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sábado, 20 de octubre de 2018

Entender a Dios

Me puso sobre la pista Fernando Palmero el sábado por la noche. Julián Carrón, sacerdote, teólogo y presidente del movimiento Comunión y Liberación, y Pedro Cuartango, el periodista más intelectual que conozco y agnóstico declarado, iban a debatir sobre Dios, la libertad y el mal. Fue el pasado domingo en el Pabellón de Cristal de la Casa de Campo para clausurar el evento cultural Encuentro Madrid 2018. Me sorprendió encontrar a más de un millar de personas en el acto.
A veces, en este tiempo de posverdad, de desinformación, de superficialidad, en el que todo fluye sin solución de continuidad y con una rapidez acelerada -las noticias de la tarde dejan obsoletas las de la mañana un día sí y otro también-; en este tiempo en el que por las redes sociales nos llegan como si estuvieran al mismo nivel un buen artículo científico y la patraña del último indeseable, es un muy buen ejercicio pararse a pensar sobre esa segunda o tercera velocidad, de lo que, al final, depende todo. Y si te ponen en el camino una conversación entre Carrón y Cuartango, y te gustan esos temas, es una ocasión que no se puede desaprovechar. Así, oímos cosas de Spinoza, Heidegger, Camus, Sartre, Von Balthasar, Teresa de Jesús, Pablo de Tarso... buscando respuestas a las preguntas definitivas.
Hablaron de la libertad del hombre, que Cuartango -con Sartre- ve como una condena y Carrón como un don de Dios. Comentaron sobre la existencia del mal -¿quién pensó en las víctimas del Holocausto, de la guerra de los Balcanes o de los crímenes de Pol Pot?, se preguntó el periodista-, mientras que el teólogo volvía a fundamentar en la libertad la existencia del mal. Y conversaron sobre el concepto de elección. Si Dios es Dios debe querer a todos los hombres y sin embargo elige a unos pocos -a quienes da la gracia de la fe- para que le sigan, planteó Cuartango, a lo que Carrón contestó que precisamente esos hombres y mujeres deben ser los responsables de que Dios llegue a todo el mundo.
Cuartango dice que el «enigma para el que no hay contestación es la existencia de Dios». Es posible, porque si el hombre llegara a entender a Dios, en ese momento dejaría de ser Dios.
Y después de esto, volvamos a Twitter.
(Publicado en El Mundo el 16 de octubre de 2018)

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Creer en Hawking, creer en Dios


Me he hecho muchas veces la pregunta ¿qué había un nanosegundo antes del Big Bang? La respuesta más racional que he encontrado es que allí estaba el que puso ese núcleo primigenio y ordenó que estallara.

La pregunta y la respuesta me han vuelto a surgir al hilo de los comentarios sobre el último libro de Stephen Hawking, en el que, según lo que conocemos de él porque todavía no se ha publicado, dice que Dios no es necesario para explicar el origen del Universo. Desde que se conoció este pensamiento se han vertido todo tipo de comentarios sobre su existencia. La de Dios, no la de Hawking.

Pero esta teoría encierra una tremenda paradoja. El que siga a Hawking hasta aquí necesita un acto de fe, ya que el científico no puede aportar argumentos racionales para concluir que el Universo nació de la nada por generación espontánea o que se formó a partir de unas leyes preexistentes -¿a qué? ¿qué leyes regían la nada?-. Te lo crees o no. Y no hay nada más paradójico que cimentar en la fe la inexistencia de Dios.

Y a raíz del libro de Hawking ha salido a la luz otro planteamiento con el que se han culminado muchos de los comentarios de estos días. Viene a decir que el mundo es demasiado difícil –guerras, catástrofes naturales, enfermedades, en definitiva- como para que un Dios todopoderoso sí, pero también bondadoso y misericordioso, lo haya creado y lo rija desde su principio. “¿Un Dios bueno que permite el mal? No me cabe en la cabeza, no lo entiendo, por lo que no puede ser posible”, se viene a decir.

Pero esa es otra cuestión. Primero hay que preguntarse ¿qué/quién es Dios? y quizá podamos llegar a respuestas más o menos satisfactorias desde la razón. A partir de hay surge el segundo interrogante: ¿cómo es Dios? Y esta contestación sí exige la fe.