Bien. En realidad, lo que la justicia europea ha echado para atrás era el agresivo servicio Uberpop, con el que la plataforma llegó a las principales ciudades europeas hace años y que provocó las protestas, sobre todo, de los taxistas. Pero Uberpop ya no operaba como tal ni en España ni en otros países de la UE. Hoy, en España Uber es ya un servicio legal, como Cabify y otros servicios similares.
Muchos consideran la sentencia un acierto porque, dicen, evita la suprema precarización del trabajo. Otros pensamos que -siempre dentro de la normativa- la economía colaborativa es una oportunidad para incorporarse al mercado laboral o al mercado de servicios -en el caso de las aplicaciones de pisos compartidos- y de generar riqueza con algo hasta entonces improductivo -un coche parado o un apartamento-. Veremos cómo afecta esta resolución sobre el transporte a otros sectores como el turismo.
Por eso, una vez que la justicia se ha pronunciado y están claras las reglas del juego para todos, lo que hay que pedir a los gobiernos es que, efectivamente, sea así. Es decir, que Uber, como Cabify y otros servicios que han surgido en los últimos años, puedan competir con el taxi con libertad y con las mismas condiciones. La tecnología permite que entren nuevos actores en un mercado hasta ahora cerrado y esto revoluciona todo. Habrá que preguntarse si siguen haciendo falta licencias para operar -quizá baste con una autorización- y, en todo caso, cualquier servicio, sea Uber, Cabify o los que vengan, deberían tener las mismas condiciones de acceso al servicio de transporte de pasajeros que el taxi. Redundaría en beneficio de los ciudadanos, que es de lo que se trata.
Y esto ya no es cuestión de la justicia, sino de que cada Gobierno adapte la normativa y la abra a los nuevos negocios que genera la economía digital. En nuestro caso, eso lo que propone la Comisión Nacional de Mercados y la Competencia y lo que no le gusta al Ejecutivo de Rajoy. Pero el caso Uber -mejor, el caso Uberpop- es otra muestra de la diferencia que existe entre la forma de entender la economía digital en Estados Unidos y en la UE. Y así nos va.
Muchos consideran la sentencia un acierto porque, dicen, evita la suprema precarización del trabajo. Otros pensamos que -siempre dentro de la normativa- la economía colaborativa es una oportunidad para incorporarse al mercado laboral o al mercado de servicios -en el caso de las aplicaciones de pisos compartidos- y de generar riqueza con algo hasta entonces improductivo -un coche parado o un apartamento-. Veremos cómo afecta esta resolución sobre el transporte a otros sectores como el turismo.
Por eso, una vez que la justicia se ha pronunciado y están claras las reglas del juego para todos, lo que hay que pedir a los gobiernos es que, efectivamente, sea así. Es decir, que Uber, como Cabify y otros servicios que han surgido en los últimos años, puedan competir con el taxi con libertad y con las mismas condiciones. La tecnología permite que entren nuevos actores en un mercado hasta ahora cerrado y esto revoluciona todo. Habrá que preguntarse si siguen haciendo falta licencias para operar -quizá baste con una autorización- y, en todo caso, cualquier servicio, sea Uber, Cabify o los que vengan, deberían tener las mismas condiciones de acceso al servicio de transporte de pasajeros que el taxi. Redundaría en beneficio de los ciudadanos, que es de lo que se trata.
Y esto ya no es cuestión de la justicia, sino de que cada Gobierno adapte la normativa y la abra a los nuevos negocios que genera la economía digital. En nuestro caso, eso lo que propone la Comisión Nacional de Mercados y la Competencia y lo que no le gusta al Ejecutivo de Rajoy. Pero el caso Uber -mejor, el caso Uberpop- es otra muestra de la diferencia que existe entre la forma de entender la economía digital en Estados Unidos y en la UE. Y así nos va.
(Publicado en El Mundo el 22 de diciembre de 2017: http://www.elmundo.es/economia/2017/12/22/5a3bfdae22601de6498b45e4.html)
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