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jueves, 15 de marzo de 2018

Un Trump 'antiamericano'

Éstas son, entre otras, las principales empresas tecnológicas de Estados Unidos que han sido fundadas por emigrantes, hijos de emigrantes o nietos de emigrantes que llegaron a ese país desde distintas partes del mundo: Apple, Google, Amazon, Facebook, Oracle, IBM, Uber, Airbnb, Yahoo, Intel, EMC, eBay, SpaceX, VMWare, AT&T, Tesla, Qualcomm, Paypal, ADP, Reddit, WeWork, Stripe, Intuit, 3M... La lista casi no tendría fin porque Estados Unidos es un país que se ha hecho gracias a la inmigración. No se entiende la historia norteamericana sin la contribución -desde su nacimiento claro, porque fue fundado por emigrantes, pero también en los últimos tiempos- de los millones de personas que recalaron allí buscando un futuro. No hay nada nuevo en esto, salvo cuando se analiza la nómina de los logros de quienes también llegaron en los últimos decenios. Y ese espectacular listado de empresas es uno de ellos. Sin la emigración no se entiende Estados Unidos, tampoco en el terreno económico.
Como tampoco se entiende sin esa libertad comercial que ha impulsado el crecimiento del país hasta convertirlo en la primera potencia mundial. El éxito de Estados Unidos en el mundo se ha fraguado en la apertura económica que, por una parte ha derribado barreras en la compraventa de materias primas, de productos elaborados y en la comercialización de servicios y, por otra, ha espoleado el desarrollo de las compañías norteamericanas fuera del país y la llegada de empresas de todas las nacionalidades.
El resultado es que los estadounidenses viven tan bien gracias a las fronteras abiertas. Disponen de más productos para elegir -el mercado del automóvil es un ejemplo- y las empresas son más competitivas si les cuesta menos comprar las materias primas con las que fabrican sus productos, lo que favorece su desarrollo y la creación de empleo.
Por eso Donald Trump hace un flaco favor a los estadounidenses con las trabas a la emigración y al libre comercio. No en vano sus medidas para controlarlos son las más rechazadas por la ciudadanía, de los legisladores, de los jueces y de sus colaboradores: la dimisión de su principal consejero económico, Gary Cohn, ante el anuncio de imposición de aranceles al aluminio y al acero muestra la última gran discrepancia en el equipo del presidente.
Los expertos dicen estas materias primas apenas suponen el 2% del comercio internacional estadounidense y, por tanto, no tendrá grandes repercusiones reales, pero sí es muestra de esa creencia del presidente de que el mundo ha vivido estos decenios a costa de Estados Unidos -la economía menos proteccionista del mundo"- y que es hora de terminar con ese agravio. Por eso Trump inicia al ataque, a modo de prueba y si le dejan, en un sector que no tiene demasiada incidencia, pero lo dirige contra sus socios comerciales de siempre, como Canadá, Corea del Sur o la propia UE.
Estados Unidos se ha hecho gracias a los emigrantes y a la libertad económica. Es una verdad incontestable. Legislar contra ello es oponerse a la realidad, a la historia... y al bienestar de la sociedad norteamericana. También en esto, pues, Trump perjudica sobre todo a los ciudadanos estadounidenses.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Bruselas vs. Apple, primer round

La decisión de Bruselas de hacer pagar a Apple 13.000 millones de euros por impuestos no satisfechos en Irlanda abre dos graves problemas políticos en la Unión Europea. Uno es de índole interna y hace relación a la soberanía fiscal de los Estados miembros. La otra tiene que ver con la política exterior, porque la decisión de Bruselas no ha sentado nada bien en Estados Unidos, cuyo departamento del Tesoro ha afirmado que la UE ha actuado "unilateralmente" y ha roto el "espíritu de colaboración".

Ciertamente, Apple no es la primera empresa castigada por haber recibido supuestamente ayudas de Estado, en este caso mediante una fiscalidad privilegiada, según acusa la Comisión. Pero que la presión de Bruselas se ejerza sobre la mayor empresa cotizada del mundo, símbolo de la pujanza empresarial estadounidense, y por una cantidad que es 10 veces mayor a la exigida jamás a ninguna otra empresa, ha dolido en Washington.

El Tesoro estadounidense había criticado a la Comisión por tratar de "imponer recuperaciones de una forma retroactiva, porque eso establece un mal precedente. La Comisión Europea no es una agencia tributaria". La respuesta oficial estadounidense es fuerte y llega en un momento de incertidumbre en las relaciones económicas con la UE. Las negociaciones sobre el tratado de libre comercio (TTIP) están encalladas y desde esta orilla del Atlántico hay cada vez más escépticos sobre el tema. Ayer, el presidente francés, François Hollande, pidió el final "puro, simple y definitivo" de las conversaciones.

Hay que recordar que la investigación sobre Apple se une a las abiertas a Google, otro gigante tecnológico de EEUU, por abuso de posición dominante en sus negocios. Los norteamericanos empiezan a ver como una persecución este afán europeo contra sus compañías punteras.

El otro problema político que aflora el caso Apple es de índole interno. En definitiva, la decisión de la Comisión es un castigo a Irlanda por haber aplicado una política fiscal laxa con algunas multinacionales con el fin de atraer inversiones y crear empleo en el país. El Impuesto de Sociedades en Irlanda es del 12,5%, frente al 25% en España, por ejemplo. En este caso concreto, Bruselas acusa a Dublín de haberse extralimitado -si se puede hablar así- permitiendo que Apple apenas pagara impuestos por su actividad en Europa: un 1% de media sobre sus beneficios anuales entre 2003 y 2014. La diferencia con lo que debería haber cobrado son esos 13.000 millones que Apple debe reembolsar porque Bruselas los considera una ayuda de Estado ilegal.

La paradoja es que el Gobierno irlandés no quiere recuperar ese dinero -aunque supone un 6% del PIB, nada menos- porque considera que la Comisión se está inmiscuyendo ilegitimamente en la legislación tributaria del país. Lo dijo ayer el ministro de Finanzas al anunciar que recurrirá ante la Justicia la decisión de Bruselas para "defender la integridad de nuestro sistema fiscal". Y, sobre todo, pone en riesgo su política económica de atracción de empresas. Abrir ahora un debate sobre la soberanía fiscal de los Estados puede ser peligroso. Tras el Brexit, lo último que la hace falta a la UE son nuevas incertidumbres.

@vicentelozano 

(Publicado en El Mundo el 31 de agosto de 2016)